SUSANA R. GARRIDO

I
Algunos piensan que las bailarinas somos delicadas y frágiles, pero hace falta mucha fuerza y concentración para soportar el peso de tu cuerpo sobre la punta de los pies; un falso mito que nos menosprecia, aunque a la vez nos permite pasar inadvertidas. Había fingido un desmayo, no era difícil: bastaba con deslizar el dorso de la mano sobre la frente y dejarme caer hacia un lado; siempre había algún necio dispuesto a sostenerme. Lo cierto es que esta treta me había permitido deambular por los jardines del palacio del Zar a mis anchas, en pos de una recuperación al aire libre: ¿quién querría ver a un hermoso cisne muerto?
Había caminado presa del disimulo entre los abedules; él me esperaría en el lugar acordado por el sindicato. Su nombre era Vladímir Sovakevitch: criado de profesión, agitador de vocación; un enemigo del Estado, un aliado de la libertad. Sólo tenía que aclararme una directriz: cuánto tiempo.
De repente, mis ojos se desviaron del camino: una magnífica silueta esculpida con el belleza del cincel innato. Vestía el pantalón azul de los soldados del Zar, su cuerpo se plegaba hacia una fuente de aguas claras en la que hundía sus manos y lanzaba el líquido vital hacia su rostro en actitud vehemente, dejando que finos regueros surcaran su espalda desnuda como los ríos Obi y Enisey sobre la vasta llanura rusa. Entonces, se giró. Tomó una toalla. Enjugó su rostro; aunque el agua ya había bañado su torneado pecho, blanco como la nieve siberiana, salpicado por un bosque de vello rubicundo como los árboles del norte; desde aquí podía oler su frescor a pino y eucalipto.
En ese momento, el soldado deparó en mi presencia. Apartando la toalla con extrañeza, me dejó ver su semblante inundado por una espesa barba castaña, que le dotaba de una masculinidad penetrante; aunque sus ojos, aquellos ojos azules como el ártico profundo —clavados en los míos— tenían la mirada de un niño; una transparencia que sólo podía pertenecer al hombre natural: el que nunca ha sido tocado por la cultura, el no oprimido, el que es bueno por naturaleza.
II
—Tres minutos —Me había espetado el lacónico Sovakevitch, mientras yo escrutaba sus manos ennegrecidas de las que emanaba un olor sulfuroso y ácido—. Cuando la orquesta termine tienes que salir por la puerta derecha del escenario, corre hacia el pasillo de la izquierda, toma la tercera salida y refúgiate en el bosquecillo de abedules…; yo me taparía también los oídos.
—¿Y los aplausos?
—¿Aplausos? —había mascullado desdeñoso—. Tú verás lo que haces, camarada: cuando deje de escuchar música encenderé la mecha…
—Muy bien —asentí, apretando los labios, presa de la convicción—. ¡Por la libertad!
—¡Por la libertad, camarada!
III
Las trompetas claman en quintas y Odile aparece en el escenario, ante los ojos asombrados del príncipe Sigfrido y de los espectadores, que aplauden ansiosos. Me he puesto el corpiño negro de seda, aquel que tanto aborrezco por su lujo, y sin embargo adoro por lo que simboliza: el cisne negro; el miedo, la turbación, la sorpresa… Saludo a la sala mostrando elegancia, tal es mi cometido en esta empresa, hasta que deparo en su presencia. En lo alto del palco imperial, su silueta se yergue, ensombrecida por la penumbra de la sala; allí se sienta el que se cree padre de todos los
hombres, el Saturno que devora a sus hijos: el maldito Zar de Rusia. Aunque ya ha llegado el día en el que los hijos acabarán con la opresión de su padre y le harán vomitar todo lo acaparado. Intento
que el desprecio no brote por mi piel, esbozando una sonrisa agradable: «algunos piensan que las bailarinas somos delicadas y frágiles…».
Sigfrido corre hacia mí, su mirada arde en deseos, como hace poco rato los ojos de aquel
soldado habían recorrido mi cuerpo en una búsqueda incesante por la verdad natural, instándolo a acercarse según sus impulsos vitales. Le abracé sin mediar palabra, no era necesario, pues las miradas diáfanas hablan con la voz de la tierra. Danzamos en un pas de deux, a la vez que sus manos discurrían por mi cintura esquiva, dirigiéndola sin éxito a un lugar apartado. Huía de él, sabiendo que me seguiría por pura intuición. Llegamos a un bosque de abedules, donde mi soldado lució sus atribuciones masculinas en una variación desenfadada; yo no hice menos, mostrándole cuán poderosa es una mujer en su estado salvaje. Entonces, sentí sus labios entre los míos, su aliento a menta me inundaba la garganta, su espalda desnuda se había convertido en el refugio de
mis dedos convulsos de placer. Sobre la hierba, desplegamos una coda febril por la que nuestros cuerpos giraban descontrolados, rezumando pasión; sus caricias se confundían con las suaves lisonjas de la hierba, su pecho cubría mi cuerpo como el sol enardece la estepa rusa en verano; mis piernas rodeaban su cintura entre profundos espasmos. Y sus ojos, azules como el océano ártico, transparentes, de niño acultural, eran cascadas que venían a morir al lago subterráneo de mis instintos primarios. Enterró sus rizos castaños entre mi pecho, gemía, suspiraba. Y al igual que Odile y Sigfrido, nos lanzamos a morir el uno en el otro, como así dispuso la tierra para todos los seres vivos. Entonces, de sus labios trémulos surgió un hilo de voz:
—Te amo.
Los aplausos inundan el teatro, alejándome de aquella ensoñación. La música cesa. Sigfrido me baja hasta colocar los pies en el suelo; «es la hora», me digo. De repente, las luces iluminan el teatro; los espectadores aplauden como locos. Y en el palco imperial, el terrible padre, se pone en pie; sus ovaciones son las más calurosas. Le miro sin ocultar mi desprecio: «¡su suerte está echada!». Deparo en su esbelta figura, su barba castaña; tan espesa como el bosque siberiano, su sonrisa límpida y…. —la sorpresa me golpea, mi corazón se para; no late, no puedo respirar, mis piernas tiemblan de terror— … y aquellos ojos azules del hombre no contaminado por la cultura.
IV
Los aplausos y vítores saturan mis oídos; «¡ya!, ¡márchate!, ¡vamos!», grita la voz del
camarada Sovakevitch en mi mente. «Dos minutos»: todas aquellas caras me observan emocionadas, esperando la réverencié de la estrella de la noche, ajenos a lo que se les viene encima; solo que, yo no puedo ni pestañear. «No estoy aquí; es sólo un sueño; una pesadilla de la que despertaré cuando abra los ojos», pienso confusa. «Pues ábrelos, idiota; ¡ábrelos de una vez!», me espeta Sovakevitch.
«Un minuto»: La mirada del Zar continúa posada en mis ojos y arde en admiración. Como hace pocas horas, brota en una cascada de profunda entrega a lo natural. «¿¡Cómo no me he dado cuenta!?, ¿es que soy estúpida?», me digo sin abrir la boca. «Sí. Sí que lo eres; mira que revolcarte con el enemigo; ya hablaremos… ¡Y ahora sal de ahí, descerebrada!», me grita el camarada. «Te amo», susurra el otro.
«¡Treinta segundos!»: «Algunos piensan que las bailarinas somos delicadas y frágiles, pero no saben cuanta fuerza y concentración se necesitan para mantenerse sobre las puntas de los pies», repito. «¡Déjate de aforismos y corre!», me espeta. «¿Cómo no me he…?» … «Te amo».
«¡Diez segundos!»: Cuando —«¡nueve!»— ocurre —«¡ocho!»— algo —«¡siete!»—
inesperado —«¡seis!»—, el —«¡cinco!»— cisne —«¡cuatro!»— negro —«¡¡tres!!»— nos
—«¡¡dos!!»— desarma —«¡¡¡unoo!!!»—.
«¡¡¡BUMMM!!!».

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Un comentario sobre “El cisne negro

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