MARCELA VARGAS

¡Por fin nos juntamos a charlar, Leonora! Pasó mucho tiempo desde el último encuentro. Y bueno, ya que quieres enterarte de cómo me ha ido, voy a contarte mi historia con el barquito de metal. Sí, ya sé que no entiendes a lo que me refiero, que parece una paradoja, pero déjame que te explique.

Sabes que hay mucha gente aquí, en Posadas. (En esta pequeña ciudad que hoy visito y en la que viví durante mucho tiempo). A pesar de ello, yo siempre me sentí sola y percibida como si fuera viento. Es decir, como la nada misma o, a lo sumo, como una molestia. Después de vivir toda la vida así, me harté. Así que en una oportunidad, y a pesar de que ya no creía en nada, fui a la costa del río Paraná e imploré un atajo a otro lugar, a otra etapa, porque todo tenía gusto a nada. Quería que mi organismo volviera a ser un río, un vivo torrente, ya que hasta entonces, se había convertido en un lago con el fondo lleno de cosas que necesitaban removerse, reactivarse. En pocas palabras, yo estaba aletargada.

Hasta que, ese mismo día, se me acercó un joven de hermosos ojos marrones que me dijo: “Sho quiero ser tu compañero de ruta”, pero no era de Buenos Aires, sino de Rosario. Sí, Leonora, por supuesto que me embarqué en el desafío.

A él se le ocurrió construir un enorme barco de papel y llevarlo hacia esa ciudad de la provincia de Santa Fe. Entonces, todos los días volvíamos a la costa con papeles de periódicos y revistas.

¡Ay, Leonora! ¡Entre los dos logramos terminar el barquito! A continuación, lo pusimos en el río y lo abordamos. Otra cosa grandiosa sucedió apenas subimos: ¡la nave se convirtió en una de metal! Por eso te dije que se trataba de un barquito de metal. Es decir, una de las características de los navíos hechos con papeles es su escaso tamaño. Pero he aquí que yo… Mejor dicho, él y yo armamos semejante embarcación. ¡Y la propulsamos hasta Puerto Norte, en Rosario! ¡Fui tan feliz! Sentí que los sueños o proyectos se pueden robustecer y llevar lejos si persistimos en ellos.

¿Me preguntas qué pasó después, Leonora? Pues el mozo y yo recorrimos el lugar, que es precioso, pero pronto me di cuenta de que allí no hay más que metal y mucho viento. Volvía el sabor a nada. El cabello, largo, crespo y enmarañado, cubría mi rostro. Comencé a extrañar mi casa, mi ciudad. No solo eso: sentí nostalgia al recordar cuando tú y yo éramos jóvenes universitarias y las compañeras nos invitaban a tomar tereré, nuestra infusión predilecta; una de las mejores costumbres que adquirimos de los hermanos paraguayos. Y esta es una de las cosas que solo se pueden encontrar aquí, en la provincia de Misiones. Sí, Leonora. A veces, a las personas, nada nos viene bien, puesto que cuando obtenemos lo que queremos y dejamos atrás lo que tuvimos, lo añoramos.

Sin embargo, algo renovó mis energías ese día. “No sé cómo me viste. Para los demás, no soy más que viento”, le dije al muchacho rosarino. “En efecto, eres el viento que ayudó a impulsar este barquito de metal”, me contestó.

¡Siempre tuviste razón, Leonora! Todo llega en la vida.

www.relaxionesdefabula.wordpress.com

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