TANATOS12

Capítulo 14

Me preguntaba por qué no podía ser aquello un motivo de orgullo y punto, como habría sido para cualquier persona, digamos, normal. Pero no, allí estaba yo, totalmente tenso y excitado al sentir las miradas furtivas de aquellos chicos; sobre todo, los chavales que habían estado jugando antes que nosotros no le quitaban el ojo de encima.

Mi parte más maquiavélica pronto me llevó a jugar mal para que la partida se alargase, mientras María parecía tener una lucha interna entre parecer más altiva y segura o sucumbir y ruborizarse. Eso creaba una mezcla extraña en la que de movimientos rozaba la chulería, pero sus mejillas y mirada no podían fingir comodidad. Además, en ciertos momentos, ella se tenía que inclinar para golpear alguna bola más lejana, por lo que su falda se subía, para deleite de los que estaban a su espalda, y su escote se desmadraba hasta verse casi el sujetador, para delicia de los que la observaban desde el frente. María parecía darse cuenta más de lo de la falda que de lo de la camisa, y, al acabar el golpe, se recomponía un poco la falda, con ineficaz disimulo, y yo pensaba que lo que realmente había sido un mayor espectáculo habían sido sus tetas volcadas hacia adelante.

—Estás jugando mal a propósito —me dijo tras un fallo clamoroso.

Yo se lo negué, le dije que estaba desentrenado y María volvió a golpear una bola algo lejana para regocijo de su público.

Quizás otro hombre, otro novio, la habría sobado delante de todos. Seguramente muchos otros la habrían besado y agarrado el culo sobre el cuero negro, marcando territorio, pero yo no. Yo no disfrutaba de presumir de ella si no de que ella misma se exhibiese. Es más, al ser ella mucho más atractiva y llamativa que yo, pensaba en la imagen que podríamos estar dando allí: yo apocado y fingiendo candidez y ella algo cohibida pero a la vez altiva… Me imaginaba sus cuchicheos que seguro irían en la línea de: “este tiene unos cuernos que no entra por las puertas”, y presentir eso me excitaba. Me ponía tremendamente cachondo que todo el bar pudiera pensar que ella era demasiada hembra para mí, y que seguro se buscaba la vida para tener un semental, o varios, a su altura, para satisfacerla como ella exigía y merecía.

María acabó por introducir la bola negra en un agujero, sin querer, y le dije que me iba a pagar a la barra pues no habíamos pagado aun. Una vez allí, vi como ella metía las bolas que aun quedaban sobre el tapete con las manos, en las troneras, y entonces un chico la detuvo. Me quedé helado.

Yo miraba de reojo desde la barra como el chico, supongo, le decía que siguiera jugando o que seguiría jugando él, no podía escuchar bien.

Cuando el camarero me dio el cambio, vi a María prácticamente rodeada de tres o cuatro chicos, los cuales me impedían poder verla bien. Vi a alguno bastante borracho, cosa en la que no había reparado antes, y algo me subió por el cuerpo, preocupado porque fuera a haber un lío.

Metía las monedas con prisa en mi cartera cuando escuché de golpe una frase masculina, proveniente de aquel corrillo, de entre toda la frase escuché solo con nitidez una palabra, y la palabra era “calentar”. Me giré inmediatamente y la vi intentando abrirse paso entre dos de ellos, viniendo hacia mí, y consiguió cortar esa especie de cadena, sonrojada, y temí que alguno de ellos le echara la mano o el brazo al superarles… pero la dejaron ir.

María, muy colorada, llegó a mí y dijo rápidamente:

—¿Has pagado?

No había acabado de decir que sí y ambos nos encaminábamos ya a la salida del bar. Salimos sin que al menos yo, escuchara ningún comentario, ni cercano ni lejano, de nuestra repentina huida. Todo había pasado en apenas veinte segundos. Caminábamos por la calle, en silencio, y un poco rápido, hasta que ella dijo “de noche sí que hace frío” como si nuestro paso ligero fuera por la temperatura, cuando ambos sabíamos que ese no era el motivo y que se podría haber montado un pequeño o gran lío con aquellos chicos.

Llegamos al calor del salón de la casa rural mientras me preguntaba si mi actitud había acabado por convencer a María de que yo no era hombre suficiente para ella. Hasta el momento aquella especie de temor contradictorio solo lo había enfocado hacia la parte sexual de nuestra relación, pero quién sabe si no podría llegar a afectar a todo.

Nos sentamos en los sofás, y María, totalmente recompuesta y con sus mejillas en su tonalidad habitual, hablaba de otras cosas con suma mesura, como si no hubiera pasado absolutamente nada.

Yo estaba excitado, no podía negarlo, y me preguntaba si ella lo estaría o si yo aun podría conseguir que lo estuviera. Sentados, muy pegados, disfrutaba de su perfume y del olor de su melena. La abracé y mi brazo que la envolvía pasaba la yema de sus dedos por su escote, la besé en la cabeza, no se escuchaba absolutamente nada, como si la casa estuviera vacía. Había una luz tenue que daba una paz perfecta… y esa paz me dio el temple para susurrar:

—Casi se lía en el bar al final…

—Te diste cuenta, entonces. —respondió.

—Sí, algo raro vi cuando estaba pagando.

María no dijo nada en casi medio minuto. Mi mano que la abrazaba seguía deslizándose suavemente por su escote, y mi otra mano acariciaba uno de sus muslos sobre sus medias. Tras esa pausa dijo:

—Bueno, es normal. Tampoco tengo yo porque vestir así en según que sitios. Y eso sumado a que alguno había bebido de más… pues… son cosas que pasan.

—Pero qué te dijeron.

—Nada, fue solo uno. Una chorrada. Creí que no te habías enterado. ¿Subimos?

No me sorprendió que María quisiera quitarle hierro al asunto. Siempre tan pragmática y poco dada a espectáculos o a dramatizar. Sí me sentó un poco mal que, tan pronto me había acercado un poco a ella con intenciones más indecentes, lo hubiera cortado de aquella manera. Y, conociéndola, no había sido un corte con la intención de buscar un mejor sitio para intimar.

Pronto descubrí que no me equivocaba. Subimos las escaleras de caracol hasta nuestro dormitorio y María desplegó toda su liturgia para evitar una ofensiva: soltar al aire algún “estoy destrozada”, entrar en el cuarto de baño y cerrar la puerta, lavarse los dientes, desmaquillarse y de hablar, hablar ya refiriéndose al día siguiente.

Cuando volví yo del cuarto de baño María ya se había puesto el pijama. Hacía calor por la dichosa calefacción, pero, obviamente, eso no lo habíamos sabido al hacer la maleta, por lo que no parecía haber traído camisón, si no uno de aquellos pijamas suyos de pantalón y chaqueta, como de chico, pero de satén o seda, en este caso blanco. Yo opté por meterme desnudo en la cama.

Una vez allí, y una vez descartado hacerlo con María, podía optar entre fustigarme precisamente porque ella no quería tener sexo o recordar el morbo que me había dado todo lo sucedido en el bar. Me decanté por lo segundo… pero mi imaginación no llegó casi ni a despegar, pues no tardé apenas nada en quedarme dormido.

No debía de estarlo muy profundamente cuando me desperté como consecuencia de unos pasos. Provenían de la escalera de caracol, que no había deparado en que fuera tan ruidosa. Para colmo debía de ser una pareja pues se escuchaban pasos más normales y lo que debían de ser pisadas de tacones. Mi sospecha de que eran una pareja se confirmó cuando pasaron cerca de nuestra puerta, entre cuchicheos y pequeñas risas, intentando no hacer ruido, pero conseguían más bien lo contrario. Escuché como entraban en la habitación contigua. Miré el reloj, no era muy tarde, pasaba un poco de la una de la madrugada. María sí parecía dormir.

Escuché su puerta del baño, grifos abrirse y hasta zapatos caer al suelo. Yo intentaba dormir, pero cada vez que parecía conseguirlo, un cajón, o hasta el sonido de, seguramente el cargador de un móvil insertándose en la pared, me lo impedía.

Cuando por fin se hizo el silencio y creí llegar a dormir, escuché un gemido de mujer que me tensó. Era lo último que quería después del pasotismo sexual de María… que los del dormitorio de al lado se dieran un festín de lujuria.

Los gemidos dieron paso un rítmico sonido de muelles. El polvo no era un desmadre, no era nada por lo que pudiera quejarme, no era un escándalo ni mucho menos, y, en otro contexto casi ni me hubiera importado lo más mínimo.

Cuando me quise dar cuenta, mi miembro estaba creciendo como consecuencia de los gemidos de aquella mujer que eran ciertamente morbosos y sentidos. Nada de la exageración de las películas y no digamos de las películas pornográficas. Aquellos sonidos tan puros y reales, poco a poco, me iban envolviendo y mi polla, ya lagrimeante, me pedía actividad.

María, de lado, dándome la espalda, daba sinceramente la sensación de estar dormida. Recordé que unos meses atrás, estando con ella en un hotel con spa, también había escuchado follar a los vecinos de habitación, y, aquella noche, les habíamos acabado haciendo la competencia. Sin duda esta noche no iba a ser así.

Decidí obedecer a mi miembro y envolverlo con mi mano. Con la banda sonora de aquellos tenues y sentidos gemidos, que de sentidos que eran casi eran como lamentos, comencé a masturbarme lentamente. Alerta por si María se despertaba, echaba la piel de mi polla adelante y atrás mientras me imaginaba en aquel bar… Me imaginaba volviendo de los aseos y encontrándome, sorprendido, a María jugando al billar con aquellos chicos, que eran poco más que adolescentes. Fantaseaba con la idea de ella paseándose entre ellos y sonriéndoles, calentándoles… y ellos cuchicheando sobre lo buena que estaba. En mi fantasía la idea de María consistía en ponerles cachondos para después pararlos en el momento justo. Cinco o seis chicos, desbordados de hormonas, se aguantaban como podían ante aquella coquetería. En un momento dado María decidía forzar la máquina, iba a la barra, daba un trago a su cerveza y volvía de allí con un botón perversamente desabrochado. Uno de los chicos se daba cuenta y se lo decía a sus amigos, quejándose de aquella provocación. Ella seguía incitándoles, pero a su vez haciéndose la inocente, como si aquellas pollas duras fueran consecuencia de la cachondez de aquellos críos y ella no estuviera teniendo nada que ver, al menos voluntariamente.

Uno de los chicos acabó por posar una de sus manos en la cadera de María y ella se lo permitió, como si no lo hubiera notado, pero esa mano acabó bajando a la falda y ella la apartó.

Yo, tumbado en la cama, escuchaba aquellos gemidos y los muelles sufridores de la cama del dormitorio contiguo, con mi polla durísima, mientras ya imaginaba que aquel chico intentaba besar a María delante de todos y ella se lo negaba. Después otro chico y otro, hasta que uno de ellos, tras besarla en la mejilla y ella permitírselo, la besaba en la boca, y ella, por fin, se dejaba hacer.

Con los gemidos de aquella improvisada vecina retumbando por el dormitorio y con la imagen de María siendo besada por uno de los chicos y sobada por otros dos o tres, decidí irme sigilosamente al cuarto de baño. Eché un poco la puerta, sin cerrarla para no hacer ruido, y para seguir escuchando los lamentos sexuales de aquella mujer, y comencé a imaginar como María se dejaba besar y tocar por una boca y seis manos. Apunté con mi polla sobre el lavabo, en la casi total oscuridad, mientras aquella mujer gemía entregada y mi María imaginaria era empujada bruscamente contra la mesa de billar. Su falda fue subida, sus bragas fueron bajadas, sus medias fueron descubiertas y uno de los chicos se bajaba furioso sus pantalones y ropa interior para penetrarla. Mi novia no hacía nada por evitarlo y hasta sacaba un poco el culo, erguido por los tacones, para incitarles. Cuando el primero la penetró, enfadado por haberles provocado, yo me pajeaba a gran velocidad y la vecina buscaba su orgasmo en la distancia. Mientras aquel chico la embestía furioso, María aguantaba como podía y yo sentía que me corría. Aquel chico la empalaba con fuerza, ella comenzaba a gritar y los amigos le jaleaban. Uno tras otro, aquellos chicos se iban turnando para follar a María contra aquella mesa, vanagloriándose por someterla y a la vez increpándola e insultándola por haberles provocado; le azotaban en el culo por haberles calentado, y unos se corrían dentro de ella y otros sobre sus nalgas mientras María, totalmente cachonda, acogía, entregada, las pollas jóvenes de toda la pandilla. Cuando uno de ellos aceleró brutalmente el ritmo hasta obligarla a ponerse de puntillas y casi subirse a la mesa comencé a eyacular sobre el lavabo… y me corría mientras veía la polla del chico hundirse dentro del cuerpo de mi novia, y a esta gemir sin parar, en unos gritos desgarradores que eran una mezcla de excitación, dolor y humillación.

No había casi ni acabado de eyacular cuando comencé a sentirme tremendamente culpable… En seguida no vi normal haber fantaseado con que María fuera follada salvajemente, al límite de su consentimiento.

Eché un poco de agua para limpiar el semen del lavabo y volví al dormitorio con un mal cuerpo terrible. La pareja debía de haber acabado pues no escuchaba nada. Decidí intentar dormirme sin darle demasiadas vueltas a lo sucedido; me dije que había sido solo una fantasía, solo una guarrada para correrme cuanto antes, pero sabía que aquellos pensamientos eran la semilla de algo tremendamente peligroso, una idea en mi cabeza que yo quería que volviera a desembocar en algo real. Y lucharía por conseguirlo.

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