JORDI MARCOS

La feroz y el fiero se estiraron del pelo. Dicen que en pleno éxtasis el leve dolor se troca en placer y que unas simples caricias se convierten en armas de rozadura. Las manos arden en la travesía corporal y la piel lo padece, cuál incendio anatómico.

Los muslos y los brazos trazaron ejes y segmentos colisionados entre ellos, que simbolizaron algo parecido al arte surrealista, como de la mismísima tinta que brotó en Bretón o, de los mágicos pinceles con que Dalí, dibujó su más pura imaginación. Los fluidos perfumados de culmen picante y quimeras saladas, fueron el ingrediente resolutivo de las bocas y las manos que engrosaron y tildaron la fechoría.

Tras homenajes al deleite celestial que se propagaron con alaridos y goces salvajes en la silenciosa comunidad de Aribau, algunos vecinos yacían prestados a los sueños apacibles, que se mezclaron inconscientemente, con el sonido de nuestro musical. Otros sintieron irritación y recelo de pulsar el botón y que el ascensor se utilizara y ejerciera con funciones de otros menesteres más íntimos. Los delincuentes juveniles ensuciaron un ascensor -casto y limpio- de ambiente mórbido y velado. El diablo los acoja porque en el reino del señor, no hallarán cabida.

 

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