TANATOS12

Capítulo 13

Me desperté con un abrazo desde atrás, un ronroneo y un beso. Esos gestos de María significaban muchísimo para mí. Eran como un “lo importante está a salvo” que me daba oxígeno en momentos de cierta angustia e incertidumbre. También me mostraba una María cada vez más dividida en dos, en dos extremos cada vez más distanciados.

Esas mañanas tranquilas con ella, de café y tostadas, de movimientos automáticos y silencios, me daban un sosiego necesario después de todo aquel fuerte oleaje que estábamos surcando. Creo que ella sentía lo mismo y por eso parecíamos valorar y explotar más aquellos momentos.

No sabíamos muy bien qué ropa llevar pues en aquel otoño seguía sin llegar el frío, pero teniendo en cuenta que iríamos a una zona un poco montañosa parecía difícil de creer la temperatura que anunciaban las previsiones. Al ir en coche, y no haber problemas de espacio, las maletas se duplicaron, como si cada uno llevara una maleta lógica y otra obedeciendo a un enorme “por si acaso”.

Mientras conducía pensaba que aquel fin de semana largo nos serviría de oasis, que sería un paréntesis entre aquella locura, pero pronto descubriría que no se pueden planear ese tipo de cosas. Además, aquel veneno ya hacía tiempo que yo lo llevaba dentro.

Fuimos parando en diferentes pueblos, disfrutando del camino con calma. Tomando un café o picando algo en cada lugar. Como si necesitáramos una adaptación de la ciudad a la montaña. De hecho me sorprendía que María hubiera querido hacer ese pequeño viaje, siendo ella tan urbanita. Desde luego, por la ropa que, de reojo, había visto que había metido en sus maletas, no parecía tener intención de caminar más allá del cerco civilizado.

Así se lo hice saber y me dijo que la idea, para los dos, era respirar un poco de aire, tampoco se veía haciendo excursiones campestres. También hablamos de que yo, al estar ya más asentado en la empresa, podría pedir vacaciones más largas, y empezábamos otra vez a tener dinero como para hacer viajes a otro nivel. Hablamos de que quizás en enero podríamos hacer, como hacía tiempo, un viaje de verdad.

Llegamos al pueblo a media tarde y sacamos algunas fotos antes de que se hiciera de noche. Realmente el sitio era muy bonito, pero muy pequeño y comenzó a sobrevolar la idea de que nos pudiéramos aburrir, que habiendo reservado una noche habría sido suficiente. María rebuscaba en su móvil buscando alternativas para el sábado o el domingo, como una ciudad de interior, mediana, a unos treinta kilómetros de allí.

Si el pueblo era pequeño la casa rural iba acorde con las proporciones. Una entrada, eso sí, amplia, con un salón bastante bucólico y una chimenea, y detrás un espacio que hacía de comedor. La planta baja era completada por dos habitaciones. El señor que regentaba la casa nos habló un poco de la casa y del pueblo, afortunadamente tampoco se enrollaba mucho, y nos dijo que el sábado había una cena allí mismo, con productos de la zona por si nos queríamos apuntar. Nos dio las llaves de una de las tres habitaciones del piso de arriba.

Nos sorprendió el calor que hacía en la casa, y a punto estuvimos de ir en busca del señor para pedirle que bajara la calefacción, pero la idea era ducharnos y salir a cenar así que ni valía la pena.

Pronto nos dimos cuenta de que no iba a ser fácil encontrar un restaurante un poco distinguido, por no decir decente. Todos eran prácticamente tascas de platos combinados sin especial gracia. Después de dar un par de vueltas entramos en uno cualquiera, sin más ambición ya que la quitar el hambre. Nos sentamos en una mesa de madera y, desde el primer momento, nos sentíamos observados. Yo, al menos, sentía que los ojos de los autóctonos se posaban en nosotros. Bueno, más bien en María. Todos los allí presentes parecían conocerse y saber de sobra que no éramos de allí. Además, mi novia, creo sinceramente que sin querer, se había vestido de forma un tanto llamativa, con una falda de cuero, una camisa de seda granate y zapatos de tacón. Cuando se levantó para ir al servicio ya no solo hubo miradas, si no cuchicheos y casi codazos.

Si bien aquello, un año atrás, habría sido un simple motivo de orgullo, todo había cambiado. Todo aquello de Edu había despertado una fantasía y un morbo con diversas ramificaciones, y una de esas ramas era una vena exhibicionista que se había despertado, de mi hacia ella. Que la miren, que se exciten, que se empalmen, que babeen al ver su cuerpo… que… se la quieran follar… había pasado de casto motivo de orgullo a brutal motivo de excitación.

María parecía ajena a todo aquello y hablaba y reía conmigo con aparente normalidad. Cruzaba y descruzaba las piernas con supuesta inocencia. Mientras, yo miraba de reojo como los naturales del lugar no se cortaban lo más mínimo en desnudarla con la mirada. El rango de edad de los observadores no tenía absolutamente ningún límite, ni por arriba ni por abajo.

Acabé por ir al aseo yo también. Al volver vi a María ofuscada con su móvil. Su imagen era despreocupada, ajena a todo, pero impactante. Me tomé mi tiempo antes de sentarme junto a ella, para paladear las miradas y las medias sonrisas de los hombres en la barra. Para degustar las miradas más disimuladas y culpables de unos chicos que estaban jugando al billar a unos cinco metros… Tras revisar el entorno de depredadores, que después, seguramente, no tendrían el arrojo para decirle absolutamente nada, me fijé en la presa: Se le marcaba la silueta de las tetas a través de la camisa… los zapatos de tacón negros… era una bomba sexual para cualquiera… pero me fijé en algo que, parecía, acababa por deleitar a los de la barra, y es que, al sentarse, su falda se había recogido un poco, mostrando el nacimiento del encaje de sus medias oscuras. Medio muslo al descubierto y un poco del encaje de las medias, sumado a su belleza y al impacto de la silueta de sus pechos… No les podía culpar demasiado por regocijarse por aquella imagen y a mí me daba un morbo tan intenso que ya producía en mí una pequeña erección.

Me senté frente a ella y casi se me escapa decirle lo que mi mente me hablaba: “tienes a todo el bar con la polla dura…” Ella parecía seguir sin enterarse.

Finalmente dijo estar cansada, pero yo no me quería ir. Le propuse tomar una copa en otro sitio y me dijo: “es que no hay otro sitio”.

—Venga María, son las once.

—Bueno… ¿y qué? ¿tú no estás cansado de conducir?

—Yo estoy bien… Mira… si quieres… tomamos una cerveza jugando al billar —dije habiéndome fijado en que había quedado libre.

—Me estás puteando —sonrió.

Sabía perfectamente, por otras veces, que ella ni sabía jugar ni le gustaba, pero tenerla revoloteando alrededor de la mesa con todos aquellos hombres… provocando sin querer… aunque solo fuera durante diez minutos, me encendía sobremanera.

—Venga… eso o una copa.

—No me tomo una copa aquí ni loca, seguro que es veneno. —sonrió.

Nos quedamos en silencio un momento hasta que ella dijo:

—Bueno una partida, total acaba rápido que no sé ni coger el palo.

—El taco, —sonreí.

—Pues eso.

Nos levantamos y fuimos hacia la mesa de billar. Sus tacones retumbaban por todo el bar y sus tetas se le marcaban aun más. En aquel momento, ante el silencio de todos, sí que se debió de sentir observada, pues, cohibida, se llevo el pelo a un lado de la cara con timidez y agachó un poco la cabeza.

No sé si llegó a escuchar algo, pues, mientras yo metía la moneda por la ranura, ella claramente sonrojada, me pidió que la partida acabara rápido.

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