XAVI ALTA

Yolanda. 4

Últimamente, no daba una a derechas. Y el fin de semana había sido el colmo, la gota que había derramado el vaso. Lo peor es que por más vueltas que le daba, tenía clarísimo que solamente ella podía ponerle solución.

“Father’s Cove ha muerto”. Esa fue la sentencia de July después de la enésima discusión entre Adán y Sergio. Se lo había dicho con lágrimas en los ojos.

Yolanda se negaba a permitirlo, pero no daba con la tecla. Lo primero que había hecho, siguiendo el sabio consejo de Paula, era analizar la situación, en frío. “Para saber hacia dónde nos dirigimos hay que conocer de dónde venimos, teniendo en cuenta todas las variables que intervienen en el problema”, le había dicho su amiga, mezclando una clase de historia con otra de economía.

Lo primero, los antecedentes. Sergio y July habían fundado el grupo. Eran inseparables desde parvulario, de caracteres muy distintos pero seguramente por ello, complementarios. July era un chico tímido, callado, de los que suelen pasar desapercibidos, pero con un mundo interior muy rico que expresaba componiendo. Su hermano, en cambio, era un volcán. Impetuoso, irascible, explosivo; un líder nato que arrastraba a los demás por su sendero, para bien y para mal. Sus solos de guitarra, de riffs extremos, eran la mejor muestra de ello.

Al principio, la guitarra rítmica del grupo la había cogido ella. Sergio le enseñó a tocarla lo suficiente para que pudiera acompañarlo cuando él ensayaba en casa, punteando notas estridentes. A Yolanda se le daba bien. No tenía agilidad suficiente en los dedos para atreverse con solos endiablados, pero no cometía errores. Una guitarrista rítmica perfecta, vamos.

Pero faltaba un vocalista que además tocara el bajo. El teclado o los instrumentos de viento se descartaron en seguida, aunque a Yoli le gustaba mucho el sonido de un violín o un saxo en una pieza de rock.

Adán fue el vocalista elegido. No pertenecía a la cuadrilla de amigos, aunque era del barrio. Lo que significaba que conocían su nombre y se saludaban si se cruzaban por la calle, pero hasta que se presentó al casting nunca hubieran pensado que pudiera encajar con ellos.

No fue un casting televisivo. Simplemente colgaron papelitos con el anuncio en bares, el instituto y dos tiendas de instrumentos musicales con los teléfonos de Sergio y July. “A mí no me liéis, elegid al que más os guste a vosotros”, les dijo ella.

Fue el mejor de los seis que se presentaron a la prueba, aunque no entró con buen pié precisamente. El teléfono era una primera criba y allí se quedaron unos quince. Los cinco finalistas respondían al perfil solicitado. Han de saber tocar el bajo y tener buena voz para grupo de rock, ni muy rasgada, pues estaba Sergio para agravar los coros, ni muy melódica, pues Yoli aportaba el tono agudo.

Si no hubiese sido por Ramón, de la tienda de guitarras del barrio, que se lo recomendó, no lo hubieran tenido en cuenta. Demasiado guapo y demasiado pijo. “Tendrá voz de grupo de pop empalagoso” había previsto su hermano. Nada más lejos de la realidad.

Adán era pijito, aunque no tanto como aparentaba, y era guapo, aunque no respondía al perfil de belleza masculina que atraía a Yoli. Pero también tenía una voz rica en matices, muy personal, capaz de rasgar una balada hasta encogerte el corazón o de convertir la canción más hardcore en un hit comercial afinando un registro de voz melódico. Ramón había dado en el clavo. Era el mejor, sin ninguna discusión. El sexto candidato era el mejor de los cinco seleccionados.

Pero Adán también tenía carácter. Nunca sería el líder del grupo, pues no acababa de ser uno de ellos, no compartían cuna, pero la timidez inicial se había convertido en energía, positiva la mayoría de las veces, y había ido ganándose su trozo de tierra.

Su primera victoria fue el cambio de instrumento. No le gustaba tocar el bajo, prefería la guitarra, así que se lo propuso a Yoli y ésta aceptó. La verdad, a ella le era indiferente. La chica se sentía como una parte más de ese cuerpo. Tanto daba considerarse brazo o pierna. Se sabía importante y punto.

A partir de ahí, había ido aportando cosas al grupo. Muchas habían ayudado a mejorar, a perfilar un sonido distinto, indudablemente más rico. Pero esa mayor aportación también había implicado un mayor peso en las decisiones conjuntas, provocando conflictos constantes entre Sergio y Adán.

Estos eran los antecedentes. Las variables eran múltiples. Aunque más que variables eran episodios, desencuentros, discusiones. Ningún problema tenía rango suficiente. No, no lo eran. Definitivamente, solamente había una variable, por duplicado. Era el carácter. De ambos. El mismo en dos cuerpos distintos. Ese era el problema y no otro. Dos gallos en un mismo corral.

Las otras variables eran completamente secundarias. Así que diagnosticada la enfermedad, había que ponerle cura.

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