JORDI MARCOS

La Presumida volvía a pintarse los labios delante del espejo, enfrente de los servicios. La puerta corrediza se presentaba entreabierta, de tal forma y fortuna que, podía observarse claramente la silueta voluptuosa. La gestualidad garbosa en el arte de colorearse presumida el escarlata de su boca, figuraban dotes de facultad excelente y llamativa sensualidad artística. Su fragancia juvenil simbolizaba paradigmas de ciertos pasajes descriptivos y majestuosos, cual romances líricos de aquellos poetas yacidos plácidamente en olvidos.

Llevaba y exhibía un atrevido y provocativo vestido rojo, ceñido, escotado y hermético por la parte delantera y superior, pero volante de mini-falda en la parte que alcanzaban los muslos. Pieza estrella en las nocturnidades de gran relieve, como lo sería esa primera noche en que la conocí. Conectaba la combinación del labio carmesí con el rubí de su prenda, ejerciendo un juego de sugerentes contrastes con su piel atezada y la oscura y larga cabellera que, alcanzaba hasta los lumbares.

Las miradas se cruzaban y reflejaban en el espejo. Dominaba el juego de cruces y los tiempos, dedicando cuando creía conveniente, una mirada totalmente intencionada e introspectiva. Se complacía recreándose en el juego, mostrando una sonrisa altiva e ingenua en la reverberación del diáfano cristalino. El pintalabios se mostraba arrogante y soberbio, despertando celosía por su posición tan afortunada y venturosa en las pulpas rojas que brillaban de la crema recién pintada.

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