ALBERTO MORENO

 

Un golpe de aire loco desencajó la puerta de la casa y sacudió con fuerza la pared.

Dentro la anciana llamo a su hija: ¡Catalina, se ha ido la luz!

Era una voz ronca, con un fuerte tinte de ansiedad.

La puerta a merced del viento se cerraba y se abría con un tac-tac seco, acompañado del chirrido agonizante de unas bisagras oxidadas.

– !Catalina, se ha ido la luz¡

La tarde se había puesto fea. El viento arrastraba matojos de pinchos secos que terminaban adosados a la fachada de la casa. La lluvia era inminente.

El cielo azul de la mañana se había vuelto gris, con vetas y claros de un sol que anidaba allá arriba, encima de unas nubes preñadas de aguas torrenciales anunciando ya un parto inevitable.

La casa estaba construida con bloques de hormigón sin enfoscar. Las yagas de diferentes grosores aparecían mal rematadas, algunas eran gruesos labios de pasta reseca y resbalada en la pared..

Le circundaba un terreno pequeño de tierra abandonada. Las plantas habían brotado desaliñadas, sin orden. En algunos rincones unas flores silvestres completaban la parcela.

El tejado de chapas de zinc, se sujetaba con alambres y remaches mal clavados. La puerta y una ventana completaban el frontal del ranchito.

Contiguas, habría como cinco o seis construcciones del mismo fuste, distribuidas sin orden ni concierto,  abigarradas, promiscuas, pero ninguna pareada, todas en sus parcelas diminutas, con lindes definidos.

A veinte pasos estaba la casa de Catalina, la hija de la anciana.

El pueblo se dibujaba como a un cuarto de legua. Era una calle principal, varias adyacentes y una plaza en el cruce de tres vías.

Estaba acodado en una ligera falla de la colina y emergía como una joroba del valle.

Este, circundaba y rodeaba todo, como un lago lujuriosamente  verde. Entre su floresta se divisaba un infinito universo de estrellas amarillas, rojas, marrones. Eran diminutas calabazas algo deformes de tonalidades amables y vivaces, eran las bayas del cajuil.

Aquel año la cosecha se despeñaba de las ramas, era espléndida.

La recogida era inminente. El fruto ya estaba maduro.

Catalina cruzo rauda la parcela y entro en la casa de su madre.

Encajo la puerta con un trozo de cartón y penetro en su interior.

El tac-tac enmudeció. La anciana al verla, repitió la cantinela:

–     ¡¡Catalina, se ha ido la luz!!

–     ¡¡Madre,son las cuatro de la tarde, todavía se ve bien, la prenderé a las seis!!

La anciana estaba sentada en una mecedora de ramas de saúco y bambú, sometidas cuando fueron verdes a forzamientos, hasta alcanzar su forma actual.

La pieza era cocina y sala de estar, el ranchito se completaba con un dormitorio y el retrete. Catalina retiro la taza vacía de la mesa desnuda, contigua a la anciana y la llevo al fregadero.

La lluvia comenzó a golpear con fuerza las chapas de zinc del tejado.

–     ¡¡Catalina se ha ido la luz!!

La anciana parecía haber perdido el juicio con aquel insistente sonsonete.

La hija volvió a su casa y regreso con un rollo de cable eléctrico, en cuya punta lucia una bombilla encendida.

La conectaba a su red y todas las tardes la traía a casa de su madre.

La enganchaba en el clavo que había en la pared a la altura del almanaque atrasado de la Virgen de Altagracia.

La anciana cuando vio la bombilla encendida, se sosegó. Se levanto, desengancho el cable de la pared y con el se dirigió al retrete..

En realidad, Francisca Mesa quería orinar y lo que fuese.

Regreso a la cocina, con un andar lento, acompasado, la taza que había recogido su hija la sumergió en un cubo de agua enjabonada, algo turbia.

La casa no tenia agua corriente. El retrete funcionaba con los sobrantes de la freganza. Enjuago la taza en un recipiente y el cubo lo arrastro como pudo al baño.

Reconfortada, volvió a la mecedora.

El transistor de baquelita, remendado con cinta de esparadrapo, descansaba encendido en su regazo.

Con la radio y la bombilla prendida, recupero la placidez. Sus ojos vidriosos se sumergieron en una somnolencia lejana. Parecía que su cerebro había dejado de funcionar.

Sobre las ocho, la hija trajo la cena. Seguía lloviendo. Como pudo, cubrió la bandeja y la guareció de unos goterones gruesos que semejaban tirabuzones líquidos taladrando la oscuridad de la noche.

–     ¡¡Madre, la cena!!.

El cuenco portaba una sopa caliente, humeante, de arroz, guandules y un trozo de pollo deshuesado.

La anciana se incorporo, se acerco a la mesa desnuda de mantel  y se dispuso a comer.

–     ¡¡¿Esta bien de sal?!!. La madre asintió con un movimiento de cabeza.

Fuera la oscuridad era total. Dentro la bombilla encendida y la verborrea de la radio parecían proteger  a las mujeres de la tormenta y de la sordidez del entorno.

La lluvia, mas que un rumor, eran trallazos violentos que golpeaban sin cesar el zinc del tejado y el suelo de tierra, incapaz de absorver el agua devolvia un sonido aguachinado de charcos que crecian como diminutas lagunas en derredor de la casa.

Cuando Francisca Mesa termino de cenar, se limpio la boca con el dorso de la mano y se dirigió a su hija. La voz le salió serena.

–     !!Mañana recogeremos el cajuil!! ¿vendrán los tuyos?

–     Si, respondió Catalina, Seremos cinco, también vendrá la sobrina.

———–

El día amaneció espléndido. La lluvia había abrillantado las hojas y los frutos del cajuil. El sol calentaba ya el valle. Este, parecía un hormiguero con las constantes idas y venidas de la gente. Cada familia se disponía a recoger el fruto de su parcela. Los Montilla-Mesa habían llevado la mecedora de la anciana. Francisca se había sentado en ella y contemplaba con fruición a los suyos recogiendo el fruto. El montón crecía y decrecía cada vez que vaciaban las espuertas y llenaban las sacas.

El trajín se detuvo a la hora de la comida. En uno de los extremos de la sabana que almacenaba el fruto, extendieron las viandas y comieron mientras hablaban de sus cosas.

Un enjambre de transistores desparramaban por el valle músicas pegadizas y azucaradas. Eran bachatas repitiendo las mismas letras y las mismas notas.

Cuando la tarde declinaba, terminaron la faena. Había veinte sacas, casi el doble de la cosecha de otros años.

A la anciana se le veía contenta.

Regresaron.

Primero llevaron a la madre en su mecedora. Luego dieron varios viajes. Dejaron el cajuil en casa de Catalina y se dispusieron a preparar la cena.

-¡Madre!, ¿que quiere cenar?.

La anciana pidio un cigarro a su yerno, era el unico que fumaba. Lo encendio, exhalo el humo despacio, cuando la humareda habia ascendido por encima de su cabeza y se acercaba a la bombilla dijo con tono breve:

-¡Prepara un picapollo y lo que quieras!

Francisca siguio dandole caladas al puro. Catalina regreso de su casa con los ingredientes y se dispuso a preparar la cena,la gente hablaban todos a la vez, todos metian baza, pronto el aroma del guiso inundo la habitacion.

La conversacion subia de tono, el yerno trajo una botella de ron y Francisca pidio un vasito.

Bebian, hablababan y el ambiente era de gente feliz. La sordidez del dia anterior y de otros muchos dias  habia desaparecido. El cajuil habia obrado el milagro. Cenaron. No habia reloj, el tiempo habia desaparecido. A las tantas, Francisca tenia sueño, se habia quedado callada sentada en su mecedora de saúco, inclinó la cabeza y comenzó a roncar.Primero pausadamente, después de forma sonora. Los ronquidos acaparaban todo el ambiente, nadie podia hablar con coherencia, se callaron, la miraban mudos

Los ronquidos aumentaron de tono. Se alarmaron, no eran normales, pronto vislumbraron que se oian fuera de la casa.

Algun vecino se acercó y sintió miedo, la familia no sabia que hacer,vinieron mas personas y llenaron la casa.

La anciana permanecida en su concierto, los ronquidos tronaban desacompasados, como trueno de la tormenta del dia anterior.

La gente comenzó a abandonar despavorida la casa de Francisca.

.Catalina, la hija, se acercó a su oido y con voz queda le susurró: ¡Madre, ha venido la luz!, repitió la frase, ¡Madre, ha venido la luz!.

Francisca se despertó, dejó de roncar y se fue a la cama.

-fin-

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