XAVI ALTA

Vanesa .4

El profesor Ayala era muy estricto con sus alumnos en lo referente a la reglamentación universitaria. Si había que sacar un 6 para aprobar, un 5,9 no le obligaba a dar un aprobado. Si el trabajo encomendado debía entregarse al comenzar la clase del jueves, no aceptaba ningún dossier fuera de ese plazo, aunque fuera al final de la misma. Y si su horario de tutorías era la hora posterior a su clase, no atendía a ningún alumno que tuviera alguna duda o petición en una hora distinta.

 

Vanesa, como todos los alumnos del curso, había oído las normas dictadas por el docente el primer día de clase y sabía, por comentarios de compañeros, que el profesor Ayala cumplía estas directrices de manera escrupulosa. Así que guiada por una adrenalina desbocada, se dirigió al despacho del profesor tan pronto como éste abandonó el aula.

 

No sabía exactamente qué le preguntaría. Tampoco había pensado como lo haría. Pero la clase había sido tan especial que nada podía torcerse. ¡Hoy es el día!

 

Su gozo en un pozo. Llegó al despacho 17, Profesor Héctor Ayala y Doctor Carlos Sitra rezaba la placa de la puerta, pero no llegó a tocarla. En el momento que alargaba la mano derecha para llamar, la puerta se abrió apareciendo ambos profesores. Ayala la reconoció, pero se detuvo los segundos exactos para disculparse, “pues ha surgido un imprevisto que debemos atender inmediatamente”.  Le prometió atenderla el próximo lunes sin falta.

 

Tal vez ha sido mejor así, pensó para sí misma, pues estaba tan excitada por la clase de hoy que había venido sin preparar nada. El lunes estaré lista. Y a eso dedicó el fin de semana, a estudiar Economía internacional para tener dudas y poder enumerárselas al profesor Ayala. Ni siquiera salió con sus amigas ni retozó con ningún joven de buen ver.

 

Así, el lunes, acabada la clase, volvió a dirigirse al despacho 17 segura de lo que tenía que hacer pero muy insegura por cómo lo iba a hacer. La verdad es que no tenía dudas. La materia era complicada, sí, pero a ella no le costaba seguirla. Decidió que pediría bibliografía adicional para completar sus conocimientos y así mostrarle un mayor interés por su asignatura. Sí, eso estaría bien. Le gustará.

 

Vanesa llamó a la puerta. Cuando la voz varonil, excelsa, del profesor Ayala respondió, la chica entreabrió la puerta y pidió permiso para entrar. Éste se lo concedió, reiterando las disculpas por su huida de la semana anterior.

 

Me recuerda, sabe quién soy, pensó Vanesa para sí misma. Era un buen comienzo. Pero a los cinco minutos pensó que se había equivocado yendo al despacho, a los diez estaba convencida de su error y a los quince salió de allí aguantándose las lágrimas para no quedar como una chiquilla.

 

Podríamos resumir el encuentro en una frase. Para qué nos haces perder el tiempo a ambos con todo el trabajo que tenemos.

 

Vanesa se presentó como una alumna aplicada, muy interesada en la asignatura que necesitaba más información del mejor profesor de la universidad. Obviamente no utilizó ninguna de estas palabras pero esa era la impresión que quiso causar. Preguntó por lecturas complementarias. Sobretodo artículos relacionados con la discusión del otro día, modelo económico anglosajón versus modelo europeo. Incluso, logró encontrar una duda referida a la Escuela de Frankfurt, pero ni por allí.

 

Ayala la despachó con bastante frialdad. Interpuso una distancia sideral entre ambos y llegó a preguntarle si no debía estar en otra clase a aquella hora, pues en seguida vio que las dudas y necesidades de la chica no eran exactamente académicas.

 

Pero no se dejó engatusar. Aquella joven alta, guapa de cara y de cuerpo bien proporcionado, no era la primera ni sería la última joven que entraba en su despacho buscando algo más que la estricta relación profesor–alumno. Sabía que no le convenía entrar en ese juego. No porque no le apeteciera pues había bastantes alumnas, como ésta, que bien merecían un buen repaso, pero era un riesgo alto que no estaba dispuesto a asumir. Además, la experiencia le había demostrado que sus antiguas alumnas lo seguían recordando, pues le era relativamente fácil tirárselas cuando volvía a coincidir con ellas acabada la universidad.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s