JORDI MARCOS

En tantas fatigas del minucioso esfuerzo por perfeccionarse, determinó que la idea de fumarse un cigarrillo era merecida recompensa tras las atenciones estéticas. El capricho y cuidado dejaron aquel baño convertido en una especie de pequeño salón de belleza, reservándose la fuerte carga de fragancias y combustiones corporales. Dejó el vidrio manchado de hálito, gestualizando el ojo, como cumplido correspondiente de observar paciente la ceremonia.

Caminaba agradable y refinada, con cierta moderación sicalíptica si siendo menos ingenuo, se pensaba en intenciones más pícaras. Asimismo, en el cruce, se le iba desprendiendo el perfume de origen marítimo de las saladas aguas del Mediterráneo. Del cuello se liberaba una especie de sal aromática que acrecentaba el escozor de las fosas y seguidamente, medraba la sed de las papilas gustativas. Su mirada irresistible de dureza aguda y penetrante que aguardaban los ojos, tanto en posición estática como en períodos breves, debían de ser causa de fatalidades de pretéritos amantes que perdieron el juicio en alguna noche venusiana en que se dejaron seducir por la deidad nocturna y que, originaron por la parte de ella, que tuviese de tolerar las constantes demandas y farsas amorosas de los numerosos pretendientes incansables. Además de amores, otro motivo pudo ser derivado de las ofensivas recibidas de Envidia e Hipocresía -aquellas que llaman- diosas del encanto hechizado por la espalda y que proceden de razones discrepantes del atractivo y la belleza.

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