XAVI ALTA

Paula. 4

Si alguien, un encuestador free lance, un psicólogo charlatán, una amiga íntima o un compañero de estudios, le hubiera preguntado a Paula qué tal le había ido el año, ésta habría respondido que regular tirando a mal.

En casa, la atmósfera era la de siempre, mucho esfuerzo y estrechez económica. En el trabajo, ya no solamente debía preocuparse del mal ambiente, ahora también tenía que esquivar a Germán, que no era mal tipo y parecía inofensivo, pero había tenido que dejarle muy claro que tenía novio, “prometido” le había remarcado “con el que me casaré cuando acabe la carrera”. Por lo que a José respectaba, la cosa tampoco pintaba demasiado bien. Estaban más lejos el uno del otro cada día que pasaba y le aterraba pasar las Navidades en el pueblo pues tenía claro que tendría que afrontar una charla muy sincera con él que seguramente acabaría poniendo punto y final a una relación amistosa primero, amorosa después, que había sido muy especial.

Pero eso cambió el jueves 14 de diciembre de 2013 a las 12.10 exactamente. Paula acababa de pedir un té Earl Grey en la barra de la cafetería de la universidad. Mientras miraba la hora en el reloj de pared colgado medio metro por encima de la máquina de café, oyó la voz más dulce dirigirse a ella. “¿Qué tomas? Te invito”.

Paula se giró como un resorte. ¡No podía ser cierto! Martín, el tío más guapo, el tío más atractivo, el tío más macizo, el tío más buenorro, el tío más deseado, el tío más todo lo que se pueda decir para calificar a una persona, estaba a escasos centímetros de ella, con aquella sonrisa perfecta que te dejaba sin aliento, aquellos ojos verdes donde podías ahogarte, aquellos labios rosados que matarías por poder besar, preguntándole qué tomaba e invitándola, a ella. ¡A ella!

Tardó en reaccionar. Sintió como si estuviera haciéndolo a cámara lenta. Su mente estaba aturdida, sus ojos hipnotizados. Afortunadamente el camarero apareció al rescate. “Tu té, 1 euro con 40”, dijo dejándolo sobre la barra. “Añade un cortado y cóbrate, por favor”, respondió Martín alargándole un billete de 5 euros. “Gracias” fue la ingeniosa respuesta de Paula.

Se sentía como una auténtica idiota. Aún tardaría tres preguntas, tres, en responder algo coherente. Pero Martín había demostrado ser todo un caballero. Había sido paciente. Había sido amable. Había sido atento. Incluso se había mostrado coqueto. No, eso no podía ser. Martín tenía a cualquier chica que se le pusiera entre ceja y ceja. No iba a querer ligar con ella.

No era esta la primera vez que hablaba con Martín, entendiendo hablar como un saludo en un pasillo o formar parte del mismo grupo de personas que están charlando. Pero sí era la primera vez que hablaba solamente con ella, interesado únicamente en ella.

Su primera cita con Martín duró cerca de cuarenta minutos. Los primeros en la barra, mientras ambos removían el azúcar en sus bebidas respectivas. La mayor parte del tiempo, sentados en una mesa comentando un poco de todo y un poco de nada.

Martín había roto el hielo con el té. “Poca gente que yo conozca toma té”. De allí habían pasado a tocar temas tan variados como los gustos alimentarios, los cócteles, de los que Paula era una auténtica fan, la música y el cine, y también los estudios, como no, en una carrera exigente como ésta.

Paula flotaba recordando cada frase de aquella charla. Martín se definió a sí mismo como el “Monstruo de las Pizzas, puedo comerme tres familiares sin miedo a reventar”. Se interesó por los cócteles y la habilidad de Paula para “clavar el mojito perfecto, tienes que invitarme a uno”. No compartían gustos musicales, los de él eran muy comerciales, mientras Paula sentía pasión por los ritmos cálidos como la bossanova o la salsa. En cine tampoco tenían mucho en común, Martín solamente había visto películas en versión original obligado por algún profesor de inglés.

Fue a través de los estudios, de la carrera, que Paula vio como se le abrían las puertas del cielo. Ella era una de las mejores estudiantes del curso, si no la mejor, aunque sería incapaz de reconocerlo, mientras Martín, sin ser mal estudiante, no destacaba por tener notas excelsas. “Mientras vaya aprobando y me saque la carrera, tengo bastante”.

Pero últimamente se le estaba atravesando Hacienda Pública, no lograba entender algunos conceptos, y el catedrático tampoco era el mejor orador de la casa. “Le he puesto de mote el Valium”, afirmó Martín, comentario al que Paula respondió riendo y recordándole que el Dino, de dinosaurio, ya le pegaba bastante.

Y entonces se produjo el flechazo. “Tienes una sonrisa preciosa”, le confió Martín mirándola fijamente a los ojos, “debo hacerte sonreír más”. Y Paula tocó el Cielo. Con ambas manos, ambos pies, con todo su cuerpo. Y con su espíritu. Estaba como un tomate, notaba perfectamente el calor en sus mejillas. Pero se sintió la mujer más dichosa sobre la faz de la Tierra.

Pero aún hubo más, un epílogo. Mejor dicho, un colofón. La promesa implícita de verse más veces “para hacerte sonreír” se tornó en un compromiso “para estos días de vacaciones” para ayudarle con Hacienda Pública. Se sintió orgullosa de sí misma porque la idea había surgido de ella, aunque él la había insinuado.

La única nota discordante era no poder ir a Cantabria. ¿Pero quien quería pasar las vacaciones de Navidad en el pueblo pudiendo pasarlas con Martín?

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