MANGER

El río mostraba ahora su más encendida ira. Su cauce era endiabladamente enrevesado; las múltiples variantes de las redondeadas rocas finamente pulidas por el tiempo y la continua e inveterada abrasión de las arenas creaban unas impredecibles corrientes que casi le hacían imposible mantener la barca a flote. Pero su experiencia era superior a esos inconvenientes; años y años de conocimientos marineros siempre lo habían ayudado para no sucumbir ante las embestidas del caudaloso y traicionero río. Sus acostumbrados músculos se habían cultivado con los furiosos embates de aquellas aguas y ya no le causaban temor alguno; aunque viejo y quejumbroso, aún conservaba el vigor necesario para salir triunfante en esas batallas.

En el remanso la situación era diferente, y hacia allí se dirigió remando con furia, centrando su lucha en la contracorriente y observando a lo lejos la larga fila de grandes y pequeños personajes que esperaban impacientes su llegada a la orilla.

 

No hay prisa –se dijo─. Que esperen. El tiempo para mí no es oro.

 

Con la pericia necesaria, rodeó la última roca que separaba la bonanza de la tempestad y sin más problemas alcanzó por fin el embarcadero. Pisó aquella negra tierra y amarró con rapidez la balsa. La espera había sido larga y la acumulación de trabajo se le antojó exasperante, aunque –al fin y al cabo─ eso daba igual; ya volvería después a por más viajeros.

 

Por el momento solo cabrían diez en la balsa; el resto habría de esperar el viaje siguiente.

 

–¡No se agolpen…! ¡Sigan un orden, y no se agolpen…! ¡Tan sólo podréis subir diez de vosotros…! –les gritó sin contemplaciones─. Preparad el importe del viaje antes de subir a la barca…–les exigió egoístamente.

 

Fue eligiendo a los que mejor le parecieron y los acomodó de dos en dos desde atrás hacia adelante, obligándoles a mantenerse sentados, de tal manera que pudiera ver y remar sin problemas desde la parte trasera de la balsa y dirigir el timón hacia la orilla opuesta. Antes de acomodarlos y ponerse en marcha, cada uno de ellos depositó en su mano la pieza de oro convenida. Sin ella jamás pasarían hasta que él quisiera perdonarles.

 

El viaje de vuelta no presentó contratiempo alguno y, como siempre, salió orgulloso de su cumplida tarea. Llegados al destino prometido, allí dejó la primera decena de la jornada, todos sanos y salvos.

 

–¡Adiós, Caronte…! ¿Qué sería de todos nosotros sin tu eficaz servicio…? –saludaron abriendo sus esqueléticas bocas.

 

Después, continuaron su desdichado viaje a través del inframundo de Hades haciendo sonar acompasadamente el claqué de sus secas articulaciones.

 

Y nuevamente Caronte encaminó su balsa hasta la otra orilla preparándose para luchar de nuevo contra las procelosas aguas del sempiterno Aqueronte.

 

–¡A por diez más! –se animó frente a tan tediosa pero fructífera tarea─. ¡Vayan preparando sus monedas de oro, señores…!

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