XAVI ALTA

Verónica. 4

Cuando mamá le dijo que aquel sábado saldrían a comer fuera pues quería darle una sorpresa, Verónica sabía perfectamente por dónde irían los tiros. Ni su madre era buena guardando secretos, ni ella tan corta de miras para no ver un elefante rosa a medio metro de distancia.

El lugar elegido fue una terraza en la playa de la Barceloneta. Acababa el año y el frío seguía sin aparecer por ningún sitio. Decían los meteorólogos que habíamos asistido al otoño más caluroso de los últimos treinta y que el invierno cronológico, a punto de entrar, de momento quería mantener la misma tónica.

Así que una terraza soleada a escasos 50 metros de la playa con casi 20 grados de temperatura ambiente era un lugar agradable en el que disfrutar de un buen arroz o de un pescado fresco regado, según sus preferencias, con vino blanco de aguja.

Cuando llegaron, él ya estaba allí. Vero lo reconoció al instante sin haberlo visto nunca. El hombre estaba sentado solo en una mesa de cuatro, esperando a alguien con cierta ansiedad, muy nervioso, vestía demasiado elegante para estar en una terraza y, a simple vista, le pareció lo suficientemente patético para salir con su madre.

Se llamaba Juan Carlos “pero no soy el Rey” fue su presentación medio segundo antes de darle dos besos. La primera impresión fue la correcta, así que respondía al perfil de cuarentón desaparejado, inseguro y poco agraciado, buscando compañía femenina con la que calmar sus carencias afectivas. Clavadito a mamá.

La comida fue relativamente bien. JuanCar, como le llamaban sus amigos, “el coche de Juan en inglés” fue otra de sus ingeniosísimas ocurrencias, era un buen tipo. Oficinista en una empresa de alimentación, gozaba de una mente muy ágil para los números como les demostró varias veces durante el encuentro, y era simpático, o al menos se esforzaba en serlo, a pesar de que sus bromas eran de un humor lamentable. Lo que más complació a Vero fue el excelente trato que dispensaba a su madre, cariñoso, amable, casi servil, algo que la mujer necesitaba como agua de mayo.

También tenía sus limitaciones. Unas cuantas. Y carencias. Unas cuantas más. Para empezar, no estaba acostumbrado a compartir mesa con una mujer de bandera. En todo momento, Vero sintió que su presencia, seguramente su belleza, acomplejaba al hombre, como si no mereciera compartir mesa con una diosa como ella. También podía ser que creyera estar pasando una prueba, que necesitara sentirse aceptado por la hija de su novia y que temiera poder perder a su pareja si la joven no daba el visto bueno. Lo que JuanCar ignoraba es que a Verónica le importaba muy poco con quien salía su madre mientras no afectara a su vida y su modo de vivirla.

Solamente hubo un “Pero”, en mayúsculas, que no pilló a Vero por sorpresa pues ya conocía bien a los hombres, aunque le disgustó bastante. Como todos los seres humanos de género masculino, le pareció tristemente simple, con una única idea fija en la cabeza: sexo. No fue maleducado, ninguno de sus chistes fue soez, no realizó ningún comentario incorrecto, pero ella lo pilló varias veces mirándola demasiado. Con deseo. Disimuladamente, seguido de algún comentario agradable a su madre o incluso de alguna caricia, como tratando de perdonarse el desliz, pero era evidente que ella lo calentaba. Sus ojos eran sucios.

Estaba acostumbrada a que los hombres babearan ante ella, solían soltarle improperios en plena calle, sabía de su poder, pero le incomodó infinitamente que lo hiciera el novio de su madre. Sobre todo por lo feliz que ella parecía con aquel cuarentón de cabello escaso.

Decidió que intentaría no tenérselo en cuenta, que no haría nada que pudiera enturbiar la nueva relación de su madre, con la esperanza de que fuera la definitiva. Pero le jodió infinitamente que el novio de mamá fuera un baboso.

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