TANATOS12

Capítulo 12

Más allá del evidente morbo y excitación que me tenía al borde del colapso, sentía estupefacción, fascinación… Una María que había comenzado su narración de manera avergonzada, dubitativa y contenida, había acabado explotando en una sucesión de descripciones detalladas y pormenorizadas no solo de lo que había hecho con Edu… si no de lo que había sentido, sentido al obedecerle… al arrodillarse ante él… masturbarle con las tetas… chupársela… y ser penetrada salvajemente por él.

La temperatura se había disparado por su confesión y había un olor que lo envolvía todo, una mezcla de su perfume, sudor y sexo… Aquel olor me llevaba, de nuevo, a aquella habitación que nunca podría olvidar.

María se recompuso. Parecía algo mareada, pero a la vez avergonzada. Me recosté sobre la cama. La dejé que volviera al mundo real sin tener que sentir mi mirada atolondrada, mirada que no era acusadora ni mucho menos.

Escuchaba y sentía como María se quitaba las sandalias y como dejaba la camisa con delicadeza sobre una esquina de la cama. Dejé que se tomara su tiempo antes de tumbarse completamente desnuda junto a mí.

Mi pene seguía completamente erecto. Pene que no había sido tocado, siquiera mirado por ella, en ningún momento.

Los dos tumbados, juntos, boca arriba. Podía notar su respiración aun alterada. Comencé a acariciar su abdomen con suavidad… Yo seguía, llevaba minutos y minutos, a punto de explotar. Mi miembro me pedía desesperado deshacerse de aquella insoportable carga.

Busqué sus mejillas y la besé. Besos que resonaban por todo el dormitorio… cuando la lámpara volvió a la vida, dándonos un poco más de luz.

Mis caricias y mis besos se prolongaron un par de minutos sobre una María, agotada, que apenas interactuaba.

Acabé por incorporarme. Me coloqué dispuesto a tumbarme sobre ella y penetrarla. Solo me tomé un poco de tiempo para admirar sus tetas aun hinchadas, su pecho subir y bajar por su respiración y su coño saliente, enorme, desbordante…

Me acosté sobre ella y mi pene entró en su cuerpo casi sin querer… Se deslizó afanoso por su interior, hasta el final; yo suspiré y María no emitió ningún sonido. Me quedé allí, quieto, dentro de ella. En silencio. Besé sus labios y ella llevó sus manos a mi culo, dando así casi sus primeras muestras de actividad.

De nuevo aquella sensación que había sentido al follarla después de Edu. De nuevo aquella sensación de que mi pene nadaba en la inmensidad de un coño dilatado por algo superior. Su coño no sentía nada y yo disfrutaba de no sentir nada. Era tan poco el roce que yo, a pesar de estar excitadísimo, veía difícil correrme. Estuvimos así unos minutos en los que mi cuerpo iba adelante y atrás en movimientos cortos y nos dábamos pequeños besos, con los ojos cerrados. Nuestros cuerpos no hacía ruido, nuestras respiraciones no se alteraban… Llegaba a salirme completamente de ella para volver a penetrarla y apenas nos dábamos cuenta de que yo estuviera dentro de su cuerpo o fuera. Sus manos acariciaban mis nalgas con ternura y nuestros besos eran lo único que rompía el silencio.

Acabé por salirme de ella y tumbarme de nuevo a su lado y boca arriba. Tras unos segundos así ella optó por alargar su mano y llevarla por fin a mi polla… La agarró con cuidado y echó la piel hacia atrás. Si mi polla había medrado en tamaño y dureza por la falta de rozamiento sus dedos consiguieron en seguida estimularla. Con dos o tres dedos comenzó a masturbarme. Ambos con los ojos cerrados; inició una paja mecánica, lenta, rítmica, con la única intención de descargarme, de vaciarme. Después de todo lo vivido no tardé mucho en comenzar a sentir que me corría… ella lo notó y apretó un poco más fuerte, y comenzó a exprimirme mientras se alteraba mi pulso y empecé a sentir que por fin me vaciaba, saliendo a borbotones hacia arriba aquel líquido espeso y caliente que resbalaba de mi glande y caía por sus dedos hasta llegar a sentir como resbalaba más abajo, hacia mis huevos… llegando a manchar la cama. María exprimió mi polla hasta el final, asegurándose de que no me guardase nada. Una vez acabó sentí como se levantaba y con la mano impregnada se iba al cuarto de baño. Allí se limpió y volvió a mi para limpiarme. Tras hacerlo regresó al cuarto de baño y escuché el agua de la ducha caer.

No pude evitar pensar si aquel regalo había sido finalmente un regalo para mí o para ella. Y ciertamente me consternaba recordar como ella, al contarme todo aquello, no me había clavado la mirada para ver mi reacción y, sobre todo, no había buscado mi polla para que la calmase. Ni siquiera completamente excitada por lo que me contaba había querido masturbarme o follarme. La paja final había sido protocolaria, una mera formalidad.

Por otro lado tampoco la podía acusar de egoísta, sobre todo después de todo lo que había maquinado yo con Edu a sus espaldas.

Mientras se duchaba yo recapacitaba sobre lo vivido y pensaba que una cosa seguro podría confirmarse y era que, cuanto más chulo y dominante se comportaba Edu con ella, más cachonda se ponía. Los insultos, las órdenes… que la obligase a arrodillarse… que le ordenase que llevara sus manos a su espalda para follarle la boca… Aquella sumisión era lo que más la excitaba. Una dominación que la veía difícilmente ejercida sobre ella por otro hombre que no fuera Edu. Yo, desde luego, estaba en las antípodas de despertar en María esa impresión, esa tensión, esa intimidación, esa admiración.

Había sido indescriptible volver a fantasear con Edu otra vez después de tantas semanas, aunque hubiera consistido más en recordar en este caso. Pensé que después de sus dos orgasmos brutales no sería difícil convencerla para volver a fantasear pensando en él, más si, como parecía, Edu dejaba el despacho. Pero yo no me veía otros seis meses solo fantaseando, no después de haber vivido lo que ya habíamos vivido una vez.

Ya metidos los dos en la cama no pude aguantar más y comencé a hablarle de lo alucinante que había sido su confesión, de lo excitada que la había sentido… de lo infartado que había vivido yo todo aquello. Le conté que fantasear con Edu me volvía loco, y no me interrumpió. Le dije que lo vivido en la habitación de hotel de Edu era lo más increíble que había vivido jamás, y, al ver que no me rebatía decidí decirlo, nervioso, lo solté:

—María… te lo tengo que decir. Te tengo que decir que quiero repetir, quiero volver a verte y estoy segura de que tú quieres repetir con Edu. No sé si con Edu o con otro, con un tercero, pero creo que sexualmente necesitamos este juego.

Esperaba el veredicto de María en la penumbra de nuestro dormitorio.

—¿Sabes qué? —preguntó, sin intención de que respondiera— Hablando de terceros… Mira. —dijo cogiendo su móvil de la mesilla.

Rebuscó entre diferentes conversaciones de chat, hasta que finalmente me dio su teléfono. Vi una conversación en la que arriba no ponía ningún nombre, solo un número de teléfono.

—¿Y esto? —pregunté.

—El chico del sábado pasado, el del pub de la noche del cumpleaños de mi prima.

En la conversación solo había escrito él. La primera frase era del mismo sábado por la noche y le decía a María que era una pena que se hubiera ido tan pronto. Después, el lunes que qué tal el día y el trabajo. El martes le pedía que le confirmase si era ella, que ojalá no le hubiera dado un número falso y un emoticono de un corazón roto. María no había respondido a nada.

—¿Y cómo es que tiene tu número?

—Se puso tan pesado que al final se lo di.

—¿Y no sabe que estás conmigo?

—No sé si no lo sabe o no se quiso dar por enterado.

No entendía que me quería decir María con aquello.

—¿Pero te gusta? —pregunté nervioso.

—Es un niño.

—¿Qué edad tiene?

—Veintitrés creo que me dijo, pero yo creo que tiene menos.

—¿Pero te gusta o no?

—Ya te he dicho que es un niño. Venga vámonos a dormir, anda.

—Es un niño, pero seguro que algo te pone, si no no me habrías dicho nada.

—Te lo he dicho porque me he acordado. Venga, no empecemos.

María ahora echaba balones fuera. La conocía y una vez se cerraba en banda en una conversación no iba a sacar nada más que un enfado, y era lo último que quería después de lo que acabábamos de vivir y en vísperas de irnos de puente. Lo dejé estar. Le deseé las buenas noches y ella por última vez me dijo “feliz cumpleaños”.

Nos abrazamos y supe, aunque solo fuera por sus silencios cuando le hablé de repetir con Edu o con otro, que María había descartado, tanto como yo, que nuestras pobres relaciones sexuales se fueran a arreglar solas.

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