XAVI ALTA

Vanesa. 3

Vanesa empezaba a desesperarse. Cualquier mañana en el metro, cualquier tarde en la terraza de un bar o cualquier noche en una fiesta recibía un sinfín de insinuaciones más a menos explícitas de chicos de todos los tipos, tamaños y atractivos. En la universidad, más de lo mismo, aunque no tan descaradamente, pues los acercamientos de los compañeros solían ser más sutiles e, incluso algunos parecían querer entablar algo más que una relación de aquí te pillo aquí te mato.

Pero últimamente, las cosas no le salían como ella quería. Seguía siendo una presa fácil para los chicos. A ella no le importaba reconocerlo, pues a su modo de ver también ellos eran una presa fácil para ella, pero esos encuentros rápidos que colmaban sus ansias de diversión estaban dejando de llenarla pues sus pensamientos tenían otro destinatario.

Como cada jueves, y también cada lunes, la clase de Macroeconomía III empezó con puntualidad británica. A las 10.05 se cerraba la puerta del aula y el que no estuviera dentro ya no podía entrar. El profesor Ayala había sido muy claro la primera semana de curso, en la que permitió que entraran algunos alumnos rezagados como muestra de buena voluntad inicial, pero allí finalizaba su consideración con “aquellos que creen que su tiempo es más valioso que el de los demás”.

Ella nunca llegó tarde a sus clases. La primera semana fue una de las quince o veinte personas que entraron detrás del profesor, lo más cerca que pudo de él, intentando no pasar desapercibida, pero entendió que era una estrategia equivocada.

A partir de la segunda semana esperaba sentada en su pupitre al lado de sus amigas sin perder detalle de las explicaciones del docente. A pesar de ser una asignatura compleja, las clases eran amenas, pues el catedrático era un orador notable de los que mantienen despierta  al audiencia con constantes cambios de entonación, ejemplos prácticos, preguntando constantemente a los alumnos para crear debates y generar opinión.

Vanesa nunca había sido interpelada directamente por él, ni se había atrevido a intervenir en alguno de los debates que a menudo se producían en clase. Tenía miedo de decir alguna sandez o quedar como una tonta delante del profesor Ayala. Vero, en cambio, había sido preguntada directamente por él una vez y Paula había dado su opinión en un par de ocasiones ante discursos que consideró erróneos.

Aquél jueves el profesor más atractivo del mundo mundial se dirigió directamente a “usted, la joven de la blusa verde” para peguntar sobre la disparidad de criterios entre el Banco Central Europeo y la Reserva Federal Americana en el trato dado a los bancos con hipotecas basura.

Muy nerviosa por sentirse puesta a prueba, Vanesa respondió diferenciando ambas culturas económicas, liberalismo contra socialdemocracia, pues a su modo de ver, esa había sido la razón por la que los dirigentes económicos norteamericanos habían permitido la caída de algunos bancos con la consiguiente ruina de muchos clientes, mientras los europeos “habíamos preferido salvar los ahorros de los clientes a cambio de repartirnos las pérdidas de esos bancos”.

“Entiendo, según sus palabras, que comparte la solución tomada por parte de los dirigentes europeos”, afirmó el profesor a modo de pregunta. La chica de la blusa verde y la cara colorada por la tensión del momento argumentó entonces las virtudes del sistema europeo y la seguridad que otorga a sus conciudadanos un sistema redistributivo de la riqueza “que no deja a nadie en la estacada” lo que suscitó, provocaciones del docente mediante, un intenso debate entre partidarios de un sistema y del otro durante los restantes treinta minutos de clase.

Finalizada la hora, el profesor Ayala felicitó a sus alumnos “por tan enriquecedora charla” afirmando que “el pensamiento crítico es la base sobre la que se sustenta cualquier análisis económico y permite tomar la decisión más adecuada y eficaz”, a la par que agradecía todas las aportaciones realizadas.

Esto último lo afirmó mirando fijamente a Vanesa, lo que no sólo la llenó de orgullo, si no que la sumió en un estado de euforia cercano al enamoramiento novelesco. Millones de mariposas bailaban en su estómago a la vez que una extraña electricidad daba vida a sus extremidades.

 

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