MARCELA VARGAS

La humilde casa donde vivía Darío estaba hecha de madera y se asentaba sobre un terreno que no era ni muy grande, ni muy chico. Él mismo la construyó y estaba muy orgulloso de ella. Las cosas que tenía allí dentro no eran de gran valor, pero las apreciaba por el simple hecho de sentirlas propias. El interior estaba únicamente ornamentado por una peculiar planta en el suelo, que se encontraba en el fondo del inmueble. El ejemplar tenía el tamaño de un bonsái, con un férreo tallo que terminaba en gruesas hojas, similares a las del aloe vera. Tan insólito le pareció a Darío, que cuando comenzó a planificar su instalación en el lugar, decidió dejarlo allí y edificar a su alrededor.

Un día, el hombre regresó a su domicilio y se encontró con rastros viscosos en el pasillo que conducía al baño. A primera vista, los asoció con babosas, debido a la humedad imperante y propia del otoño de esa región argentina. Sin embargo, al acercarse un poco más, se sobrecogió porque vio que su cepillo de dientes se encontraba tirado frente a la puerta del cuarto de baño, y estaba repleto de esa secreción, que era verdosa.

Luego, notó que la huella glutinosa continuaba en el comedor, separado de la sala por una cortina; y se dirigió hacia allá, no sin antes recoger un hierro que había colocado tras el televisor en caso de que tuviera que defenderse de delincuentes que invadieran el espacio hogareño.

Una vez en el comedor, Darío vio una taza sobre la mesa. Era su favorita, puesto que la recibió como herencia de su padre. La misma había sido usada y se hallaba sobre uno de sus mejores platos que, a su vez, estaba arriba de una delicada y pulcra servilleta que tenía desde hace años, pero que no le pertenecía –ya que se la prestó su vecina-. También había tres frascos destapados: el de café, el de cacao en polvo y el de azúcar. En todos se habían mezclado los contenidos, cosa que Darío odiaba rotundamente. Pero su cólera se vio ahogada porque la fantasmagórica viscosidad se había derramado sobre todos estos elementos.

De pronto, escuchó una voz gutural que provenía del fondo de la casa, dividido por una puerta. Parecía  alguien que intentaba hablar entre burbujas. Con gran valor a pesar de su pavor, Darío empujó la puerta violentamente con el hierro, para descubrir que en el sitio donde crecía su singular hierba, solo había tierra removida y más líquido gomoso.

La voz incomprensible seguía sonando. Provenía de una silueta masculina que parecía tener abundante cabello. Un insólito resplandor brotaba de su cuerpo. Darío gritó, arrojó el hierro y salió de su casa, a todo lo que daban sus piernas.

Mientras que allí, de entre las sombras, emergió una suerte de hombre de piel verde. Parecía tener gruesas hojas de aloe en lugar de cabello; y al caminar y tocar las cosas, dejaba un rastro pegajoso. El ser-yuyo estaba haciendo gárgaras porque se había cepillado los dientes con el cepillo de Darío.

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