XAVI ALTA

Paula. 3

El sábado de trabajo estaba llegando a su fin. Miró su reloj de pulsera, las 9.37 de la noche, y lo agradeció. No porque el trabajo le disgustara. Tampoco por estar más cansada de lo normal. Simplemente, el ambiente laboral se estaba viciando a cada hora que pasaba.

Un mes atrás corrió una lista con 10 personas que podían ser despedidas en cualquier momento. Nadie sabía de dónde había salido esa información y la secretaria del gerente del centro negó categóricamente que fuera verídica y que se pensara en reducir plantilla. Pero el daño ya estaba hecho, pues bastantes compañeros dependían de ese trabajo para mantener a sus familias.

A Paula no le preocupaba excesivamente. Su nombre no aparecía directamente, aunque sí se nombraba genéricamente a los “eventuales”, palabra reflejada en su contrato. Era consciente que fácilmente podía encontrar otro trabajo parecido en cualquier otro híper o supermercado de la zona. Además, su fecha de caducidad en la empresa estaba cantada pues era una estudiante que solamente pretendía cubrir sus gastos más básicos, sin ninguna aspiración profesional dentro de la compañía. Si su futuro pasara por llegar a jefa de sección de droguería o adjunta a dirección de centro no estaría estudiando de dos a tres horas diarias.

Entre sus compañeros había de todo. Hombres y mujeres. Buena y mala gente. Jóvenes y mayores. Trabajadores indefinidos con años de antigüedad y algún otro estudiante eventual como ella. Su relación con todos ellos era cordial. No destacaba, ni lo pretendía. En cuanto se ponía el uniforme, sacaba con el transpalet todo el material del almacén que le asignaban y lo reponía en los lineales contratados. Simple y llanamente. Como mucho, su mayor responsabilidad era aconsejar correctamente a los clientes sobre un producto u otro.

Pero Paula no pasaba desapercibida para todo el mundo. Germán, el jefe de sección de producto fresco, no le quitaba ojo de encima. Al principio ella no le dio más importancia. Era un compañero, con un grado superior pues dirigía a 8 personas en distintos turnos, así que se le debía un respeto. Aunque ella lo respetaba más en el sentido educacional de la palabra, por tener una edad parecida a la de su padre. Pero era cierto que últimamente lo notaba más pesado de lo habitual.

Clara, la compañera de turno con la que había hecho las mejores migas, le hablaba de él como un pobre hombre maduro, solitario, que aún vive con su madre. Según ésta, Germán debía estar muy necesitado. “Fíjate, fíjate, lo grueso que tiene el bíceps derecho. Eso es de machacársela”, lo ridiculizaba carcajeándose.

Paula no podía evitar reírle las gracias, pues era una mujer ya entrada en la treintena, muy divertida que siempre le sacaba punta a cualquier situación, pero empezaba a resultarle incómodo.

La “simpatía” de Germán empezaba a ser demasiado evidente. Buscaba e incluso forzaba encuentros en cualquier pasillo del centro para entablar conversaciones aparentemente banales de las que ella huía como de la peste.

Realmente empezaba asentirse acosada a pesar de que él no le había hecho ninguna insinuación fuera de lugar ni se le había acercado más allá de lo estrictamente necesario.

Fue al día siguiente, domingo, cuando sonaron todas las alarmas. Paula, siguiendo su rutina semanal, llegó al cine sobre las 6.30 de la tarde. Compró la entrada para ver Black Swan en la sesión de las 7, también cuatro chucherías y un refresco en la tienda del bar del cine y se dispuso a entrar en la sala. Pero se sintió observada, así que justo antes de cruzar la cortina que daba acceso al patio de butacas, giró la cabeza para convencerse que se estaba volviendo paranoica, que no hay que darle más importancia a que un tío cualquiera te mire porque le gustas o una tía porque te envidie. Aunque esa no era una sensación a la que Paula estuviera acostumbrada. Pero lo que vio la horrorizó.

Germán estaba en el cine, en la cola, esperando turno para comprar una entrada. Paula giró la cabeza rápido para evitar que sus miradas se cruzaran, pero éste sí la estaba mirando. No lo saludó. “No lo he visto” se dijo, pero sabía que él no pensaría igual. Entró nerviosa en la sala y se sentó en su butaca. Deseó que fuera una coincidencia y que la película elegida por él fuera otra. La verdad, no imaginaba a Germán viendo una película sobre un cisne negro bailando ballet, menos aún en versión original. Se auto-convenció que él elegiría cualquier otra de las 8 salas del cine.

Pero no fue así, a los pocos minutos Germán estaba de pie a su lado, en el pasillo, con un cuenco gigante de palomitas y un refresco, saludándola con una sonrisa mayúscula mientras le comentaba lo inesperado de la coincidencia e intentaba entablar con ella una conversación cinéfila sobre lo buena que había leído que era esta película.

Con una sonrisa de circunstancias, Paula maldijo todo lo maldecible. Entonces se relajó en una amplia sonrisa cuando otro chico se aproximó para sentarse a su lado, “gracias señores de los cines por numerar las butacas”, pero ésta se le congeló cuando Germán le pidió al joven, por favor, cambiarle la butaca pues “mira qué casualidad, me he encontrado en el cine con una compañera de curro”. Definitivamente, la telepatía y el poder de la mente son una patraña, pues Paula mandó al desconocido la fuerza de todos los mensajes que sus neuronas pudieron reunir para que se negara, pero fue en balde. El chico cambió su entrada por la de Germán, éste se sentó a su lado e hizo el único gesto que Paula le agradeció en toda la tarde. Ofrecerle palomitas.

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