XAVI ALTA

Verónica. 3

Hacía casi dos meses que Vero no se acostaba con ningún chico. No era por falta de proposiciones. De eso ella nunca andaba escasa. Tonteos más o menos inocentes, juegos de seducción más atrevidos e incluso acosos en toda regla. En la universidad, en las salidas nocturnas con sus amigas, o simplemente paseando por la calle. Tenía donde elegir y eso hacía. Pero sencillamente no le apetecía.

Avanzaba noviembre y el frío no llegaba. ¡Con las ganas que tenía de estrenar sus últimas adquisiciones en vestuario de marca! Pero sí había hecho acto de presencia la lluvia. Otoñal, sin suponer grandes aguaceros limitaba mucho la movilidad y la comodidad diaria.

Llegó a casa y mamá no estaba. Había dejado una nota en la mesa del comedor. ¡Qué manía tenía mamá en dejar notitas en todas partes, con lo fáciles y cómodos que son los mensajes de móvil! “He salido, llegaré tarde. Te he dejado una dorada con almendras en el horno. Caliéntala a 200º durante 3 minutos y listo. Bon apettite, ma cherie”. Además, appetit se escribe con dos p y sin e final.

A penas se había mojado pero le apeteció un baño caliente. Después se conectaría un rato al Messenger o vería la tele y se acostaría. Se comería la dorada en algún intervalo libre.

Verónica abrió el grifo del agua caliente al máximo de temperatura y llenó la bañera hasta prácticamente rebosar. Mientras, se fue desvistiendo en su habitación y dejó preparado sobre la cama el pijama que se pondría al salir del baño.

Cuando entró, el vapor lo inundaba todo. Se quitó la ropa interior que depositó en el cubo de la ropa sucia y se miró en el espejo. Pero no vio su reflejo, pues estaba completamente empañado. Metió un pie en el agua, luego el segundo, y se fue sentando mientras su cuerpo se acostumbraba a una temperatura intolerable para la mayoría de mortales. Pronto se tumbó en la bañera cual larga era, apoyando la cabeza en una toalla que previamente había empapado en el agua. Cerró los ojos y se relajó. Prácticamente llegó a dormirse.

Recordó con satisfacción al chico de la biblioteca de la universidad mientras intentaba hacerse el simpático con ella, al camarero de la cafetería donde por la mañana había tomado un café con Marianne que había insistido en invitarlas si le prometían volver, al policía municipal encargado de regular el paso de cebra de delante de la facultad que la había repasado de arriba abajo al cruzarse con él, o a la chica de la tienda de zapatos, muerta de envidia consciente que nunca podría parecerse a ella.

La llenó de orgullo. Y la excitó. Abrió ligeramente los ojos para poder admirar su cuerpo sumergido en la bañera. El jabón se había ido licuando por lo que el agua era prácticamente transparente. Le gustaban sus pies, perfectamente simétricos, con los dedos alineados en diagonal. Le gustaban sus piernas, sin una estría, un grano ni un lunar, largas y torneadas. Solamente una pequeña cicatriz de guerra en el tobillo izquierdo. Le gustaban sus caderas, redondas, perfectamente acopladas a una cintura bien dibujada. Le gustaba su vientre, plano y duro, presidido por un ombligo que no necesitaba ninguna joya que lo adornara. Le gustaban sus brazos, limpios, sin apenas pelo, finalizados en manos de princesa, de dedos largos y finos. Pero lo que más le gustaba era lo que enloquecía a todos los chicos, unos pechos redondos, duros, de pezón pequeño, que llenaban perfectamente la mano de quien tuviera el privilegio de poseerlos, y le gustaba su pubis, perfectamente rasurado, de labios simétricos, carnosos y rosados.

Volvió a cerrar los ojos y su mano derecha cobró vida propia. Empezó acariciando su vientre suavemente, primero lateralmente hasta que se fue centrando para llegar al ombligo, del que descendió muy despacio hasta su pubis. Pero no llegó. Los movimientos circulares volvieron a ascender, muy despacio, superaron el ombligo y acariciaron sus costillas. La mano izquierda se unió al festín pero tuvo más prisa que la derecha por superarlas y llegó al pecho. Lo rozó con suavidad por su parte inferior, mientras la mano derecha, celosa, imitó a la izquierda. Los dedos recorrieron el contorno de ambos senos, hasta que fueron las palmas de las manos las que también quisieron sentir, amasándolos con fuerza. Los dedos, para no perder protagonismo, pellizcaron los pezones, provocando los primeros gemidos de Vero.

La mano derecha se movió ascendentemente para acariciar el cuello, recorrer la barbilla y seguir el contorno de los labios. Boca entreabierta, labios húmedos, lengua salivando, Vero abrió los ojos para contemplar el trabajo de su mano más activa. Abandonó la cara para descender siguiendo un camino ya conocido. Cuello, pecho, costillas, vientre, pubis, donde se detuvo unos segundos. La pausa provocó que los labios vaginales se abrieran hambrientos cual pétalos de planta carnívora oliendo al insecto que la merodea. Acercó los dedos, índice y corazón, los pasó por los labios, uno a cada lado. La respiración se aceleró, pero no gimió. Sus ojos seguían fijos en su mano, como si no fuera suya. El dedo índice rozó ligeramente el clítoris. Todo su cuerpo se estremeció, su garganta expelió un suspiro, pero necesitaba más, mucho más para llegar al orgasmo. Continuó unos minutos torturando su sexo con la maestría del profesional experimentado, hasta que el agua empezó a  disgustarla. Se estaba enfriando.

Se levantó, sin preocuparse de quitar el tapón de la bañera, se secó con calma, liándose la toalla del pecho a los muslos, con aquella clase que solamente unas pocas chicas puedan mostrar, y se dirigió a su habitación.

Estiró la toalla sobre la cama, delante del espejo de cuerpo entero que solía utilizar para vestirse. Acomodó unos cojines en los que poder recostarse, siempre frente al espejo, y reanudó su labor. Su cuerpo, impúdicamente expuesto en el cristal, era la imagen definitiva que Vero necesitaba para completar su recreo. Volvió a acariciar su cuerpo, de arriba abajo, de abajo a arriba, volvió a sentir sus senos, poderosos, excelsos, volvió a rozar sus labios, mayores, menores, y su clítoris. Sus ojos se mantuvieron fijos en su cuerpo reflejado a un par de metros, en sus manos, en sus movimientos. La criatura que se convulsionaba en el espejo era la máxima expresión de la belleza que mente humana pudiera concebir. Ese pensamiento fue el detonante de un orgasmo explosivo, satisfactorio. Gimió, gritó, sonidos guturales imposibles de reproducir en otro contexto surgieron de lo más profundo de su ser. Su mano izquierda se mantuvo unos minutos pegada a su pecho mientras los dedos de la mano derecha no querían abandonar sus entrañas.

Casi media hora después se levantó, con la cabeza aún nublada, y volvió a la bañera. El agua estaba helada, pero la espabiló. Se duchó para quitarse el sudor y el olor a sexo. Cenó la dorada y volvió a la cama. Después de chatear con un par de pervertidos decidió acostarse. Eran las 11 de la noche y su madre aún no había aparecido. A lo mejor se la estaba follando alguien a base de bien. Pero no sería tan bien como ella se lo hacía a sí misma.

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