XAVI ALTA

Yolanda. 3

La broma había sido cosa de Sergio hacía ya unos años, pero el tema seguía dando sus frutos. Su hermano solía llamarla María, en vez de Yolanda o Yoli como hacían la mayoría de sus amigos, por ser el nombre que según la religión Católica estaba implícito en todas las mujeres, sobretodo en caso de ser virtuosas, en el sentido virginal de la palabra; y por su desmedido amor por los porros de marihuana.

La primera parte del razonamiento no podía ser más errónea, pues ni se llamaba María Yolanda, ni profesaba la religión Católica ni podía considerársela virtuosa por lo que a efectos sexuales se refería. Al menos no según la acepción religiosa. Más de uno y más de veinte sí podían dar fe de las virtudes sexuales de la chica.

La segunda parte, en cambio, era una verdad como un templo. Para los dos hermanos ver a sus padres fumarse un canuto en la exigua terraza del piso era algo bastante habitual. Nunca se habían escondido ante sus hijos a pesar de avisarles de la importancia de hacer siempre un uso responsable de cualquier método de diversión.

Yolanda empezó a fumar asiduamente a los 13 años, aunque su primera calada la dio a los 10. Ya tenía dos dígitos en su edad y ya podía hacerlo. La maría vino poco después. Su hermano, dos años mayor, la fumó asiduamente durante unos meses, hasta que una novia pija repipi le hizo dejarlo. Después él la dejó a ella, pero ya no volvió a fumar tripis con tanta frecuencia. Yoli, en cambio, ya no se desenganchó. Le gustaba más que el tabaco. Era más natural. Y te colocaba más rápido si la mezclabas con alcohol.

Y como le gustaba colocarse.

Con la noche llegaron las pastillas. No le gustaban tanto porque te descontrolaban demasiado, aunque en alguna ocasión había tenido experiencias casi místicas. Siempre recordaría una vez que le ofrecieron una pastilla de color azul turquesa, con un logotipo deportivo grabado en ella, que la tuvo flotando casi un día y medio. Pero eran peligrosas, pues también había tenido alguna mala experiencia.

Probó la coca, pero nunca se pinchó heroína. Con toda la experiencia a cuestas, definitivamente lo tenía claro. La maría era lo mejor. Sana, natural, prácticamente inofensiva y muy, muy divertida. A veces Sergio se ponía un poco coñazo con la cantidad de neuronas que se fundían en cada calada, pero de algo tenemos que morir, ¡por Dios!

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