XAVI ALTA

Paula. 2

Pocas veces una de sus amigas llegaba a la facultad antes que ella. Pero esta vez Vane se le había adelantado. Se la veía cansada y cuando le comentó la noche que había tenido entendió porqué se había largado de casa tan pronto. Sin duda, ella hubiera hecho lo mismo.

Al entrar en clase vieron a Vero hablando con Martín. ¡Dios mío, qué guapo! Pero Paula no se hizo ilusiones. Era un plato inalcanzable para ella. Sus amigas, cada una a su modo, tenían sus opciones, pero ella no.

Vero era la más guapa. Gustaba a todos los chicos de la universidad y podía tener al que quisiera. Pero no quería ataduras. Como mucho se lo tiraría. Vane no era Vero pero también era bastante guapa, alta y esbelta, tenía mucho éxito en entre el sector masculino. Yoli tenía los ojos muy bonitos y una cara aniñada que también solía darle buen resultado. Aunque Martín no era su tipo en ningún sentido. Demasiado pijo. Tampoco ella lo era para él. Demasiado desaliñada.

Paula, en cambio, se sentía como el patito feo de las cuatro. No era fea. Tenía una cara ovalada de facciones finas en la que brillaban unos bonitos ojos azules. Pero las gafas los ocultaban. Su cuerpo era estilizado, pero tampoco destacaba nada en él. Cintura estrecha, vientre plano, sí. Pero caderas poco marcadas y pecho escaso. No llamaba la atención de los chicos.

Tampoco era lo que buscaba. José era su pareja desde hacía cuatro años. “Tía, tú ya estás casada”, la había sentenciado Yoli.

Los padres de Paula eran originarios de un pueblo cercano a la Costa Cántabra, pero habían emigrado a Barcelona siendo niños cuando sus padres vieron una oportunidad en la Costa Mediterránea. Nunca se habían arrepentido de ello, pues en su nueva tierra habían labrado su futuro. Pero necesitaban volver cada año a pasar unas semanas. Al principio, solamente unos días en la casa familiar donde aún vivían los abuelos maternos. Al morir éstos, mamá heredó la morada a medias con el tío Amador, pero éste vivía a 20km de la finca y renunció al uso de la misma, que no a su copropiedad.

Desde entonces, cada verano, Pascua, Navidad o periodo festivo de al menos una semana de duración lo pasaban en el pueblo. Eran las vacaciones familiares pues los ingresos que entraban en casa a penas daban para comer, vestirse y mantener a las niñas.

En Unquera, un pueblo de unos 1.000 habitantes en invierno que se multiplicaba por dos en verano, Paula rompía con la rutina escolar, luego universitaria. Aquí no tenía la obligación de estudiar, aunque siempre repasaba un poco, no debía reponer estanterías del supermercado, aunque le gustaba ir al caserío de un primo de mamá a echar una mano con el ganado, ni tampoco debía estar tan encima de la hermana pequeña, pues sus padres estaban de vacaciones y ya se encargaban ellos.

Además, la vida se hacía en la calle. Desayuno, comida y cena en familia. Pero toda la mañana, la tarde y un par de horas por la noche corrías, jugabas y hacías las trastadas que pudieras.

José era el hijo del primo de mamá. Tenía dos años más que ella y se conocían desde bien pequeños. Era simpático, alegre, divertido, afable y muy trabajador. Eso suena a yerno ideal, pero para seducir a una mujer hacen falta más atributos. No era el más guapo del mundo, pero sus ojos, también azules como casi todos los miembros de la rama materna de la familia, le daban una personalidad que verano a verano fue cautivando a Paula, hasta el punto que su afición por los animales fue siendo sustituida por su atracción por José.

Pero después de tres años de relación no todo era felicidad y repicar de campanas. Las relaciones a distancia son complicadas. Una quincena en Navidad, diez días en Semana Santa y un par de meses en verano no suman un año. Eran períodos muy intensos para ambos, intentaban pasar el máximo tiempo posible juntos, sobre todo las dos primeras temporadas, en que les costaba despegarse. Pero no era suficiente.

No hicieron el amor hasta el segundo verano, al cumplir un año de relación. Fue una especie de regalo de aniversario que Paula quiso hacerle a su amado, su virginidad. El ya había tenido varias novias anteriormente.

Este tercer año ya no había sido tan bueno. José era un trozo de pan, él nunca le fallaría y, ponía la mano en el fuego, a pesar de estar meses sin verse, que nunca la engañaría con otra chica. Pero Paula empezaba a sentir que la relación ya no la llenaba. El primer año y, en menor medida el segundo, se llamaban o chateaban prácticamente a diario. Siempre tenían cosas que contarse. Últimamente, en cambio, notaba que las charlas eran reiterativas, aburridas incluso.

Pero había otro tema mucho más importante que presagiaba dificultades, probablemente insalvables, en la relación. José heredaría la granja familiar. De hecho ya la gestionaba prácticamente solo pues su hermana mayor se había ido a vivir a Santander y su padre se había ido retirando paulatinamente. Él era el heredero por ser el niño. Su hermana, si hubiera querido optar ni que fuera a compartir la explotación no hubiera tenido ninguna posibilidad a ojos paternos. Así era la familia de José, tradicional y machista.

Él no era tan machista. Le había reconocido a Paula en alguna ocasión que no tenía ningún inconveniente en llevar el negocio a medias con su hermana si ésta lo deseaba. Pero él nunca dejaría la granja ni Unquera.

Y Paula tenía muy claro que no estaba estudiando Administración y Dirección de Empresas para acabar llevando la contabilidad de una granja a 800 km de casa.

 

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