TANATOS12

Capítulo 10

Me quedé sin respiración. El impacto visual era tremendo. María, de pie, en la misma postura en la que Edu la había penetrado en su habitación de hotel… Dejaba caer su pelo un poco por la cara, cohibida.

Seguramente esperaba mi respuesta. Un movimiento, una frase, algo. Pero no era capaz de decir nada. Ella se recogió el pelo detrás de la oreja y pude ver su pecho bailar bajo la camisa, desnudo, sin sujetador, como en la habitación de Edu.

—Qué… ¿sorprendido? —susurró tímida.

—Joder, María…

Yo seguía sin poder moverme. Intentando asumir lo que aquello podría significar. Pasar de la reticencia más absoluta a hablar de él a aquello era difícil de asimilar.

Se giró un poco, se puso de frente, junto a la cómoda. Su mirada era morbo puro, como si los dos de golpe nos estuviéramos tele transportando.

—¿No vienes? —me preguntó en un tono tan bajo que casi no se escuchó, dificultad aun mayor como consecuencia del ruido de la lluvia golpeando con fuerza los cristales de la ventana.

Me acerqué lentamente, empapándome del olor de su perfume, que me llevaba a la habitación de Edu aun con más intensidad que su ropa. Me coloqué frente a ella. Le di un pequeño pico en los labios y le susurré:

—¿Y esta… sorpresa?

—Ya ves…

La tensión era irrespirable. Me quité la camisa, despacio, entre beso y beso. Mis zapatos. Mis pantalones volaron. Me quise quedar con los calzoncillos puestos. Nuestros besos eran cálidos, lentos. No teníamos prisa, yo llevaba cuarenta días esperando aquel momento, que desde luego nunca hubiera imaginado así.

—Bueno… te cuento… ¿vale…?

—Vale.

—Me da vergüenza —sonrió nerviosa— e inmediatamente después dio un trago a su copa que estaba posada en la cómoda.

Dejé que se tomara su tiempo. De pie, frente a ella, casi más iluminada por la luz de los relámpagos aleatorios que por la débil fuerza de la lámpara. Admiraba su cuerpo… sus pezones marcaban la camisa, se le transparentaban hasta las areolas… Sus tetas parecían más hinchadas…

—He tenido que hacer memoria… hace ya bastante —dijo.

—Más de un mes.

—Pues eso, he tenido que hacer memoria para intentar contártelo bien. —dio otro trago de la copa de vino y yo pensé en voz alta:

—Se te notan muchísimo los pezones… María… Es impresionante.

—Ya… bueno… ¿sabes… qué? —susurró nerviosa.

—¿Qué?

—Que… me he puesto… me he excitado solo con vestirme…

—¿Ah si?

—Sí… tan pronto me puse la camisa… me he puesto… —susurraba en voz baja, con las mejillas sonrojadas, con su cara a centímetros de la mía.

Mi mano fue con cuidado a su escote. Acaricié su cuello, besé con dulzura sus labios, estiré su labio inferior… y mi otra mano rozó su pecho, quería sentir aquel pezón duro aunque fuera a través de la tela, no podía retrasarlo.

—Antes de empezar… quiero preguntarte algo…

—Dime… —respondí.

—Pues… que es lo que más te… A ver, se por lo que me dijiste un día después de aquello… que te gustó lo que pasó, quiero saber por qué y qué fue… no sé, la clave… no sé, la clave no, pero… lo que más te gustó.

—¿Lo que más me gustó de lo que vi?

—Sí…

—Pues…

Quise utilizar las palabras acertadas y decir aquello que ella podría aceptar mejor.

—Qué… dime. —insistió algo ansiosa.

—Pues… la verdad es que no sé, acostumbrado a verte conmigo… pues, verte desde fuera, digamos, es súper extraño, a la vez que muy morboso… es difícil de explicar. Ver tu cuerpo moverse como consecuencia de otro… verte gemir como consecuencia de… otra persona… de él, además… es… alucinante, la sensación es indescriptible, es como… no sé, es más que perder la virginidad otra vez, te lo juro.

—Ya…

—Y… no sé, si quieres detalles pues… tu… cara, ver tu cara de placer… es increíble. Y tu… entereza digamos de… bueno, entereza no, como tu… sexualidad, verte tan sexual, ante alguien tan sexual también, es decir, estar a la altura de algo así.

—Ya… —repitió ella e interpreté que quería algo más.

—¿Quieres que sea más concreto? Pues… así, digamos más morboso, cuando llegué la segunda vez y él… te follaba… a cuatro patas… pues el ruido de vuestros cuerpos… era increíble. Se podía escuchar… se podía escuchar tu coño, María. Se podía escuchar tu coño encharcado…

—Joder… —resopló.

—Sí… y… cuando se… salió de ti… y vi lo que… vi… la polla que te estaba metiendo… joder… y tu coño abierto por lo que te estaba metiendo…

—Ya… —suspiró ella… aun más acalorada, con las mejillas tremendamente sonrojadas, aun más que antes.

—¿Por qué quieres saberlo? —pregunté en su oído.

—No sé, porque… No sé. Curiosidad.

Entre todas esas cosas también me había excitado muchísimo verla tan sumisa con él. Temblando. Casi se podría decir que asustada. Porque a pesar de la personalidad de ella, fuerte, sobria, incluso a veces altiva… había sido por momentos un auténtico manojo de nervios ante él… Sentirla dominada y superada por él me extasiaba del morbo… pero no se lo quise decir.

María se acabó la copa de vino y dijo:

—Está bien… vamos allá.

—¿Y tú, María? ¿Antes de que empieces? ¿Qué sentiste al… estar yo mirando?

—Ufff… —sonrió nerviosa— Buena pregunta…

—¿Sí?

—Pues sí… y bueno… al principio no quería…

—¿No? Y… ¿Y después?

—No sé… tampoco puedo decir… me gustó que mirases… ¿sabes? Pero es cierto que… tenía, no sé, fue todo una locura.

—¿Tenías qué?

—Pues que fue… que fue algo imposible, pero a la vez como natural, no sé. Que iba pasando y ya está.

Esperé un poco, a ver si se explayaba más. Pero ella atajó el silencio incómodo con un pequeño beso, dando mi pregunta por respondida.

—Está bien. Cuéntame lo que pasó. —le susurré.

María se desabrochó la falda y la dejó caer. La desenredó de sus tobillos y sandalias y la dejó allí en el suelo.

—¿Hasta las bragas son las mismas? —pregunté.

—Sí… —sonrió otra vez nerviosa.

María apoyó el culo contra la cómoda. En sandalias de tacón, camisa y bragas, transparentando pezones y con sus tetas dibujando una silueta colosal bajo la seda blanca.

Me acerqué un poco y la besé. Sus labios estaban fríos y mojados, su boca sabía un poco a alcohol. Busqué con mi mano sus muslos y llegué a sus bragas que ya noté algo húmedas en seguida. Quise animarla así. Le seguía dando mucha vergüenza.

—Sabes qué —me susurró entre beso y beso.

—Qué.

—Pues… una confesión más, ¿vale? Vas a… vas a alucinar.

—Dime…

María parecía querer retrasar lo que me tenía que contar, pero si para ello acababa por confesarme más cosas yo desde luego no la iba a detener.

—Pues… hoy en el trabajo… haciendo memoria para contarte… me acabé…

—Qué…

—Es que es muy fuerte.

—¿El qué? ¿Qué pasó?

—Pues que… me acabé… masturbando…

—Uff… María… ¿en serio?

—Sí…

—¿En tu despacho?

—En los servicios…

—¿Sentada?

—Sí…

—Joder… que me cuentes eso es como otro regalo más.

Recordé como había salido vestida de casa a trabajar esa mañana… y la visualicé sentada en los aseos, masturbándose compulsivamente, pensando en Edu, con traje de chaqueta gris y camisa rosa calmando su coño… por recordar como Edu se la había follado. Quién sabe si se lo había cruzado por el pasillo justo antes de entrar, acalorada, cachonda… chorreando… yéndose a calmar a los aseos… corriéndose allí, pensando en él… con la falda recogida en la cintura y las bragas apartadas… Abriendo la boca, dejando caer su cabeza hacia atrás. Quien sabe si tocándose las tetas sobre la camisa mientras con su otra mano destrozaba su clítoris. Y… conteniendo su gemido. Jadeando… Mordiéndose el labio para no gritar, allí sentada.

Me la imaginé recomponiendo su ropa frente al espejo. Y saliendo de allí más tranquila. Calmada. Volviendo a su mesa, como si no hubiera pasado nada.

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