TANATOS12

Capítulo 9

Llegó el jueves por la mañana. Entré en la ducha. No teníamos sexo desde el sábado por la tarde. Sexo por decirlo de alguna manera. Y de lo del sábado por la noche mejor no mencionarlo ni recordarlo.

El agua caía por mi espalda y comencé a tener una erección. Una erección tonta que me obligó a llevar mi mano allí. No era la primera vez que me masturbaba en la ducha en aquellas semanas, y en todas lo hacía recordando a María penetrada brutalmente por Edu, ya fuera contra la mesa o sobre su cama. Cuando me venía un destello de la cara de María desencajada por el placer mi polla pegaba un respingo y cada vez que sus gritos me venían a la mente, mi polla soltaba una pequeña gota semi transparente. A veces me sentía culpable y a veces no, según me hubiera dado la impresión de que María había evitado tener sexo conmigo la noche anterior.

No fue una sorpresa cuando María me escribió por la tarde para decirme donde había reservado para cenar. Siempre lo hacíamos. Tanto en sus cumpleaños como en los míos.

Por incompatibilidad de horarios llegamos separados. Cuando llegué ya estaba allí sentada. Era un restaurante elegante, muy tranquilo. Ella vestía un mono granate. Me sonaba de algo aquella ropa. De algo especial, quiero decir. Pero no caía, al menos todavía. Aquel mono se pegaba a su cuerpo de manera increíble, creo que era la ropa que le hacía más pecho y más culo de toda la que tenía.

Más allá de la ropa María estaba radiante. Si se arreglaba especialmente ya sí que me acababa de sentir a años luz de ella. Había una bolsa grande en el suelo, a su lado.

La cena, la conversación, las caricias en las manos, todo era perfecto; hasta quién nos viera lo podría ver cargante, por meloso. En un momento dado, durante los postres, miré el reloj, aunque fue por mero acto reflejo.

—Deja de mirar la hora, mono…

—No, si no la miro por nada.

—Pues no la mires que mañana no madrugas.

—¿Cómo que no madrugo?

—Pues eso, primer regalo. Estás, bueno, estamos, de fin de semana.

Yo la miré extrañado.

—He hablado con tu jefe el otro día… y se lo he pedido.

—Vaya… la visita no era porque me echabas de menos entonces —sonreí.

—Claro que no. Fui para ver a tu jefe cachondo, era una excusa para hablar con él —rió—

—Bueno… —prosiguió— supongo que querrás los demás regalos.

Me había regalado dos noches en una casa rural, las noches del viernes y del sábado, cerca de un pueblo, no muy lejano, pero en la montaña. Además unas pequeñas cajas donde había impreso fotos nuestras y las había nombrado según mi estado de ánimo, de una forma súper original; según hubiera estado de morros, o alegre o pesado o infantil… Tenía como diez fotos de cada caja. Además un reloj para hacer deporte que parecía que te podía medir hasta cuanto tiempo llevas sin hacer la voltereta lateral, sin duda bastante mejor que el que yo ya tenía.

Después de agradecérselo infinito, besarnos, reírnos, y mirar y remirar las fotos María se fue al baño. Vi sus figura enfundada en aquella prenda que parecía una segunda piel y me acordé. Era el mono que había llevado en unas jornadas, en una especie de cena de gala… con Edu… Edu me había mandado una foto de ellos dos juntos y ella con esa ropa. Creo que había sido la noche en la que Edu se había acostado con Alicia y María me había narrado como escuchaba todo, como escuchaba como se la follaba. Me sentí un poco mal, sobre todo al recordar como me intercambiaba fotos con Edu a sus espaldas, pero a la vez me excité. Calculaba que aquello había sucedido en junio, hacía cinco meses y a mi me parecía otra vida.

Edu. Por más que yo estuviera enamoradísimo de ella. Por más que supiera que repetir con él no nos ayudaría ni a medio ni a largo plazo, siempre se cruzaba en mi mente…

María volvió del aseo y se sentó más cerca de mí. Nos cogimos de la mano. Nos besamos. Le dije que estaba espectacular, que esa ropa le quedaba espectacular.

—¿Ah sí? —preguntó queriendo ser complacida.

—Sí… aunque si tuviera más escote…

—Si tuviera más escote… qué… —dijo en un susurro, pegando nuestras caras, jugueteando, en una fina línea entre mimosa y caliente.

Comencé a notarla tensa. Un poco rara. Nos besábamos y parecía algo excitada. Quizás lo estaba porque no lo hacíamos desde el sábado. Hacía tiempo que había descartado que se excitara por mí, y solo por mí, si no era por necesidad física. No habíamos tenido un polvo decente desde antes de la boda. Seguramente lo haríamos esa noche y yo comencé a sentir, de nuevo, aquella maldita presión, como si me estuvieran dando otra oportunidad de resarcirme, de hacerlo bien, de ser el amante que ella necesitaba.

—Aun queda otro regalo —susurró María— regalo sorpresa.

—Bueno… todos son sorpresa.

—Este más. —dijo besándome con mas lujuria, al límite de dar la nota en aquel salón.

Cortó el beso súbitamente y me miró con aquellos ojos encendidos. Y guió una de mis manos a su entrepierna, que con aquel mono tan fino era casi como sentirla sin nada por medio. Se hizo con uno de mis dedos y lo posó ALLÍ.

Sin dejar de mirarla pasé mi dedo de abajo arriba, sin hacer demasiada fuerza. María estaba, pero no estaba conmigo. La acaricié un poco. Casi podía sentir sus labios a través de su ropa interior y del mono. Ella cerró los ojos. Era un escándalo. Aquello no era un pub oscuro ni una discoteca. Al momento abrió los ojos y yo retiré la mano. Nos dimos un pequeño beso y pedimos la cuenta.

Salimos del restaurante y nos quedamos esperando un taxi, cuando empezamos a oír truenos explotar con fuerza; iba a caer una buena tormenta, aunque afortunadamente nos respetó y no empezó a llover hasta que no llegamos a casa. Una vez allí María me dio una botella de vino para abrir.

—¿Y esto? ¿no te llegó con el vino de la cena?

—Mmm… No. —dijo simpática.

Descorché la botella. No sabía si ella quería emborracharme para que yo ganara en seguridad o emborracharse ella para no notar que su amante era insuficiente… O quizás solo quería seguir bebiendo, tonteando y riendo conmigo.

Estuvimos mirando de nuevo las fotos y recordando momentos. A veces nos besábamos. A veces nos reíamos. A veces nos tocábamos. En cualquier momento acabaríamos retozando en el sofá, estaba escrito. Llevábamos más de media botella bebida cuando ella se levantó y me dijo:

—Bueno, ¿quieres la sorpresa?

—Sí.

—Vale… —dijo suspirando… colorada…

Fue a por su bolso y sacó de allí su móvil.

—Te escribo cuando puedas venir.

—¿Venir? Mmm… vale. —dije sin entender nada.

María se fue por el pasillo, llevando su copa de vino, entró en el dormitorio y cerró la puerta.

Yo estaba expectante. No tenía ni idea de qué iba aquello. Llegué a ponerme un poco nervioso… por más que pensaba no tenía ni idea de qué regalo me podría dar, y por qué tardaba tanto en buscarlo o lo que fuera que estuviera haciendo.

Finalmente me escribió diciéndome que fuera al dormitorio.

Pegué un trago a mi copa de vino. Dudé si llevarla como la había llevado ella, pero finalmente la dejé sobre la mesa. Salí del salón. Avancé por el pasillo. Abrí la puerta.

La habitación estaba tenuemente iluminada, solo por una de las lámparas de una de las mesillas de noche, que daba un tono lúgubre y anaranjado. Abrí la puerta un poco más. Y la vi.

María, en sandalias, falda rosa y camisa blanca. Con la ropa de la boda. Apoyada contra la cómoda de nuestro dormitorio.

Giró su cara hacia mí. Llevaba hasta el mismo peinado que aquel día. Toda la habitación olía al perfume de aquel día.

Tímida, acalorada, intranquila. Dijo, titubeante, en un hilillo de voz:

—Querías que… te contase lo que pasó mientras estuviste en la habitación de Paula ¿no?

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