MOISÉS ESTÉVEZ

Sentado en el banco de su parque, si, en el banco de siempre, en su
parque de toda la vida. A sus ochenta y cuatro años y tanto tiempo pasado en
aquel lugar, agradable, cálido en invierno y fresco en verano, se había ganado
el derecho de tal denominación.
Pensativo, Andrés veía la vida pasar, día tras día, sumido en una
insondable tristeza y permanente melancolía. No podía evitarlo, era una
punzada constante que sentía en lo más profundo de su alma, ejemplo claro y
vivo de que mente y corazón iban por separado, objetos antagónicos y
contrarios a seguir el mismo camino.
Ya eran cuatro años los que hacían que el amor de su vida se fue,
demasiados. Una terrible enfermedad…
Se la arrancó de sus brazos cual tempestad quiebra y arrastra la rama
de un árbol, sin mirar atrás, sin percibir el daño causado, la naturaleza en
estado puro, la vida, el destino…
Éste quiso que fuera él quien estuviera en soledad el ocaso de una
etapa de su vida, vida que junto a ella había sido apasionada y emocionante,
con un feliz pasado, un presente intenso y un futuro que siempre albergaba
amor.
Cómplice de un fatum que no llegaba, desde que se fue, le falta algo,
algo no, todo, le faltaba todo. Vacío, parecía como si sus humores hubieran
desaparecido, se sentía sin vida, sonámbulo, ajeno a una imagen real de lo
que le rodeaba, así se sentía Andrés…

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