TANATOS12

Capítulo 8

El problema que esperaba en el trabajo al día siguiente no era nada comparado con lo que me encontré. A mediodía ya le escribí a María diciéndole que no me esperara para cenar. Me podrían dar tranquilísimamente las doce de la noche trabajando.

Ya pasaban de las nueve, la oficina se iba quedando vacía, solo quedábamos los implicados, que estábamos repartidos por diferentes zonas. Yo compartía espacio con otros compañeros que ya se habían marchado. Mi jefe también se había ido.

Enfrascado como estaba no me enteré hasta que escuché su voz:

—¿Pero qué has liado? —era María, a dos metros de mi, sonriendo, con una sonrisa que iluminaba toda la oficina. No esperaba aquella sorpresa. Nunca había estado allí.

—Pero bueno, ¿y tú?

—Pues ya ves.

Me quedé sin palabras. Estaba muy sorprendido.

Ella, viendo que yo no decía nada más prosiguió:

—Me he cruzado con tu jefe, creo. Uno moreno, un poco gordo. —dijo bajando la voz y acercándoseme. Llevaba unos vaqueros y un jersey grueso muy llamativo, como de color rosa chicle, y asomaba una camisa blanca por el cuello y por la cintura. Sin duda había pasado por casa y se había cambiado antes de aquella inesperada visita. Los vaqueros le sentaban de escándalo. María, según se vistiera, podía ser la más morbosa, o la belleza más natural, y eso me encantaba de ella.

—No sabía que conocieras a mi jefe.

—Bueno, de fotos. Ya sabes, me quedo con las caras.

—¿Pero qué haces aquí? Igual me dan las tantas.

—Si te dan las tantas habrá que cenar, ¿no?

—Me tomas el pelo. —respondí descolocado.

María acabó por irse a hablar con la chica de recepción. Yo seguí trabajando y, de reojo, veía como la gente de la oficina que se iba yendo la miraba extrañado. Después de estar un rato en recepción volvió a mi mesa, hablamos un poco y se sentó en la silla vacía de un compañero. A veces se levantaba y curioseaba algo y a veces se ponía a revisar su móvil. Pasaban y pasaban los minutos y ella no me interrumpía.

Se volvió a ir y como al cuarto de hora volvió con una pizza y yo no sabía si matarla, reírme o enamorarme aun más, si es que eso era posible.

Nos acabamos comiendo la pizza allí, en mi mesa. La miraba, su cara sin maquillar, se había recogido en pelo en una coleta, parecía más joven así. El tema de la edad no tardó en salir.

—El jueves estás de cumple —dijo acabando con una porción y buscando una servilleta—Treinta y seis añazos… —exclamó limpiándose y medio riéndose.

—Pues sí, qué le vamos a hacer.

—Cuatro regalos tengo. Bueno. Cinco. O cuatro y medio. O cuatro y una sorpresa. Bueno, sorpresa son tres yo creo.

—Vaya, seguro que no me merezco tantos.

—Seguro que sí.

Nos quedamos en silencio. Mirándonos.

Sus ojos me parecieron más grandes que nunca. Como si al estar contenta aumentaran de tamaño.

—Bueno, ¿cuanto te falta? —me preguntó devolviéndome al mundo real.

—Pues… es que no lo sé, estoy un poco bloqueado porque me tienen que validar unas cosas.

—¿Entonces?

—Entonces mejor vete, anda.

María recogió la pizza y se acercó de nuevo a mí. Yo sentado, ella de pie. Me hizo un par de preguntas sobre mi trabajo, enredó sus dedos en mi pelo… Le insistí que era mejor que se fuera y finalmente me dio un beso y se fue.

Me pregunté en aquel momento cómo era posible que nos estuviéramos complicando la vida de aquella manera.

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