MARCELA VARGAS

JONATAN MARTÍNEZ

 

Una hermosa tarde de otoño, conocí a una niña pequeña con un vestido color mate cocido. En ese preciso momento, el viento comenzó a soplar y a mover las nubes, que pronto cubrieron el sol. Fue entonces que la pequeña tuvo el poder de crecer hasta convertirse en una mujer devastada. Se le dio la oportunidad de elegir entre quedarse así o volver a ser como antes. No quiso permanecer, pero tampoco retornar para no amargar su vestido infantil.

De esta manera, tomó la decisión de revolver el tiempo como una infusión en una taza para no permitir la concentración de la amargura. El viento volvió a soplar y al instante emergió la luz vespertina de entre las nubes. Iluminó a esta niña soñadora, imaginativa, simpática, feliz. Una pequeña que ríe con una vocecita finita, que se emociona en su vestido color mate cocido, que sostiene un cartel más pesado que ella durante el desfile por el Día de los Jardines de Infantes.

Mientras, canta:

 

Vestido de mate cocido

con zapatitos de pan,

pestañas de azúcar

que no saben llorar.

Naricita de bombilla

para poder dibujar

sonrisas de travesuras

que preocupan a mamá,

hechas de yerba buena

que nunca se secará.

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