XAVI ALTA

Verónica

La primera diferencia entre Verónica y sus tres amigas era su condición de hija única. Muchas veces había anhelado una hermana para poder jugar con ella. Preferiblemente más pequeña, para que tuviera que obedecerle, pero había sido un deseo que había ido disminuyendo a medida que había ido creciendo.

 

La segunda diferencia importante era que sus padres estaban separados. Ella tenía ocho años cuando se rompió el jarrón. Así lo recordaba y así lo verbalizaba. Pues el hecho se había producido literalmente.

 

Los últimos dos años de convivencia de sus padres habían sido un infierno. De disputa en disputa y de discusión en discusión. La razón principal eran las constantes infidelidades de su padre, según le acusaba la madre. La mujer estaba destrozada anímicamente al sentirse ninguneada y rechazada por el hombre por el que había renunciado a sus sueños, según le tiraba en cara.

 

Éste iba a la suya. Trabajo, trabajo y más trabajo. Lo que proporcionó una situación económica confortable para la familia. Pero pronto vio en su mujer, tan cambiada físicamente de aquella belleza de la que se enamoró, como un lastre. Económico y personal. No le apetecía compartir nada con ella. Y mucho menos la cama. Intentó aguantar por la niña. A ella sí la quería. Además, había heredado mucho de él. A simple vista, sus facciones. Nariz recta y fina, ojos negros de una fuerza intensísima a juego con su cabellera lisa azabache, y un tono de piel brillante, el bronceado natural de una dama elegante. También había heredado su carácter. Fuerte, decidido, inteligente. Lograría todo aquello que se propusiera. Como lo lograba él. Realmente no podía negarlo, era hija suya.

 

La última discusión, la definitiva, la que rompió el jarrón, se produjo un jueves por la tarde. Papá había llegado antes a casa pues debía prepararse la maleta. Era media tarde. Verónica llegó con mamá del colegio. “¿Dónde vas?”. “De viaje a la filial de Milán, ha surgido un imprevisto. Volveré el sábado por la tarde. Salgo esta noche”. “Me lo podías haber avisado”. “¿Para qué? ¿Acaso me hubieras preparado la maleta?”. “Porque soy tu mujer. Y tenemos una hija juntos”. “No metas a la niña en esto”. “¿Por qué viajas a estas horas? ¡Es casi de noche! ¿Te acompaña ella?”. Papá dejó de contestar a las preguntas de mamá lo que exasperó aún más a la mujer. Le acusó de haberse tirado a todas las chicas que habían trabajado para él, a todas las que ella conocía, había oído su nombre o simplemente se habían cruzado por la calle. Papá siguió sin inmutarse. Únicamente le pidió a su aún mujer que se comportara delante de su hija. Mamá no pudo más. La indiferencia a las acusaciones e insultos a los que sometía al hombre que seguía queriendo con locura fue superior a ella. Agarró el jarrón chino del pasillo, regalo a papá de no sé qué cliente asiático, y lo lanzó contra el suelo con toda la rabia de la que fue capaz. Se rompió en mil pedazos, pequeños la mayoría, pero uno de los grandes salió despedido hacia el tobillo de Verónica, provocándole un corte de pequeña importancia.

 

La cicatriz que quedó en su piel apenas tenía medio centímetro. La que dejó aquella discusión en su corazón la marcó para siempre.

 

Su padre no volvió a casa el sábado, ni el domingo, ni el lunes. Empezó a pasar con él dos fines de semana al mes y los miércoles por la tarde siempre y cuando él no estuviera de viaje o muy ocupado trabajando. Entonces eran los abuelos paternos quienes la recogían del colegio y la cuidaban.

 

Ahí se forjó la tercera gran diferencia entre Verónica y sus amigas. No creía ni nunca lo haría en las relaciones de pareja. No mostraba el más mínimo interés por ellas, lo que no significaba que renunciara al sexo o a salir con chicos. Llegó a tener, incluso algún novio más o menos oficial, pero no pasó de ser una relación light de corta duración.

 

Pero nunca confiaría en un hombre. Su madre se lo había avisado y su padre se lo había demostrado. Y así se forjó realmente su carácter. A imagen y semejanza de papá. Ambición, determinación e inteligencia. Esta era la fórmula mágica.

 

Aquel sábado, Verónica había quedado con su “hermana” para ir de compras. Marianne tenía siete años más que ella y desde hacía dos era la pareja de su padre. Técnicamente era su madrastra pero esa palabra “me recuerda a la Bruja de Blancanieves, así que prefiero que me consideres tu hermana mayor” le había dicho a medida que se fueron conociendo.

 

La verdad es que era una buena chica. Muy guapa, como todas las conquistas de su padre, joven lo que no significaba inmadura, pero sí muy ingenua. Una muñequita de porcelana que había encontrado el amor de su vida en un hombre maduro, carismático y seductor, dispuesta a besar el suelo que él pisaba con tal de no perderlo.

 

La relación entre las dos chicas se retroalimentaba perfectamente en un triángulo de intereses. Padre e hija eran plenamente conscientes de ello. Marianne era la única que parecía no darse cuenta.

 

Por un lado, la “hermana” buscaba una aliada para complacer más a su amado, tratando de solidificar los cimientos de una relación que esperaba que fuera para siempre.

 

Papá veía la relación como un modo de tener contenta a su hija y entretenida a su pareja. Él había complacido a su niña en cualquier capricho que hubiera tenido durante los últimos doce años, por caro que fuera. Ahora era Marianne la encargada de ello, además de permitirle despegar a su niña de la amargada de su madre.

 

Verónica simplemente veía la relación triangular como una ecuación directa de coste y beneficio. Qué fácil es tenerlos contentos si los resultados son lo suficientemente cuantiosos.

 

Quedaron en el centro de la ciudad para comer y se pasaron toda la tarde comprando ropa. Todo lo pagó Marianne, o sea papá, que no le dijo que no a nada. Además, con ella jugaba a las confidencias. Dos veinteañeras súper amigas que se lo cuentan todo. Con la diferencia que Marianne abría su corazón como una flor, mientras Verónica le iba dando pequeñas dosis de información según le convenía.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s