XAVI ALTA

Yolanda

Un zarandeo más violento de lo que le hubiera gustado despertó a Yolanda a mediodía. Su hermano mayor la sacudía de los hombros mientras la avisaba que la comida ya estaba lista. Los intentos de la chica para que la dejara en paz y pudiera descansar un poco más fueron en balde.

Comió con ansia, sin preocuparse lo más mínimo de aparentar buenos modales o de disimular su hambre. Siempre funcionaba igual. La noche le daba hambre y cuando despertaba sería capaz de tragarse una vaca entera si se la pusieran delante.

Su hermano y sus padres no se extrañaron lo más mínimo pues ya estaban acostumbrados. Al primero, le importaba un huevo lo que hiciera su hermana pequeña. Vive y deja vivir.

 

Sus padres, por su lado, veían en sus hijos un reflejo de su propia juventud. Jóvenes de extrarradio que luchaban por sacar unos estudios adelante (ellos no lo lograron) que los arrojarían a un mercado laboral salvaje, carente de escrúpulos, con muy pocas oportunidades. Buenos chicos necesitados de válvulas de escape en una sociedad injusta y traicionera.

Ellos también habían sido jóvenes, pensaban, también habían necesitado salir y desahogarse, incluso emborracharse de cuando en cuando. No solamente eso. También habían necesitado probar, experimentar para descubrir.

Evaristo era albañil. En lo más profundo de su corazón se sentía escultor. De hecho tenía bastantes obras en casa, guardadas en el trastero de 6m2 que tenían en el parking del edifico. Otras, la mayoría, las había regalado a medida que se fue encontrando con la imposibilidad de venderlas. Lo había asumido con naturalidad. “Este es un país de analfabetos que solamente entiende la cultura del fútbol y del pelotazo (y no me refiero al deportivo, que también)” solía decir en las reuniones con amigos y familiares.

Para él, la Obra en mayúsculas era su trabajo, y que no falte, en estos tiempos que la crisis económica estaba dejando a todo un sector tan importante como el de la construcción completamente parado. Pero él iba trabajando.

Sus obras, en cambio, se habían convertido en un hobby. Un pasatiempo relajante, que le abstraía de la realidad y le hacía sentir vivo.

Mary era funcionaria. Administrativa en el Ayuntamiento. El mismo trabajo, el mismo turno, el mismo horario, el mismo sueldo y la misma actitud con la que había empezado hacía casi quince años cuando ganó la oposición. Le parecía justo lo que aportaba a la sociedad con relación a lo que ésta le reportaba a ella. No iba a hacer más. Ni un minuto.

Para Mary, su familia lo era todo. Había conocido a Evar, como le llamaban todos, en una de aquellas fiestas locas que no solía perderse en su juventud. Empezaban los 90. La economía se movía y los jóvenes tenían derecho a divertirse. Ya que sus padres no lo habían podido hacer, ellos vivirían las juergas dos veces. Y eso había hecho ella. Beberse el mundo, fumarse la noche, esnifarse su futuro. En ningún momento fue consciente, pero ese desorden juvenil tiró por la borda un futuro de buena estudiante. “¡Que me quiten lo bailao!” se decía a sí misma.

Sergio lo cambió todo. La misma semana que cumplió los 21 tuvo la primera falta. No podía ser. Sí, a menudo no tenían preservativos, eran caros y no siempre podías encontrar, pero iban con mucho cuidado. Marcha atrás, un término que siempre les pareció muy divertido. Hacía cuatro meses que salía con el que sería el padre de sus hijos y a la mínima que podían, cogían el SEAT 850 de la madre de él, subían a las laderas de Collserola y lo hacían. ¿Hacemos una marcha atrás? De Evar la había enamorado su simpatía, buen humor, optimismo e ideario. Era muy ingenioso y era imposible aburrirse con él. Además, follaba de maravilla. 22 años después, Mary seguía pensando igual. Nunca se había arrepentido de aquella marcha atrás rascada. A lo hecho pecho y siempre con una sonrisa en los labios.

“Venga, espabila tía” oyó Yoli desde el pasillo. Habían quedado con el grupo a las 4.30 en la nave del padre de July, el batería. Era vigilante de seguridad de una empresa privada y el jefe del almacén de plásticos donde llevaba 7 años trabajando le había dado permiso paro que sus hijos ensayaran en un espacio vacío al lado de los lavabos. Para todos era la nave de su padre, aunque no fuera suya, y de ahí el nombre del grupo: Father’s Cove.

Como siempre, llegaron los últimos. Los demás ya habían descargado el material. El único instrumento que nunca se desmontaba, a no ser que tuvieran actuación, era la batería, por razones obvias.

Sergio era el guitarra solista. Adán cantaba, además de tocar la guitarra rítmica. Yolanda tocaba el bajo y hacía los coros, en los que también colaboraba July. Éste último era el que escribía y componía la mayoría de las canciones, que dejaba en manos de Sergio para que las puliera y arreglara musicalmente. A Yoli le gustaban mucho sus letras. Solían ser muy románticas, aunque su gusto por lo tétrico las solía llevar por caminos tortuosos que a menudo acababan mal.

El sonido era garaje, o grunge como se denominaba en los círculos más convencionales, con algún toque punk e incluso ska, dependiendo del humor del momento.

La semana próxima tenían un concierto. En el bar de un amigo del padre de July. El pobre hombre no era su agente, pero lo parecía. Él les había conseguido varios contactos pues había sido vigilante para una empresa de conciertos, cuando este mundillo daba mucho dinero. ¡Pero qué jodido estaba todo!

Bolo a la vista significaba que no saldrían de esa sala hasta que las ocho canciones propias y las doce versiones que hacían de sus grupos favoritos no salieran “perfectamente perfectas”, frase de Sergio. “Podéis mear, cagar, tomaros una birra o fumaros un canuto, pero de aquí no se mueve ni Dios”.

 

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