TANATOS12

Capítulo 7

Nos estábamos destrozando. Los dos lo sabíamos. Ella tenia que saberlo. Ella, seguramente sin querer, estaba acabando con un ego ya de por sí tocado. Y yo, para colmo, me envalentonaba alcohol mediante, convirtiéndome en una persona, por decirlo suavemente, que no era.

¿Y si la palabra para definir lo que sentía María fuera “resignación”? Pensar eso me destrozaba. “Este es el amante que tengo y es lo que hay”. Eso sopesaba aquella mañana de domingo. La manera de recibir mi orgasmo la noche anterior, como sabiendo mucho mejor que yo que de mi pequeño miembro no iba a salir gran cosa. La manera de acostarse, tranquila, como quien sabe que una cosa puede ser mediocre, pero que no tiene sentido enfadarse si no tiene solución. Que no tenía sentido luchar.

Después de comer me quedé descansando, y después tendría que trabajar un poco, pues me habían llamado del trabajo ya que se había montado un buen lío y quería adelantar cosas para el día siguiente.

María quedó para tomar un café con Paula. Al parecer después vendrían a casa y supuse que entonces María le daría la chaqueta de Edu. Yo no acababa de entender tantas vueltas para devolvérsela, pero quizás no tuviera mayor historia.

A media tarde estaba trabajando con el ordenador portátil en el salón y aparecieron Paula, Amparo y María. No las veía desde la boda. De hecho a Paula no la había visto desde que la había dejado en su cama, después de habernos besado. En un ejercicio de discreción perfecta me saludó exactamente con la misma forma e intensidad que había sido siempre y correspondía. Amparo no conocía la casa y dieron un par de vueltas por allí hasta que se fueron al dormitorio.

Fui al baño, que está contiguo al dormitorio, sin ninguna intención de cotillear. Esperaba lo típico, que hablaran de ropa María y Paula, pero, al parecer, llegaba en el momento justo en el que sí se decían algo relevante:

—Toma, llévatela, que me llevas dando largas con venir a por ella ni me acuerdo. —María obviamente le estaba dando la chaqueta de Edu a Paula. Pero Amparo no entendía nada y tras preguntar de quién era y que Paula le respondiera sin mentir, volvió a preguntar:

—¿Y eso? ¿Cómo es que la tienes tú?

Paula, queriendo evitar el aprieto de María, quiso salir del paso:

—Pues se la dejó al final en una silla en la boda, después de que tú te fueras.

—¿Y se va sin chaqueta y no se entera? —insistió inocente Amparo, sin tener ni idea del compromiso en el que estaba metiendo a María.

Mi intención había sido la de orinar y volver al salón, pero allí estaba, dentro del baño, con la puerta arrimada, escuchando, sin saber muy bien a donde llegaría aquello.

Paula y María acabaron por hacer caso omiso a aquella pregunta y a una Amparo que, quizás aburrida, no soltaba el tema. Mi novia le enseñaba a Paula un jersey que se había comprado y su amiga decía que lo había visto, pero que le había gustado más en la mano que puesto, y Amparo seguía a la carga:

—Que, por cierto, Edu ya está en la tercera entrevista, yo creo que deja el despacho. A ver a quién le mira el culo ahora Patricia ¿no? —intentó ser graciosa.

—Ya… respondieron ellas sin entrar al trapo.

—Aunque bueno, que… yo creo que él le tiene echado ya el ojo a la chica de prácticas. Que también no me digáis, es una monadita la chica, los jefes no paran de meternos chicas monas.

—Bueno, Patricia no es ninguna maravilla —dijo María.

—Patricia está bien, María. Es lo opuesto a la chiquilla de prácticas, pero no está mal. Que yo no sé si Edu no se la habrá ya… como dice Ángel —rió— ¿Qué palabra utiliza?

—Beneficiado —dijo Paula.

—Jaja, ¡beneficiado! Eso. Qué personaje Ángel, de los casados es el que está más salido.

Yo tenía a Amparo por una cotilla, pero no por una indiscreta. Cada vez que había un silencio o alguna decía algo de la ropa del armario de María, ella veía la necesidad de seguir hablando de Edu.

—Pues si se va Edu alguna fiesta le harán. Aunque solo sean unas cervezas. Ahí, si no lo ha hecho ya, seguro que al menos lo intentará con la de prácticas. Que vamos, cae seguro. Menuda racha Edu este año, bueno, siempre. De hecho no sé para que le presenté a Nati, si estaba claro que la iba a dejar tirada.

—No sé que te ha dado con Edu, chica —protestó Paula. al tiempo que María hablaba de otro jersey que se acababa de comprar, pero que decía que no se había puesto porque no acababa de hacer frío. Se solapaban las voces y las conversaciones, pero Amparo no tenía parada.

—Ya sé que no te cae bien. A nadie le puede caer bien. Pero la verdad es que… Nati… la chica aquella de las jornadas, Patricia, la de la boda, la de prácticas seguro…

En aquella enumeración faltaba María, que me la podía imaginar tensa y algo humillada, sobre todo al estar Paula delante. Amparo acabó por poner el dedo el llaga de manera quirúrgica.

—Que todas unas monadas… pero hay que ser un poco… hay que tener pocas luces o estar muy salida para acostarse con él…

—¿Y por qué? —preguntó Paula, visiblemente enfadada, queriendo defender a María, pero empeorando las cosas.

—Pues porque es un chulo y además…

—Bueno, ¡ya está! —Interrumpió María, provocando un silencio en toda la casa. —Qué pesadas estáis. En fin… a ver… —dijo en tono conciliador— ¿no ibas a contarnos de de tu viaje? Seguro que es más interesante.

Mi novia consiguió desviar completamente la conversación. No la podía ver, pero podía sentir la rabia que le habían producido aquellas frases de Amparo.

Volví al salón y vi que me llamaba aquel número desconocido. Un domingo. Descolgué y en seguida escuché una voz conocida:

—Pablo, ¡ey! qué tal tío. Parece que jugamos al escondite. Se me ha jodido el móvil.

Era Germán. Sentí un vacío.

Me dijo que me había visto muy preocupado y que quería saber qué decisión había tomado. Le dije que por ahora estaba todo muy reciente y no quería tomar ninguna decisión drástica, no me quise extender mucho y él me apoyó en mi decisión.

Me sentí un poco mal por colgarle tan rápido y porque el tema siempre se centrase en mí. Y mal también porque fuera él el de la llamada, pero ¿qué esperaba…? ¿Todas estas horas mi subconsciente había fantaseado con la idea de que fuera Edu con otro número? Sobre lo de la chaqueta sentía que me pasaba algo similar: ¿Acaso una parte de mí quería que María no le quisiera devolver la chaqueta por algún motivo oculto?

Cuando se fueron las invitadas obviamente no dije nada de lo que había escuchado, y, aquella noche, no pude evitarlo, pensé si el hecho de que Edu dejara el despacho no despejaría un poco el camino. María siempre me había dicho que uno de los problemas de Edu para aquel juego era que era compañero de trabajo.

¿Pero acaso por repetir con Edu eso salvaría nuestra vida sexual? ¿Entonces?

Yo seguía hecho un lío.

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