LAURA URCELAY (LU)

Tuve conciencia de lo que significaba ser mujer cuando aquel tipo se masturbó mientras nos miraba. Tendría yo once años. Era sábado, había invitado a una amiga a dormir porque mis padres vendrían tarde y mi prima, cinco años mayor, cuidaba de nosotras. Yo vivía en el centro de una ciudad pequeña, en un piso dentro de unas galerías donde había tiendas de ropa, peluquería, dentista, videoclub, sala de recreativos y hasta un cine. Por lo general los jóvenes bullían por el pasaje, pero ese día había fútbol y estaba vacío. Queríamos unas patatas fritas, así que entramos en la sala de recreativos que te abría el apetito con su olor a kétchup; al fondo estaban los billares y esas máquinas con volantes en las que te convertías en piloto de rally; nosotras nos quedamos a la entrada, reservada a los juegos tranquilos de soniquetes hipnóticos. Mientras mi prima comía, mi amiga y yo echamos veinticinco pesetas al Pang, un juego que consistía en explotar burbujas saltarinas. Aporreábamos el botón con esa intensidad de las primeras salidas, tan concentradas que no nos dimos cuenta de que la mano de mi prima dejaba de coger patatas al tiempo que la del tipo se balanceaba de arriba abajo, de arriba abajo. «Lauri, vámonos», dijo mi prima. Salimos sin saber qué ocurría. De camino al portal nos contó lo que había visto, entramos y nos escondimos tras una pared acristalada desde la que se veían los interfonos. El tipo nos siguió, pulsó varios timbres; recuerdo una barba canosa, alborotada, y un chándal de mercadillo. Subimos la escalera a trompicones —suerte que mi piso era el primero—, trancamos y nos quedamos en silencio. La puerta del vestíbulo era pesada, desde allí se oía al cerrarse. ¡Blam! El temblor llegó a nuestros pies. Pensé en el padre policía de otra amiga, la llamamos. Cuando llegaron los refuerzos mi prima empezó a sangrar por la nariz. Registraron el edificio y solo encontraron una cagada junto al ascensor que juramos que antes no estaba.

Ya debía de andar por los catorce cuando nos trasladamos a un pueblo cercano. Alquilamos una casa frente a las vías del tren; una recta de unos quinientos metros la unía con la estación. Me negué a cambiar de instituto, por lo que viajaba cada madrugada y cada atardecer en un vagón. Aquel día, cuando volví, ya había anochecido. El apeadero estaba iluminado, pero la recta, sin farolas, con el muro de piedra a un lado y un prado al otro, era una cueva al descubierto. Una sombra se agazapaba junto a los contenedores; rogué que fuera una mujer sacando la basura. El tren ya se había alejado, dejando tras de sí un silencio helador en el que solo se escuchaba: chof-chof, chof-chof. Cuando llegué a su lado comprendí que aquel movimiento rítmico era el mismo que había hecho sangrar la nariz de mi prima. Aceleré el paso, el sonido me siguió, chof-chof, chof-chof. Al fin vi la verja del patio, sabía que mi madre esperaba tras la ventana, quería correr, pero, por algún motivo, me parecía fuera de lugar. Entré dando tumbos, como si me hubieran soplado con un trombón al oído.

Volvimos a la ciudad, a nuestro piso de siempre. Volví a atravesar cada mañana las galerías para ir a clase, ya en el último curso de secundaria. A esas horas los comercios tenían las rejas bajadas, solo se oían los coches en el exterior; había que andar con cuidado porque las baldosas de mármol, recién fregadas, eran una pista de hielo. Ojalá hubiera fingido dolor de cabeza ese día, como tantos otros. A la altura del videoclub me topé con un hombre, intenté esquivarlo por la izquierda, por la derecha, me cerró el paso, me agarró las muñecas. Recuerdo la presión de sus manos y su boca a milímetros de la mía. Ni gritar me salió. No sé qué habría pasado si no hubiese aparecido aquella chica que le increpó. Corrí, con miedo a resbalar, con miedo de dar la vuelta y encontrarlo antes de entrar en mi portal, así que corrí al instituto. «No hay derecho a que una niña tenga que aguantar eso, mira qué ojillos tienes» dijo una profesora que me cogió del brazo y me llevó a comisaría. Me pidieron que volviera con mis tutores legales, aquella tarde fui con mi madre. Sacaron un libro de fichados donde lo reconocí; me explicaron que no podía denunciarlo si no me había tocado «mis partes», me pregunté si las muñecas no eran partes de mí misma.

En mi época de veinteañera los episodios de acoso se redujeron, supongo que echarse un novio-lapa ayuda. Solo algunas anécdotas, como cuando iba a casa de mi abuela, un tío me llamó preciosa y me tropecé delante de sus narices; o cuando iba en bicicleta por una calle abarrotada y un viejo me gritó que me la metería hasta atrás. Ahora soy treintañera y muchos días me sorprendo pensando que podía haberme pasado algo peor, que me podrá pasar algo peor. Por eso, el otro día, cuando iba al trabajo a las tres de la tarde por un parque vacío y un hombre silbaba tras de mí, cambié de trayectoria sin atreverme a girar la cabeza. Al desviarme, el silbido cesó. No sé por qué me sentí ridícula. Llegué tarde al trabajo, pero al menos llegué.

https://lauraurcelay.wordpress.com

2 comentarios sobre “No es calle para niñas

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