XAVI ALTA

Vanesa

Despertó muy cansada. Fatigada sería la palabra que mejor definiría su estado. No había querido ponerse el despertador pero había dejado las persianas subidas para que el sol la avisara del avance de la jornada. Miró el reloj. Las 2.30. No le quedaba mucho tiempo si quería asearse, comer algo y llegar a tiempo al partido de voleibol que debía arbitrar.

Se hizo la remolona en la cama. Dio varias vueltas. No tenía nada de hambre, al contrario, si ingería cualquier alimento estaba segura que acabaría por devolverlo. Apuraría los 20 minutos que debiera dedicar a comer para descansar. No, no podía hacerlo. La bufeta también daba señales de alarma. ¡Dios, qué mundo tan injusto!

Se levantó, tambaleándose, cruzó el pasillo asegurándose que ni sus padres ni su hermano la vieran salir, y se adentró en el baño. Se sentó en la taza y se soltó. ¡Qué alivio! Se tocó el muslo izquierdo. Al bajarse el tanga había notado algo seco. Solamente podía ser una cosa. ¡Qué asco! Tenía que ducharse para despertarse pero también para asearse. ¡Qué sucio es el sexo! Pero, ¡qué bueno es!

En la ducha se limpió a conciencia, o al menos eso le pareció a su madre que asomó la cabeza cuando su hija llevaba más de 20 minutos bajo el agua. “¿Te queda mucho?”, la apremió. “Ya voy, ya voy”, se oyó desde detrás de la cortina en un tono de hastío típicamente adolescente.

Nunca se lo había dicho a ninguna de sus amigas ni tampoco se lo había reconocido a ninguno de sus ligues, entre otras razones porque nunca había tenido uno lo suficientemente estable y duradero como para tener con él un mínimo de confianza, pero este momento, debajo del agua de la ducha recordando milimétricamente el polvo precedente, era su momento de mayor placer, el punto álgido de su actividad sexual, su verdadero clímax.

Y en esta ocasión el tema había sido memorable. El tío le pareció resultón. No especialmente guapo pero tenía aquel punto entre interesante y atractivo que la cautivó. No bailaron mucho. Una copa y al coche. Antes de que el tío le dijera que tenía coche sopesó la idea de liarse con él en cualquier rincón, en el césped, entre unos jardines, pero solía ser una incomodidad. Nunca tenías la intimidad suficiente, pues siempre había algún pajillero espiando, y algunos tíos, si se sentían incómodos, iban a lo suyo. Tres culeadas y me he corrido. O peor aún. “¿Por qué no me la chupas?” y te quedabas a dos velas. Otros no. Tenían claro el principio de reciprocidad. Se esforzaban en hacerte disfrutar e incluso evitaban correrse antes de que lo hicieras tú.

Raúl fue distinto. ¿O se llamaba Rubén? ¡Qué más da! Tampoco lo volvería a ver, pues ya hacía tiempo que había decidido que segundas partes nunca fueron buenas. Llegaron al coche morreándose y metiéndose mano, así que ni se fijó en el modelo ni en el color del mismo. Sí agradeció que tuviera cuatro puertas y que pudieran pasar directamente al asiento trasero. Los asientos delanteros no suelen ser tan cómodos para jugar, limitan mucho la movilidad, y entre cambios, frenos de mano y volantes, acabas siempre llena de morados.

El chico, cuyo nombre empezaba por R, de eso sí estaba segura, besaba bien, muy bien. Además, sabía bien, algo no tan habitual a altas horas de la noche. Las manos, los dos pares, se movían constantemente. Al principio, las de él, lo hicieron de un modo tópico. Primero acariciaron las caderas, siguieron por las nalgas, ascendieron por la cintura y las costillas hasta que llegaron a las tetas. Pero pronto las caricias tomaron otro cariz, al tomar contacto directo con la piel. La desnudó sin que prácticamente se diera cuenta. Y cuando sus manos recorrieron sus pechos, con suavidad, sin prisas, pellizcaron sus pezones, casi con ternura, y acabaron separándole las piernas y acariciándole primero los labios vaginales antes de pasar al clítoris, sintió como todas las terminaciones nerviosas de su cuerpo se activaban poniendo en marcha el que fue el primer orgasmo de la noche.

Pero aún tuvo dos orgasmos más. El primero cabalgándolo en cuclillas, con una rodilla a cada lado de las nalgas de él, un brazo en el asiento delantero y otro en el hombro de su amante, mientras éste besaba y pellizcaba sus pezones. Él también se corrió. Notó claramente los espasmos, contenidos por el condón, pero no se detuvo hasta que ella llegó.

El segundo le vino cuando lo que ella ya consideraba un buen polvo había acabado. Estaban en aquella fase somnolienta, en que la respiración se va acompasando, en que los amantes suelen mirarse medio segundo, casi interrogativamente, como esperando una puntuación. Ella sonrió. Lo había pasado muy bien y se lo dijo. Él se quitó el condón y lo tiró por la ventanilla. “Pues si me la chupas un poco creo que aún puedo aguantar otro asalto”. Ella no se lo pensó dos veces. Se agachó, medio sentada medio arrodillada, y se puso a la tarea. Sabía a semen, obviamente, mezclado con aquel aroma a plástico que dejaba la goma. Pero el chico era muy generoso. A los pocos minutos, la agarró de la cintura, la hizo girar sobre sí misma, y se encontró en el asiento posterior de un coche en pleno 69. Cuando estaba próxima al orgasmo él paró, se sacó otro preservativo del bolsillo del pantalón, para lo que tuvo que estirar el brazo pues estaba tirado en una de las alfombrillas posteriores del coche, se lo puso y se la folló en la postura del misionero. Se la había follado bien follada.

Fue entonces, al quitarse el condón, después de “despenetrarla” (le gustaba esa palabra de su propia invención), cuando a él se le derramó algo de semen y le cayó en el muslo. Pero no le importó. Había valido la pena.

Salió de la ducha, se secó, miró la hora. ¡Dios, qué tarde es! A las 3.30 tenía que estar en el pabellón para repasar las fichas de los equipos y a las 4 en punto dar el silbato inicial del primero de los tres partidos que tenía que arbitrar aquella tarde. 40€ por cada partido cadete y 60€ por el partido juvenil. 140€ por trabajar entre cuatro y cinco horas, según se desarrollaran los choques.

Durante once años había jugado a voleibol de un modo más o menos serio. Empezó siendo una actividad extraescolar como cualquier otra, pero la fue enganchando. Pronto se convirtió en la mejor jugadora del equipo del colegio hasta que éste le quedó pequeño y entró en un equipo federado. La exigencia era mayor, claro, pero para ella se convirtió en una droga que llenaba sus horas de ocio y la hacía sentirse importante. Su anatomía, además, parecía que la acompañaba en su actividad. Sin tener padres excesivamente altos, a los catorce años ya medía 1,75 cm.

Pero la entrada en la universidad y las pocas perspectivas profesionales que un deporte minoritario como el voleibol femenino ofrecían hicieron que fuera desmotivándose, retrocediendo en la rueda de cambios del equipo, hasta que lo acabó dejando.

Ser árbitro la mantenía en contacto con ese mundo. También entrenaba al equipo benjamín del que había sido su colegio, dos tardes por semana, pero esto no estaba remunerado.

¿Quién sabe? Tal vez tenía razón Verónica cuando le dijo que había suplido la adrenalina del voleibol por la del sexo. ¡Qué más daba! ¡Tres orgasmos en una noche!

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s