ALBERTO MORENO

Le dijeron que debía llevar el rifle boca abajo, con el cañón mirando al suelo, que a veces el arma  se dispara y no conviene matar a nadie sin motivo.

Al terminar el curso, que duró solo un día, le dieron el arma, las botas , el uniforme y las balas.

Tres cargadores.

Firmó como pudo, cogiendo el bolígrafo con tres dedos, miró su firma, miró el rifle y sintió un cierto arrobo. Estaba orgulloso.

-“¡Lleve el rifle colgado del hombro, por la correa, con el cañón hacia abajo”. “Y mire siempre a su alrededor, y no se quede quieto en el mismo lugar, cuando esté de servicio. Muévase, para que no  le  abatan los “tigres”. Disparan a matar.

Hasta el lunes no empezaría el trabajo. Era viernes, se marcharía al pueblo, visitaría a la familia y estrenaría el uniforme.

Conto el dinero, justo para el billete de ida, tenía que coger dos guaguas, la principal, hasta el cruce y luego la que iba a Hato Nuevo Cortes. Para la vuelta, le pediría a su madre, todavía no había cobrado  la primera  paga.

Ella siempre proveía a Tobías, el menor de sus dos hijos.

Aquel año, cumplió los veintidós.

La compañía *VIC*, Vigilancia Integral Corporation, se ocupaba de proteger cuatro hospitales, diez colegios privados y el transporte de fondos de veinte supermercados. Era de las primeras diez compañías de seguridad del país. Empleaba a trescientos o algo más de “guachimanes”, que  instruía, uniformaba y dotaba según el puesto con colt, pistola o rifle.

Tobías, iría destinado al transporte de fondos, junto con tres guachimanes  y el conductor, recorrería con el vehículo blindado los comercios  recogiendo fondos o llevando los días de pago. Serian un equipo de cinco.

La compañía pertenecía a dos generales y parte de sus cuadros, que mandaban a los guachimanes, eran militares de poca graduación, la mayoría sargentos en activo, que alternaban su condición de militar y su empleo en la Compañía.

Tobías había venido a la capital a buscar trabajo, era algo atlético, más alto que bajo y componía un rostro de joven amable.

Caía bien a la primera, era blando de carácter y no le gustaba llevar la contraria a los demás..

Vivía bien obedeciendo.

-¡Que elegante estas hijo!, le dijo  la madre, nada más entrar en la casa .

En la puerta, un pequeño enjambre de muchachitos se arremolinaban intentando ver el rifle por el quicio de las hojas entreabiertas.

-¿Has disparado ya con el?, le preguntaba el padre, a la par que cogía el arma con sus manos

-¡Si dijo Tobías, el día que hice el curso.

Con este nimio asunto el padre volvió a la carga: -¿Y como andas de puntería?.

-Bien, contesto Tobías.

 Falle tres de diez disparos y quede cuarto de veinte agentes.

Vinieron los primos y las muchachas, y el fusil seguía acaparando la atención de todos.

El momento de gloria lo había imaginado así.

Se cambió de ropa, dejó el rifle en lugar preferente y la madre dispuso la mesa.

-¿Quieres tostones con el arroz o prefieres frijoles? , -¡los dos, contestó Tobías.

Pronto se corrió la voz por el pueblo. Todos quería ver el rifle de Tobías.

Después de la comida, la casa se llenó de gente, todos querían tocarlo, como si fuera el mentón de Jonás cuando salió vivo del vientre de la ballena.

Tobías tuvo otra idea, invitaría a los amigos a un tiro de rifle. Tenía tres cargadores de siete balas cada uno. l ¡Fue un éxito!

El padre se apuntó el primero y los primos y hasta dos marimachas.

La falta de plata les impidió invitarse en el Colmado, como nadie tenía chelitos para pagar un refresco, se quedaron en la calle hablando. El dueño del colmado también quería participar y propuso cambiar disparos por cervezas.

Negociaron: cuatro disparos, a cambio de ocho cervezas y tres refrescos.

Se encaminaron hacia el rio, allí, las paredes del cauce, el río fluía encañonado, repelían los trallazos, el eco engrandecía los disparos y el olor a pólvora, embriagaba los cerebros.

Así transcurrió la tarde, hasta que el ultimo cargador quedo vacío. El momento habías sido memorable.

Tobías lo recordaría siempre como algo glorioso

De lo más florido y sentido de su vida.

De hecho, fue el último episodio que visionó, aquel fatídico día, cuando los tres sicarios que asaltaron el furgón  le destrozaron el pecho con los disparos a bocajarro de sus tres recortadas.

Regresaron del rio exultantes, la madre al verles, por unos instantes sintió un vahido, una pinza atenazó su garganta. Fue un presagio que no supo precisar. Se llevó la mano a la boca y aborto un grito que nadie oyó, salvo ella.

Miró el rifle, apoyado de pie en la silla del rincón del comedor y por unos instantes visionó al diablo.

La tarde transcurrió hasta llegar la noche, la gente se fue marchando. En casa quedaros los padres, dos primos y el hermano mayor, que vino casi al final, al terminar el trabajo.

Tobías, dormiría por última vez en su cama de siempre. El lunes volvería a la ciudad en la guagua de las siete. Así, a las nueve empezaría su trabajo.

                                                                  ______O________.

_¡Nombre!  y Número de Cédula!!, ¡¡Nombre y número de cédula!!

Repitió, el guachiman senior, mirando a Tobías con cierta acritud. Estaba de pie, uniformado, con el rifle al hombro, con el cañón hacia abajo, erguido, firme.

Dio los datos requeridos y fue a reunirme con sus nuevos compañeros.

El vehículo tenía las ventanas  disminuidas y las superficies plagadas de remaches, estaba decorado con el anagrama de la Compañía, debajo de las siglas, cuatro barras doradas rematadas con seis estrellas.

Entraron, el conductor se acomodó al volante, un guachimán, a su lado y en  el asiento trasero dos mirando hacia cada lado y el quinto vuelto hacia atrás, mirando el camino recorrido.

En el curso, el instructor mencionó, que cuatro ojos hacia adelante, dos a cada lado del camino y dos hacia atrás. Así no quedaban ángulos muertos. El no conocía la palabra ángulo, pero no dijo nada.

Se detuvieron delante del primer comercio de la ruta. El vehículo marcha atrás reculó hasta situarse en la misma entrada de la tienda. El conductor permaneció al volante, con el motor en marcha, dos guachimanes se situaron cada uno a cada lado del vehículo, con los rifles empuñados, mirando en derredor, los dos restantes entraron en el interior y a los breves instantes, salieron con las sacas del dinero.

Tobías llevaba dos, una en cada mano. La operación la repitieron de forma similar, replicada en ocho comercios. Dentro del vehículo, al terminar la recogida, habría veinte sacas de dinero, o quizás treinta..

Por unos instantes, Tobías quiso imaginar como seria de  grande el monto de todo el dinero volcado en una mesa. Lo visualizó y sintió un  mareo, una sensación de algo grandioso, superior a todo lo imaginado.

¿Y cómo sería el monto que guardaba el banco? ¿Y dónde se guardaría?.

Un guachiman senior, en una ocasión, le relataba vanagloriandose, que una vez le destinaron a custodiar el conteo, justo antes de introducir los fondos en la cámara acorazada y que la puerta abierta semejaba la boca de un túnel, y que los empleados guardaban el dinero, con unas palas de acero inoxidable, para que no se adhirieran los billetes y entraran todos en su interior. El guachimán senior asentía con la cabeza a la vez que narraba el episodio. Añadió, que estuvieron guardando el dinero con las palas de acero reluciente, como dos horas, o el día entero, ya no recordaba. Aquella historia la había oído en la primera semana, mientras almorzaba en el comedor del retén de la compañía.

Jonathan, el guachimán señior , la relató a los doce guachimanes que habían empezado el trabajo la semana anterior.

Tobías no supo porque aquella historia le vino a la cabeza, justo, cuando un semáforo había detenido el furgón en un cruce de avenidas.

Transcurrieron los segundo de forma acompasada, pero de forma irreversible y solo fueron como diez o quizás menos.

Tres encapuchados salidos de la nada, como generados de forma espontánea, armados con tres recortadas, las introdujeron sin mediar palabra por la ventanilla del furgón y dispararon al unísono .

A quemarropa.

Tobías recibió como veinte disparos en el pecho, justo antes que su cerebro terminara de procesar la historia que el guachimán senior, le relató  en el comedor del retén.

Luego se miró el pecho y vio por primera vez su sangre.

Manaba, no había imaginado que su cuerpo almacenara tanta  sangre.

La tocó.

Fluía caliente, sintió que perdía por momentos el conocimiento,  a su mente llegaron los ecos de los disparos que las paredes del rio de su pueblo expandieron el glorioso día que invitó a los amigos a disparar con su rifle.

Se le nubló la mente, no quería cerrar los ojos, hizo un esfuerzo , seguía oyendo los disparos del rio, sin embargo, no alcanzaba a oir los otros, los que le estaban matando en aquel preciso y último momento de su vida.

El conductor trémulo conducía el furgón enloquecido, activaron la sirena, y atravesaban la ciudad como posesos. Por unos instantes se encaminó al banco, hacia la cámara acorazada, pensaba introducir el furgón entero, completo en su interior, incluyendo a los guachimanes.

Luego cambió de plan.

Se dirigió al hospital. En la entrada de urgencias, cuatro camilleros sacaron los cuerpos de Tobías y del compañero y raudos se encaminaron a los quirófanos.

La sangre de Tobías había empapado el asiento del furgón, había formado un charco en el suelo, en el lugar destinado a sus pies.

Al entrar en quirófano, el doctor, antes de iniciar la intervención, desprendió del hombro de Tobías  su fusil.

Lo mantenía enganchado al hombro por la correa, con el cañón mirando al suelo, hacia abajo, para que el arma no fuese a dispararse y matara a alguien sin motivo.

————FIN———

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