TANATOS12

Capítulo 6

Seguimos viendo la televisión y yo sabía que María se tenía que estar dando cuenta de que aquello había sido un desastre, de que nuestras relaciones sexuales desde el día de la boda estaban yendo de mal en peor. No podía conformarse con aquello, era imposible.

Hacía un día primaveral, no parecía noviembre. Entraba el sol con fuerza por la ventana y la temperatura más bien parecía del mes de mayo. Aquel evento me daba una pereza terrible. A mis casi treinta y seis años tener que ir a un cumpleaños de aquella chica de treinta, que apenas conocía.

“La cena y el primer sitio al que vayamos después y si quieres nos vamos”. Me había prometido María que con eso salvaríamos el compromiso. Con un poco de suerte a la una o como mucho dos de la madrugada podríamos estar de vuelta en casa.

Llegamos al restaurante a esperar a que llegara la cumpleañera. La mesa alargada estaba casi llena, éramos de los últimos en llegar. María se había vestido con un traje de pantalón y americana blanca y top lencero negro con encaje, de tirantes, casi parecía que llevaba un camisón corto. No acababa de entender aquella moda y me parecía un poco arreglado de más, pero las amigas de la prima no le iban a la zaga y también iban más acicaladas, yo creo, de lo que irían un sábado noche cualquiera. Yo iba bastante más informal y, afortunadamente, los dos o tres chicos que había, que eran novios de amigas, iban tan informales como yo, y con la misma cara de estar allí de todo menos por iniciativa propia.

Llegó la prima antes de que yo pudiera rebajar un poco mi primera cerveza y se produjo una explosión de sobre actuación, amores eternos y de “graciassoislasmejores” que hizo que me subiera por dentro también una explosión, pero en mi caso de vergüenza ajena. María no se sentía tan fuera de sitio como yo, pero poco le faltaba.

Por fortuna teníamos en frente a una chica muy simpática, muy delgada, que hablaba a toda velocidad, contando anécdotas, siempre eligiendo las palabras precisas, y a mí me hacía realmente gracia. Pronto ella captó la atención de los cuatro o cinco que la rodeábamos y se convirtió en el alma de la mini fiesta de nuestra esquina. Entre la grácil monologuista y que yo hacía tiempo que me había pasado al vino la cosa no estaba para tirar cohetes, pero iba mejor de lo esperado.

Miré mi móvil que se iluminaba en la mesa y vi que me llamaba un número desconocido, un número que no tenía guardado y que me venía llamando recientemente y que, por unas cosas u otras, nunca había cogido. Lo cierto era que pensaba que sería publicidad de alguna empresa, pero al ser sábado y ya a aquellas horas me sorprendió. Antes de que pudiera responder había colgado.

Otro trago, y otro, y una copa más, y María me dijo en tono bajo: “Puedes ir parando con el vino”. No me lo tomé demasiado a mal, pero odiaba cuando se ponía en aquel plan protector o desconfiada de que no me comportara correctamente.

De golpe la conversación dio un giro radical y tomó el mando una chica de pelo rizo y cobrizo, bastante fea, que hablaba de la vida en pareja y parecía que había leído estudios sobre todo. Como si te estuvieran leyendo en alto una revista de sala de espera de dentista:

—Pues he leído que hay un estudio que dice que lo hacen más veces, de media, las solteras que las casadas.

Allí casi nadie tenía pareja, de hecho en nuestra esquina solo María y yo lo éramos, y la chica parecía querer insistir en meter el dedo en la llaga. Cualquiera diría que sabía que lo habíamos hecho una vez en diez días y por mera necesidad física.

No contenta con eso se dirigió a nosotros directamente:

—Vosotros qué, ¿sois de sábados? —nos preguntó, haciéndose la graciosa, de forma invasiva.

Fingimos sonreír, y ni María ni yo quisimos entrar al trapo. Pero la chica insistió.

—Ya sabéis que dicen de los casados, sábado sabadete…

Nos mantuvimos callados, pero a María se la veía tensa. A mi me sedaba el alcohol, pero mi novia la estaba soportando sin anestesia.

—¿Cómo era? —prosiguió la chica de rizos— Sábado sabadete camisa nueva y… polvete.

María explotó:

—Perdona, primero que no estamos casados, y segundo que a lo mejor follamos tres veces al día.

Gracias a dios, la monologuista, que parecía tener una inteligencia emocional bastante más elevada que la acusadora, retomó el mando de la conversación y la sangre no llegó al río.

A pesar de la petición de María yo no me había cortado demasiado con el vino y salí de allí bastante tocado. Caminábamos en un grupo de unas veinte personas hacia un pub cercano y mi novia aprovechó para hablar con su prima, con la que apenas había podido intercambiar alguna palabra. Yo, detrás de ellas, comparaba la diferencia de físico entre ambas, la diferencia de estilo, de todo. Cinco años con María y aun me alucinaba lo pibón que era. Su caminar estiloso enfundado en aquellos pantalones blancos, que opacaban lo justo para que no se le transparentase el tanga. Sus tacones elegantes, nada de la ordinariez de muchas amigas de la prima. Su americana remangada lo justo, su top negro sedoso que insinuaba muchísimo, pero que estaba en las antípodas de la zafiedad.

Llegamos a nuestro destino. Un local en el que la gente parecía demasiado joven, al menos para mí, incluso más que la prima y sus amigas. No tanto como universitarios, pero casi. Estaba bastante llevo para ser apenas las doce de la noche. Me pedí la primera copa con María, pensando que lo peor ya había pasado, que a partir de ahí estaríamos más juntos, pero me equivoqué, pronto nos vimos absorbidos por un corrillo, mi novia hablaba y reía con esta y con la otra y yo no tenía qué ni con quién hablar.

Empecé a notar vibración en mi pantalón. Era mi móvil, otra vez el dichoso número. Decidí salir y coger la llamada, pero cuando pude estar fuera y apartado ya habían colgado otra vez. Me quedé allí, en la acera de enfrente, un rato. Tras un par de minutos opté por llamar yo. Pero nadie respondió y al tercer tono saltó el buzón de voz. Quien quiera que fuese me estaba mareando.

Volví a entrar al pub y vi como el corrillo se había deshecho, y había sido asaltado por unos cuantos chicos. Al parecer María tenía su propio atacante, un chico bastante alto y delgado, rubio, en camisa a rayas, podría medir fácilmente un metro noventa. Cuando me acerqué me sorprendieron sus ojos saltones, verdes. Tenía el rostro muy afeitado, quizás casi ni tuviera barba, y comprobé que era realmente muy joven; con algunos granos delatores, no tendría más de unos veintitrés o veinticuatro años.

Iba a interrumpir, pero vi que se me estaba acabando la copa y fui a la barra a por otra. Desde allí, por diferentes huecos entre diferentes cabezas veía como el chico le hablaba cerca y María, lo cierto, era que se reía bastante.

No digo que el chico fuera feo, parecía un chico normal, pero me sorprendía la cara, la… osadía, de intentar ligarse a un pibón como María. Un chico de veintitrés, con una de treinta y cinco, seguramente la chica más guapa que había visto y vería aquel crío en aquella y diez noches más… pero allí estaba, dándolo todo, sacando todo su repertorio.

No sé si María se daba cuenta, pero yo, a cuatro metros, veía como el chico la desnudaba con la mirada cada vez que era ella la que hablaba. La visión de su escote desde su atalaya debería ser para morirse. “La paja que se va a hacer ese chico al llegar a casa al recordar ese canalillo”, pensé ya con mi copa.

No sabía qué hacer. Ya me notaba muy borracho. Con la conciencia que te dice que seguramente te hayas pasado, pero con la obligatoriedad de beberte lo que has pagado. Decidí quedarme en mi puesto de control un poco más. Cuanto más se reía María más pegado a la barra me quedaba. El chico parecía tener sus tablas a pesar de su juventud, se veía como la intentaba sacar del grupo, que solo tuviera ojos para él. Estuvieron como diez minutos en los que María parecía seguir encantada con su dicharachero pretendiente y el chico se le iba poniendo cada vez más cara de seguridad y optimismo, como si viera en cada risotada de María un aumento de sus posibilidades de triunfo. Su cara, cada vez que María le hablaba cerca y él escuchaba o fingía escuchar, parecía decir “¿… y si me acabase follando a este cañón de tía esta noche…?”

Lo que sucedió en mi, y me cogió por sorpresa fue que… comencé a sentir celos, unos celos terribles. Otra vez, hacía unos meses, me había visto en un contexto similar con María, pero sin duda de aquella no tenía el ego tan bajo como lo tenía en este momento. Morbo y celos… y no sabía que sentimiento me empezaba a agarrotar más. El chico hacía tiempo que parecía haberle propuesto ir a la barra a por otro copa, pero ella le había dado largas, enseñado su copa llena de ginebra y tónica hasta la mitad. Pero el tiempo pasó, las risas y las confidencias en sus oídos siguieron y, cuando alcancé a ver que el vaso de María contenía poco más que hielo, decidí acercarme. Unos meses atrás no la habría interrumpido.

No fui yo, fue el alcohol, el alcohol y una autoestima exigua lo que me hizo parar aquello, y además pararlo de forma abrupta. Me coloqué al otro lado de María y le dije al oído:

—Llevo media hora solo. ¿Puedes dejar de tontear?

—¿Qué? —preguntó María y yo no sabía si no me había oído o si no acababa de creer que la interrumpiese así.

—Que si vas a dejar de tontear. —le dije en tono más alto.

Tenía los ojos grandes, encendidos, le brillaban. Su escote parecía mucho más exagerado que la última vez que la había visto de cerca. Se le notaba incluso un poco el sujetador bajo el top. Sus tetas sugerían un tamaño importante para su complexión… Era imposible que aquel crío no tuviera una erección importante.

Su respuesta fue aun más áspera que mi pregunta: “Déjame en paz”. Lo dijo con un desprecio que rozó el asco.

Y se fue, en dirección a los servicios, dejándonos al chico y a mi allí plantados, en el medio.

Fui tras ella. Sobrio no lo habría hecho. La encontré haciendo cola para entrar en el baño. Algo colorada, como si la copa que había tomado se le hubiera subido por tres.

Intenté tranquilizarme. Pero me sentía celoso. Inseguro. Además me duraba el enfado por el polvo de la tarde. Sumado a que me daba la impresión de que ella estaba poniendo todas las reglas y yo ninguna. Ella aun no me había visto. Opté por esperar a que entrara y saliera del baño para abordarla. Así hice. La paré cuando salía e intenté enfocar el tema a que yo no conocía a nadie y que era normal que me hubiera parecido mal. María respondía con monosílabos. Ya se iba y yo, borracho, acabé por soltar lo primero que me salió, una de tantas cosas que llevaba dentro:

—Oye María, y dime una cosa, ¿Edu sigue en el despacho? —Tan pronto me escuché supe que no procedía en absoluto.

María se sorprendió, vaya si se sorprendió, pero no quiso explotar y respondió un seco:

—Sí, sigue.

—Es que no me cuentas nada —María de nuevo puso cara de querer matarme.

No respondía, y yo seguí, hasta me costaba vocalizar:

—Vale… y… aunque solo sea para no sé… bueno… que sabes que de la noche de la boda me quedan cosas por saber, ¿no? —No quise mirarle a la cara mientras se lo decía, pero ni podía ni quería parar.

—¿Qué? —respondió ardiendo.

—Que… cuando me fui a la habitación de Paula… —casi le gritaba en el oído por el ruido de la música— que os dejé a Edu y a ti y quiero saber qué pasó todo ese tiempo.

María me apartó un poco. La miré. Y no me dijo nada. Pero habría preferido que me hubiera mandado a la mierda, pues su mirada tuvo más fuerza que cualquier frase. Me clavó los ojos que destilaban una repulsión tan grande que me dejó sin respiración durante diez segundos…

Y se fue de nuevo sin decirme nada. La vi tan cabreada que la veía capaz de llamar a un taxi e irse sola para casa. Me fui al baño. Me miré en el espejo. Desaliñado, con mala cara. Aquello era una pesadilla. Me eché agua en la cara y volví a salir sin plantearme qué me encontraría.

Y lo que me encontré fue a María en la barra con aquel crío. Unos celos tremendos. Mucho mayores que hacía un rato.

Salí de nuevo fuera del local. No quise ni mirar si ella se reía con él o, si tras nuestra especie de bronca, estaba más seria con su insistente pretendiente.

Me senté en un portal, en frente. Cogí el móvil. Me dio por llamar al teléfono aquel desconocido, como me pudo haber dado por cualquier cosa. Nadie respondió.

Cuatro. Cinco. Diez. Quince minutos y María ni salía ni me llamaba. Cogí de nuevo el móvil para buscar el número de los taxis, para irme solo. Cuando mi novia me llamó. Sentí alivio.

A duras penas conseguimos entendernos: yo me quería ir y ella a regañadientes accedía a volver conmigo, pero me pedía que entrara a despedirme de la prima. Le dije que no, que iba llamando al taxi y me dijo que si no iba a despedirme que me fuera solo en el taxi.

No me quedó más remedio que volver al lugar donde había sentido más celos desde que conocía a María. La vi, con su prima, mientras el chico alto parecía haber cambiado de objetivo. Paranoia o no, María, sujetando una botella de agua, le miraba de reojo, quizás decepcionada porque su pretendiente no solo tuviera ojos para ella.

Me despedí de la prima y le pedí la botella de agua a María que, ya a simple vista, parecía estar en un plan bastante más amistoso.

Nos quedamos callados un momento. Joder, estaba imponente. Algo sudada, con su pelo alborotado, cayéndole un poco por un lado de su cara… su pinta de pija treintañera entre tanto buitre imberbe… su culo embutido en aquella fina tela blanca… Nos miramos… y comencé a beber de su botella.

—No me acabes el aguaa… —dijo graciosa viendo que yo no iba a dejar nada. Sentí de golpe un amor enorme por ella.

Nos abríamos paso entre la gente, yo delante y ella detrás, cuando conseguí salir me di cuenta de que la había perdido. Llegué a mi conocido portal de enfrente y llamé a un taxi. Mientras lo esperaba vi salir a María escoltada por aquel chico que la seguía haciendo reír, pero que se quedaba en la puerta, dispuesto a volver a entrar. Haciéndole una súplica forzada parecía pedirle dos castos besos de despedida, que María de nuevo riéndose bastante accedió a regalarle.

María llegó junto a mí y no le dije nada del chico, ni ella tampoco. El taxi llegó y en el trayecto yo me sentí aliviado. Una tranquilidad que yo no conocía, una especie de tranquilidad post celos que me hizo renacer.

Llegamos al portal de nuestra casa y, mientras María metía la llave, yo la ataqué por detrás. Puse mis manos en su culo y lo acaricié con algo de fuerza. Ataqué su cuello y ella llevó su mano hacia atrás. Me había activado de manera meteórica. Empujé con mi pelvis contra su culo y llevé mis manos a su top. Agarré sobre la seda, sobre cada teta, al tiempo que la volví a empujar con la cadera, aplastándola un poco contra el portal. Le mordí el cuello forzando un “ayy” más mimoso que encendido.

Llegamos al ascensor y llevé mis manos a su cuello y besé y casi lamí sus labios por fuera, antes de introducir mi lengua en su interior. Un segundo beso, largo… y ya habíamos llegado a nuestra planta. Colé mis manos bajo su camiseta y acaricié las copas de su sujetador…

—¿Sabes qué? —le susurré en el oído.

—¿Qué… ? —respondió melosa, entrando más en mi juego.

—Que te voy a follar…

—¿Ah sí?

—Sí… Sí… yo te voy a follar y ese crío se va a hacer una paja… —le susurré bajando las manos a su culo y empujando con mi entrepierna hacia la suya…

Nos magreábamos en aquel ascensor con las puertas abiertas. La besaba con deseo, casi con rabia, le tiraba de su labio inferior con mis labios y mis dientes. Le sobaba las tetas como podía por encima de la ropa… hasta que llegué a colar una de mis manos bajo su pantalón, por delante, por debajo también de sus bragas, comencé a notar su vello recortado y rizado… me dispuse a notar el tacto de sus labios blandos y húmedos, pero me encontré con un tacto más firme y adverso. Aquello no me desanimó y comencé a separar sus labios poco a poco.

—Te voy a follar… María… —le dije en su oreja, mientras besaba su cuello con delicadeza y abría camino abajo con mi dedo corazón.

—Te voy a follar… y te voy a insultar… como me pediste aquella vez… Es lo que quieres, ¿no?

María no respondía, pero llevaba las manos a mi culo y me mordía el lóbulo de la oreja mientras me escuchaba.

Entramos en casa, en el salón. María se deshizo del bolso y de su chaqueta y yo la besé con furia y la hice sentar en sofá. Me abrí los pantalones, de pie frente a ella, y me los bajé junto a los calzoncillos, con seguridad, mostrando mi pene completamente erecto.

Desde mi posición veía más de la mitad de las teta de María y pensé en el homenaje que se había dado aquel crío. Aquel pensamiento me excitaba. Pero él nunca se las vería y yo sí. Comencé a masturbarme frente a ella. Me sentí pletórico.

—Quieres que me corra sobre ti, ¿eh? Como me pediste aquella vez… —le dije empalmadísimo, a punto de explotar, borracho y muerto de morbo y deseo. Estaba tan caliente que me temblaban las piernas. María, sentada frente a mí, no acababa de animarse a seguirme.

—Como me habías dicho… “en mi cara o en mis tetas”… ¿No? —dije pajeándome rápidamente— Pues en tu cara… quiero en tu cara… Me corro en tu cara y después te follo con calma… —dije sin dejar de mirarla.

María se acercó un poco, sentándose en la punta del sofá, y me ofreció su cara.

—Joder… María ¡dios…! es que no puedo más… sácatelas… ¡sácate las tetas!

Mi novia, por petición mía, o para no manchar su ropa, se bajó los tirantes del top negro y del sujetador, y tiró de ambos un poco para abajo y dejando que sus preciosas y enormes tetas desbordaran ambas prendas, saliendo a la luz unas tetazas espléndidas con unos pezones extensos, cargando dichos senos con todo su peso sobre el sujetador y su camiseta, que aplastados parecían querer quejarse de semejante abuso.

María con las tetas fuera, y su cara erguida, me ofreció su cara para que la manchara.

La miré. Miré su cara, sus ojos cerrados… me pajeaba con más fuerza. Tenía toda la punta empapada y me corría pre seminal por los dedos haciendo que sonara aquel ruido húmedo de mi piel adelante y atrás a toda velocidad… Ella llevó sus manos a sus pechos, recogiéndolos y separó sus piernas, para evitar que le manchara el pantalón, me ofrecía toda su carne, su cara su escote, sus tetas enormes… sus areolas sus pezones. Visionaba una corrida enorme sobre su cara, visionaba múltiples chorros calándola entera, su cara y sus tetas bañadas… Y sentí entonces mi clímax venir… y un chorro espeso salió disparado… aterrizando en su mentón… y me seguí corriendo, pero el líquido blanco que salía de mí no era lanzado si no que resbalaba, resbalaba por entre mis dedos y María abrió los ojos al no notar más impactos. El chorro que había llegado a su barbilla se convertía en una estalactita que colgaba, casi hasta tocar con sus tetas, mientras más líquido blanco se desprendía de mí, pero se negaba a impactar con María.

Apenas había soltado nada… Solo un pequeño chorro había sido lanzado y mi mano y mi pequeña polla impregnada. Nada más. Haberme corrido hacía unas horas no había ayudado. Me retiré un poco. El único hilo de semen que había llegado a María acabó cayendo, goteando, hasta aterrizar entre sus tetas.

Ella, sin decir nada, se puso en pie con cuidado, llevando una de sus manos a la zona manchada para que no se escapara de allí, y se fue al cuarto de baño.

Me vine abajo. Aquello había sido otro desastre. Un calentón propiciado por unos celos desorbitados. Y una seguridad, incluso bravuconería, y un ego ficticio, originados únicamente por el alcohol. Todo aquello había desembocado en una paja cutre sobre María que no se merecía aquello.

Tardé en recomponerme. Me daba hasta vergüenza ver a María. La vuelta a la realidad era durísima. Escuché como se iba del cuarto de baño al dormitorio. Fui entonces yo al servicio y una vez allí hice algo de tiempo antes de ir al dormitorio donde descubrí que ella ya estaba con el pijama puesto.

—¿Has acabado en el baño? —me dijo en tono agradable, más agradable de lo que yo merecía.

Desde luego no estaba en el ambiente hacer el amor después de aquello.

A los cinco minutos estábamos metidos en la cama, con la luz apagada. Entonces, el móvil de María, que estaba sobre la mesilla, se iluminó, ella lo miró durante un momento y después le dio la vuelta.

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