ALBERTO MORENO

(Madrid, Paseo de la castellana,centro Azca)

 

El puesto de perritos calientes parecía un Zepelin, por sus formas redondas y el color de su chapa brillante.

¿Sería un meteorito de plata?

También podría ser un torpedo o un Nauthilus en miniatura.

En realidad se asemejaba más a un vagon de tranvia provinciano.

Estaba varado en la explanada que los edificios espectaculares de la City financiera de la ciudad habían respetado como zona pública. Allí desembocaba una boca de metro y en el lado norte de la plaza, le circundaba el Gran Almacen.

Algunas palomas picoteaban minucias en su suelo y el trasiego de gente era constante.

El vagon plateado mostraba un tajo transversal y la corteza rebanada hacia arriba, proveía una visera horizontal que servía de voladizo protector de sol o lluvias advenedizas.

Un mostrador de inusitada altura, comprové que llegaba a mi barbilla, separaba al empleado que había en su interior, de los clientes.

¡-Un perrito caliente, una cerveza y una ración de patatas!

¡¡-Una hamburguesa con mostaza y una coca-cola!

El puesto, a las dos de la tarde,de aquel trece de febrero, rebosaba de oficinistas jóvenes del entorno.

Cuando retiraban del mostrador la comida en un plato de cartón blanco se acomodaban en unos taburetes metálicos que circundaban unas mesitas minúsculas, redondas,de aluminio, como el color del vagon.

Habría como seis o siete y cada una albergaba a cuatro o cinco comensales.

Yo estaba alli por primera vez. Tambien habia pedido un perrito caliente y con mi dentadura postiza, encaramado a un taburete me las veia y me las deseaba para morder aquella vianda. El bollo de pan y la salchicha eran demasiado voluminosos para mi boca.

Mire el extremo de la plaza, hacia el lugar que terminaba o empezaba esta. El suelo ofrecía una leve bajada o una leve subida si se acercaba o se alejaba uno al Zeppelín.

Mis ojos quedaron prendidos en un transeúnte que subía encorvado, apoyando sus manos en las rodillas de sus piernas y cuyos pasos, lentos, trabajosos, le hacian avanzar con gran trabajo.

Parecia un combatiente herido de metralla en un estallido no previsto.

El hombre seguia avanzando hacia el Zepelin.

Le reconoci.

Era Cesar da Silva y Azunsao.

Un mendigo envejecido por la droga y el sida. Solo tres años antes, mostraba un aspecto sano. Cuando pedia en el semaforo contiguo, era un muchacho espigado, delgado, rubio, con cara noble. Al detenerse los coches se acercaba, te miraba y no pedia nada, pero su mirada te enganchaba, introducias la mano en el bolsillo y le entregabas unas monedas.

Aquel mediodia, Cesar, no podia con su alma. Consiguio llegar renqueando. Se dirigio a la parte trasera del Zepelin, se acercó al bidon de los desperdicios y sus ojos portando el horror de su propia muerte, que sabia inminente, en el recodo de una noche cabrona, venidera, o en el amacer de su ultimo dia.

Aquellos ojos, también llevaban prendida, el hambre desganada y antigua, su estómago empequeñecido, solo era capaz de engullir uno o dos bocados a lo sumo.

Miro los restos de comida que la gente tiraba.

Un plato con unas patatas fritas llamo su atencion. Fue a introducir

la mano cuando el pirata, el hombron que despachaba detras del mostrador, con aquel pañuelo anudado a su cabeza rapada profirio tres gritos desaforados,

La mano de Cesar quedo suspendida en el aire, congelada.

No supo volverse, parecia un garabato mal dibujado, las piernas encorvadas eran dos alambres indemnes. La cara desencajada. El alma, estallada en diez mil átomos de angustia.

El hombron remató a su victima escupiendo mas metralla:

-¡¡Fuera, te he dicho!!.

Los comensales de las mesas minusculas que rodeaban el zepelin, como espectadores de una pelicula de horror, se quedaron mudos, el grito del pirata habia sido de una crueldad inusitada.

Dos instantes despues, en medio del silencio que presidia la escena, una muchacha diminuta, como una pimienta o una brizna de azafran, bajo de su taburete, se dirigio a Cesar da Silva y Azunsao, le tomo la mano con una ternura indiscreptible y le condujo , al banco de cemento contiguo a su mesa. Con voz queda, como si fuera un susurro, se dirigio a él:

-¡¿Que te apetece comer?, la pregunta la volvio a formular tres veces, Cesar no conseguia despegar sus labios. Estaba profundamente aterrado .

La insistencia de la chica, al final tuvo exito.

-¡¡Un….un perrito caliente!!.

La muchacha se dirigio al mostrador, sus ojos fieros, milenariamente fieros, le pidio al pirata,  a cámara lenta,mascando sus palabras,-¡¡ un perrito caliente para el señor!!.

El silencio se hizo mas espeso, todos miraban a la muchacha, su cara, apenas alcanzaba el mostrador.

El pirata paracia haber encogido, su aspecto de hombron ya no era tal, diligente se dirigio a la plancha, extendio una salchicha.

Era incapaz de mostrar su cara. Sus espaldas permanecieron gachas, decaidas, todos los minutos que tardo la salchicha en ser un perrito caliente.

-¿La quiere con mostasa o ketschut?. La muchacha inquirio a Cesar, ¿Como la quieres?.

-¡¡con molho de tomate!!, acerto a contestar,

Cuando Berta Montañez volvio con la comida al banco de cemento, los ojos de Cesar habian recobrado la mirada de un ser que habia perdido el miedo.

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