XAVI ALTA

 

Cuatro amigas

Como tantas otras veces, habían quedado a la salida del Metro de Zona Universitaria. Era una ruta que tomaban a diario, mañana y tarde, para ir y para volver, de casa a clase y de clase a casa, pero esta vez la hora de encuentro era a las 11.30 de la noche.

 

Uno de los hábitos más extendidos entre los jóvenes universitarios es asistir a todas las fiestas que los alumnos celebran bajo ese epíteto: universitarias. Todas las carreras tienen las suyas, así como todas las facultades. La temática de las mismas es lo de menos. Para celebrar el inicio del curso, por ser Halloween o la Castañada, Navidades o Pascua. Cualquier excusa es buena con tal de pasarlo bien, conocer alumnos de otras carreras y abstraerse de las obligaciones académicas.

 

A primeros de octubre, cada año, la que daba el pistoletazo de salida a todas las celebraciones que depararía el curso era la Fiesta de la Facultad de Veterinaria. Tradicionalmente se celebraba al aire libre, en los campos de fútbol anexos a la propia universidad, ya que el clima de principios de otoño solía acompañar. Al menos así había sido los últimos tres años.

 

Las cuatro amigas se reunieron en el punto de encuentro. Únicamente Paula llegó a la hora. Tres minutos antes para ser exactos. Vanesa se presentó diez minutos después que su amiga, con Verónica pisándole los talones. Yolanda, como de costumbre, fue la última en aparecer.

 

También se repitió la costumbre de que Paula se molestara ligeramente por la impuntualidad de sus amigas, pero no quisiera demostrarlo, que Vanesa fuera la única en disculparse por llegar “un pelín tarde”, que Verónica no considerara en ningún momento haber sido impuntual o que Yolanda estuviera absolutamente convencida que existía una especie de confabulación cósmica que le impedía cumplir cualquier compromiso horario.

 

El modus operandi de las cuatro amigas siguió el protocolo previsto. El mismo que habían practicado los primeros dos años de carrera universitaria. Un chupito bien cargado en el bar Arlequín, detrás de la Facultad de Químicas, antes de entrar en la fiesta. Con ello lograban dos objetivos. Por un lado, un trago de tequila barato. Por otro, llegar a destino cuando el ambiente ya estaba “en su punto”, como decían ellas.

 

Había un tercer motivo, imbuido por Verónica que únicamente Paula había sido capaz de captar de buen principio: el ambiente decadentemente morboso de aquel lugar. Prostitutas y transexuales que trabajaban en la zona se mezclaban con algún oficinista despistado, obreros cansados y otros especímenes pertenecientes al grupo de patéticos hombres solitarios. Vanesa y Yolanda solamente veían un bar cutre, o sea barato, donde tomarse el primer chute de alcohol. Los 8€ que pagaron por las cuatro consumiciones eran lo mismo que les costaría una sola copa en la fiesta. Y las miradas de envidia de las putas y de lascivia mal contenida del barman y de algunos clientes les parecía un sobreprecio asumible. Solamente a Paula la incomodaba. A Verónica, en cambio, la ponía a tono.

 

Por tercer año acudían a la Fiesta que inauguraba el curso escolar. Y por tercer año la fiesta no las decepcionó. Reencuentros con conocidos de otras carreras, bailes con compañeros de facultad, tonterías divertidísimas que les hacían perder el mundo diario de vista. Una fiesta con todas las letras, vamos.

 

Y chicos. Muchos chicos. Guapos, feos, simpáticos, antipáticos, fáciles, inaccesibles, solos, acompañados, en grupo, individualistas. Todos los perfiles humanos de entre 18 y 30 años estaban representados en aquella jauría.

 

Y chicas, claro está. Competencia, según la visión de Verónica o Vanesa. Un incordio, a ojos de Yolanda. Compañeras, para Paula.

 

A las tres horas de haber entrado en el recinto, solamente Verónica y Paula seguían juntas. Habían bailado con varios chicos. Las habían invitado y se les habían insinuado, los más prudentes, propuesto, los más audaces, hacer de todo en cualquier rincón, coche o parque exterior cercano a la fiesta. Pero los habían ido rechazando según les habían ido entrando.

 

Vanesa y Yolanda, en cambio, hacía bastante rato que habían desaparecido. Digamos que su listón de exigencia ante la confraternización era sensiblemente más bajo que el de sus compañeras.

 

El primer año, en las primeras salidas conjuntas, Paula se había preocupado por ellas. Había incluso intentado encontrarlas para llevarlas a casa, mientras Verónica le decía que lo dejara estar, que no les hiciera de madre. Pero en seguida se dio cuenta que no valía la pena. Yolanda era la que más le preocupaba. Vanesa sabía cuidar de sí misma, aunque le costara muy poco acabar desnuda con un tío entre las piernas. Pero Yoli perdía el control muy deprisa. Le gustaba beber, fumar canutos y, alguna vez, había esnifado coca. Y los depredadores, que normalmente ya acechan en cualquier esquina, se multiplican de noche.

 

A las 5 de la madrugada se encendieron las luces del campo de futbol. Señal inequívoca de que la fiesta había terminado. Aún así, sería necesaria más de media hora para desalojar el recinto. Paula y Verónica, sudadas de tanto bailar, contentas por un puntito de alcohol de más, pero cansadas, se dirigieron hacia la estación de metro a esperar a las dos díscolas amigas.

 

Vanesa no llegó, esta vez. Respondió al mensaje de texto de Paula avisando que no la esperaran. “Me llevan a casa”. “¿Cuántos?”, pensó ésta al leer el mensaje, pero se abstuvo de verbalizarlo.

 

Yolanda sí apareció. Sobre las 6 y cuarto, colgada del brazo de un tío más colgado que ella. Rimmel corrido, su media melena rubia de raíces negras desmadejada y los botones de la minifalda escocesa mal abrochados. Se despidió del “rollo” con un pico en los labios y un gesto con la mano entre infantil y cómico, mientras balbuceaba alguna palabra inconexa que Paula supuso que era el nombre del tío, pero que podía significar cualquier cosa. Verónica, en cambio, estaba convencida que Yolanda ni se había preocupado por conocer su nombre.

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