CAPITULO 5.

Me desperté y leí un mensaje que me acababa de enviar María. Si lo que yo le había escrito de noche había sido cariñoso, lo suyo aun más. Sentí un profundo amor por ella que me hizo sentir extrañamente bien y, lo que era aun mejor: lo que se desprendía de lo allí escrito era un amor recíproco.

La atmósfera de aquel domingo por la mañana, solo en nuestra casa, me tranquilizó. Miré el reloj, eché unas cuentas rápidas, justo habían pasado dos semanas desde que me había despertado con los pantalones en las rodillas y María diciéndome que nos fuéramos de la habitación de Edu. Justo dos semanas. Muy poco para recuperarse de semejante shock, muy poco para tomar decisiones drásticas.

La opción de Germán que primero había desechado quizás fuera la más acertada: no hacer nada. Pero con un matiz, y ese matiz era confiar en que todo volviera a ser como antes, que el problema desapareciera poco a poco, mi bloqueo, mi sentimiento de inferioridad, mi ego herido. Quizás fuera mera cuestión de tiempo recuperarlo.

María no volvió el lunes, si no que lo hizo el domingo de noche, cosa que, según dice, hace cuando me echa más de menos. No estaba errado mi amigo cuando me había dicho que nuestra relación era perfecta a excepción de aquel elemento sexual; llevábamos ya cinco años de novios y seguíamos enamorados como al principio. Si de una cosa estaba seguro era de eso.

Esa noche hicimos el amor, y ya noté en ella un cambio. No sobre actuó, al menos no me dio la sensación de que lo hiciera tanto. Y no buscó en mi a un semental que la hiciera perder la razón. No buscó un polvazo agresivo que la matara a orgasmos. Fue un polvo normal, de una pareja estable, si bien es cierto que le costó correrse y lo acabó haciendo con ayuda de sus dedos sobre su clítoris, sin duda prefería eso a que me sometiera a semejante estrés. ¿Era aquello suficiente? No. Ni para ella ni para mí, pero al menos ponía un poco de paz y calma.

Pero pasaron los días y nuestros encuentros sexuales se fueron espaciando. Yo intentaba seguir con mi plan, que consistía básicamente en no cagarla más y en respetarla a ella. En no escribirle ni a Víctor ni a Edu, ni preguntarle a María por él. También me mantenía firme en cumplir la promesa de no pensar en Edu al hacer el amor con ella.

Mi deseo por María no había decaído. Jamás. Si bien era cierto que lo vivido con Edu era otro mundo. Si mi deseo por María era un nueve sobre diez, lo vivido con Edu había sido un veinte. Pero, a medida que pasaban los días, empezaba a temerme que si el deseo de María por mi siempre había sido un siete ahora estuviera rozando el suspenso. Eran cábalas, o no tan cábalas y quizás había indicios suficientes… nuestros actos sexuales se tornaron mecánicos por su parte, siendo yo casi siempre el que la buscaba. Empezaba a preocuparme.

Una noche de ese ya mes de noviembre María llegó a casa y nada más entrar volvió a salir para bajar la basura. Pasaron los minutos y no volvía, cosa que me extrañó. Me asomé a la ventana y la vi hablando con un vecino. Un chulo putas cuarentón que tonteaba con cualquier mujer que oscilase entre los veinte y los cincuenta años. Los vi. Los vigilé. María se reía. Él la hacía reír, a pesar de que, que yo supiera, no tenían apenas trato. Y se me encogió el corazón. Y si… ¿y si ella acabase encontrando a alguien que le diera todo? ¿Y si encontrase a alguien con quien congeniar, amar, reírse y además fuera un buen amante? ¿Y si el problema sexual no fuera un compartimento estanco y acabase devorándolo todo?

Pasaron los días y yo me acabé cansando de ser yo quién la buscara. Quise que fuera ella la que fuera a por mí para hacer el amor. Cuatro, cinco días y nada. Seis, siete días y nada. A partir del tercer día yo me masturbaba en la ducha y para correrme pensaba, o más bien recordaba, todo lo sucedido en la habitación de Edu. Me corría recordándola empalada por aquel chico, recordando sus gritos que se oían por toda la planta del hotel… Después me preguntaba si ella también se masturbaría para calmarse. También me preguntaba, me martirizaba pensando si tan poco me deseaba ya, si mi polla le había comenzado a producir rechazo al compararla con la de Edu, si el sexo conmigo le producía repulsa una vez había experimentado un sexo no sé cuantos peldaños por encima.

Llegó el décimo día y la racha se cortó. Ella la cortó. Pero, para cortarla así, habría preferido seguir con nuestra abstinencia.

Era sábado, había salido a correr por la mañana, y, al coger la ropa de deporte, como siempre, había visto la chaqueta de Edu colgada. Seguía sin entender por qué no se la devolvía. Por ella, por la chaqueta, deducía que él seguía trabajando en el despacho.

Comimos en casa, algo tarde. Por la noche teníamos que ir al cumpleaños de una prima de María, con la cual no tenía mucha relación, pero cumplía treinta y le habían preparado una fiesta sorpresa. Un cumpleaños para el que se había abierto el abanico de invitados de manera especial.

Tumbados en el sofá yo me estaba quedando dormido, viendo una película tediosa en la televisión. María parecía tan amodorrada como yo, cuando me sorprendió acercándoseme, pegándoseme. Pronto sentí un beso en el cuello y pronto mis labios fueron atacados. María, en apenas veinte segundos se había subido encima de mí.

Yo en camiseta y calzoncillos y ella aun en pijama, en uno negro de pantalón y chaqueta, como si fuera de chico y textura como de satén, un pijama a la vez elegante y morboso, aunque nada que ver con sus camisones de verano. Dos, tres besos. Su lengua en mi boca. Los sonidos de los besos se hicieron sonoros. No me decía nada, no nos decíamos nada. Se deshizo de mi camiseta. Puso sus manos en mi pecho y besó mi cuello en un ronroneo. Yo me dejaba hacer, aun sorprendido: no hacía ni un minuto estábamos separados y a punto de quedarme dormido.

María entonces se puso en pie y me quitó los calzoncillos. Salió a la luz mi pene flácido, que ella no miró. No se por qué, se giró un poco hacia la tele, como si le interesase de golpe una película a la que ni le estaba prestando atención previamente. Se quitó entonces el pantalón de pijama y las bragas, que cayeron al suelo.

Se giró de nuevo hacia mí y se sentó a horcajadas. Llevó una de sus manos a mi miembro, lo sujetó con fuerza, lo cubría entero con su mano, retiró la piel hacia atrás, una vez, hasta el final, con precisión quirúrgica, y comenzó a masturbarme lentamente. Con la otra fue a tocarse a sí misma. Me masturbaba a mí y a ella a la vez. Echaba su pelo hacia un lado y a otro de su cabeza, como con un tic. Yo le buscaba la mirada, y a veces la encontraba y a veces no. Yo quería conectar, pero ella voluntaria o involuntariamente me lo impedía.

La paja se hizo más fuerte, tanto la que me hacía a mí como la que se hacía a ella. Su melena seguía de un lado a otro cada pocos segundos. Una vez tuvo todo el pelo cayéndole por la espalda pude atisbar claramente como sus pezones atravesaban la tela negra, llevé mis manos a sus botones y ella me lo impidió.

—Quiero que aguantes. —me dijo en un susurro, dándome a entender, no sin razón, que si liberaba sus pechos y me ponía a acariciarlos o a besarlos el polvo duraría muy poco. Era la primera frase que me decía.

María no tardó en detener ambas pajas y montarme. Se sentó sobre mi miembro de forma tremendamente mecánica. Al ser penetrada solo hizo un pequeño sonido ahogado, no llegó ni a abrir la boca para soltar aire, para soltar placer… Llevó sus manos a mi pecho. Me miró. Esta vez sí me miró y comenzó a follarme lentamente, moviendo su cadera adelante y atrás. Yo llevé mis manos, cada una a una de sus nalgas, que las noté frías, y dejé que me cabalgara al ritmo que ella quería.

Estuvimos así tres o cuatro minutos, hasta que ella llevó una de sus manos a su clítoris y echó su torso un poco hacia atrás. Ladeaba la cabeza y se frotaba con una mano. Comenzó a suspirar, llegó a gemir un poco más alto… un minuto más, o ni eso… un “mmm”, después otro “mmmm” con los ojos cerrados, echó su cabeza hacia atrás, toda su melena hacia atrás, sus pezones durísimos queriendo explotar, queriendo salir de su pijama, su mano frenética sobre su clítoris, su cadera haciendo movimientos, duros, secos, adelante y atrás y un tercer “¡mhhmmm!” que culminó su orgasmo.

Se quedó quieta. Extasiada. O más bien aliviada. Unos segundos hasta que recuperó la compostura. Y se acordó de mí. Se acordó de mi y comenzó a mover su cadera, esta vez arriba y abajo. Pensé sinceramente que aquel cambio de arriba y abajo en vez de adelante y atrás no era para darme más placer, si no para hacerme terminar. Y es que me miraba, pero no estaba conmigo. Me montaba en aquel sube y baja de poco recorrido, para no salirse, conociéndome, conociendo mi deficiente polla.

Ella misma, mientras me cabalgaba lentamente, se abría los botones de la chaqueta y me ofrecía sus tetas que caían enormes por su torso, relucientes, colosales y orgullosas hacia adelante, con unas areolas extensas que ocupaban gran proporción de sus pechos. Sus pezones daban la impresión de no estar tan duros. María me mostraba sus pechos para acabar, para que yo acabara ya. Y soltó unos “ufff” “dioos” al tiempo que echaba de nuevo su cabeza hacia atrás, y yo, creyéndola o no, no pude evitar comenzar a convulsionar. Mis manos fueron a sus tetas, las apreté con fuerza y ella esbozó un “Mmm… eso es…” sin dejar de cabalgarme y yo, chorro a chorro fui inundándola, llenándola, en una mezcla de placer y desazón difícilmente descriptible.

Cerré los ojos y dejé caer mi cabeza hacia atrás. Sentía como ella se salía de mí e iba a asearse. Seguía con los ojos cerrados cuando volvió y me limpió con papel higiénico mi pequeña polla que ya sentía recogida.

María se sentó de nuevo en el sofá, en su sitio. Todo había ocurrido en apenas diez minutos. No había sido un polvo, habían sido dos orgasmos, uno y otro, individuales, y María me había montado como se podría haber montado en un frío consolador.

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