ALBERTO MORENO

 

Vi su cabeza por encima del coche mal aparcado delante del Gran Almacén.

Me separaban como cien pasos.

Su barba blanca, su pelo gris hirsuto y sus ojos que retenían un miedo viejo, me recordó al profeta Jonas recién salido del vientre de la ballena.

Solo se divisaba su cabeza. Continué acercándome

Entonces me llegaron las notas de su acordeón.

Al vadear yo el coche, él estaba sentado en una silla baja,  una caja de cartón en el suelo,  recogía las monedas de la gente. Sus manos de dedos gordezuelos, mugrientos, se deslizaban por unas teclas de nácar amarillento, que expandían en derredor las notas románticas de una polska azucarada.

El noviembre avanzado, los neones del gran almacén y la noche recién iniciada, traían reminiscencias de navidad.

Hacia frio.

Una señora, en edad procelosa, se inclinó levemente y depositó unas monedas en la caja de cartón. A la par y de forma invisible, unos acordes de la música, quedaron prendidos en la solapa de su abrigo. Eran como unas motas inocuas de polen, de un gineceo macho.

Dos pasos después, suspiró. El fantasma de algún recuerdo lejano se había instalado en su memoria.

Me acerqué en un impulso irreflexivo y deposité un billete de 5 euros. Se levantó y sus ojos me premiaron con una sonrisa magnánima. Su rostro de hombre bueno, me marcó.

Ninguna palabra, solo la sonrisa, la mirada y la música.

Las puertas del gran almacén me engulleron.

Así conocí a Bowska Canfga.

———-

Por entonces yo sufría ya la adicción a la compra compulsiva. Iba a los grandes almacenes tres y cuatro veces a la semana. Mi oficina estaba en sus alrededores, apenas, diez minutos a pie.

Cuando me divisaba, me perseguía con la mirada, yo le pedía una pieza y él de inmediato me complacía. El billete de cinco euros lo reduje a dos monedas metálicas. Seguía siendo, no obstante, una buena propina.

Transcurrieron los meses.

Una tarde de primavera, yo me sentía exultante.

Había quedado con Rovina a las seis, frente a la puerta del gran almacén. Nos habíamos conocido la semana anterior. La luna de miel estaba en apogeo total.

Al acercarse, en otro impulso irreflexivo, -mi carácter está lleno de impulsos irreflexivos-  la tomé por el talle y la invite a bailar. Estábamos en la gran acera, de la entrada principal del Gran Almacén.

Bolwska cambió la pieza e inició una melodía nueva, más bailable. Rovina, azorada me seguía. Al pinzarle la cintura con los dedos de mi mano y sentir la presión, se soltó, sacudió su melena hacia atrás y comenzó a bailar de forma lasciva, cimbreante. Yo me contagié. Nos mirábamos con una sonrisa de complicidad casi perfecta. Otra pareja se sumó a la pista improvisada.

Instantes después eran cinco, o más. El momento mágico había prendido en las personas. Por un instante, en las riadas de clientes del Gran Almacén, había nacido la poesía.

La magia de su interior con sus infinitas maravillas, había sido eclipsada.

Bolwska sonreía y tarareaba la canción a media voz: se sentía feliz. Su caja de cartón se llenaba de monedas.

A Rovina y a mi nos engullo de nuevo la puerta acristala de la tienda.

Transcurrió el tiempo, llegó el calor del verano.

Para entonces yo sabía ya  que Bolwska era búlgaro, estaba ilegal y se ganaba la vida con la música. Procedía de Braskia, cercana a la vecina Grecia. Tenía poca instrucción, había trabajado en el campo. El pope de su parroquia le había enseñado a tocar el acordeón, a destilar aguardiente de higos y a rezar.

Había estado en Italia, donde compró el instrumento. En Francia, aumentó su repertorio. Verdad o fábula, sus conciertos los prodigaba en la orilla izquierda del Sena.

———

Una tarde, su sitio estaba vacío.

No le pude encontrar, me extrañó. La ausencia se prolongó varias semanas.

Me dirigí a Maliam su socio que compartía el espacio de la gran acera. Ojo avizor a la puerta de salida, si divisaba una persona cargada con bolsas de compra, se ofrecía raudo a transportarlas. Luego, cargado con ellas, recorría los veinte pasos que separaban la parada de taxis. Les abría la portezuela y extendía solicito la mano.

Era otra forma de ganarse la vida. Maliam era mucho más joven que Bolwska, apenas tendría treinta años.

En los descansos de sus conciertos, solía tocar de seguido media hora a lo sumo, Bolwska se levantaba y se ponía a hablar con su paisano. Apoyado en la barandilla metálica que separaba la fila de taxis de la gran acera, con las manos cogidas al filo superior, miraba con ojos turbios un punto inexistente en el horizonte y comenzaba la charla.

Parecía estar en la cubierta de un barco varado en puerto, que no navegaba y que solo su pensamiento, sabe dios, por donde iba.

– ¿Has visto al cabrón del taxista?,- me ha llamado cerdo emigrante, decía Maliam.

– ¡Da igual!, contestaba Bolwska.

– ¡Cuánto llevas?.

– ¿Y tú? Una mierda contestaba siempre Bolwska. Cada vez dan menos estos espaniakos.

Luego cada uno volvía a su tajo.

-¿Dónde está Bolwska?.Pregunté de nuevo a su amigo.

Maliam me miró fijamente, se demoró. Por su garganta, desde algún lugar profundo, las palabras subieron a su boca, quebradas. No hablo mucho.

-¡Bolwska murió hace cuatro semanas!!.

El relato que siguió fue breve.

Los viernes por la noche tocaba en la Paloma, un bar de gente pobre, entre las diez y las doce. Los parroquianos son emigrantes, cada uno le pide música de su tierra.

Al filo del cierre, entraron unos camisas negras, despechugados, ebrios y le ordenaron tocar un “Cara al Sol” trasnochado, rancio. Lo tatareaban todos con voces violentas, desafinadas.

Bolwska contestó no conocer la pieza.

¡Toca!!, cerdo emigrante, toca o te corto los cojones!!

¡¡ Mis cojones son demasiado gordos sucio fascista!! Bolswka pronunció la frase sin subir la voz, sosegado, tranquilo, con el valor ancestral de un gladiador, a la par que siguió tocando la pieza que el emigrante de los Andes le había pedido.

El grupo le arrebató el acordeón, la tiraron al suelo, la pisaron y el jefe en un alarde de mala leche mamada de su puta madre, desenfundo un machete asesino y le infringió un tajo mortal en la yugular.

Bolwska, se desangró caído en el suelo sucio del bar. Los asesinos huyeron en la noche de boca de lobo de la ciudad.

Malian no dijo más.

Permanecimos en silencio un infinito de segundos. Yo le miraba y veía mis propios ojos cargados de horror. La saliva había desaparecido de mi boca.

No podía hablar.

Maliam puso su mano en mi hombro o fui yo quien puso la mía en el suyo. Estábamos abrazados, sollozando, en la gran acera del Gran Almacén, rodeados de las riadas de clientes que escupía y engullía su puerta principal.

Dos semanas después, Maliam me envió un voluminoso paquete a mi oficina.

Lo abrí.

Era el acordeón de Bolwska. Alguien lo había reparado, viejo todavía, con sus teclas amarillentas pero listo para expandir las notas azucaradas y tiernas de las piezas de mi amigo.

Han pasado dos meses. Ahora tomo clases de música. Soy un negado, los progresos son nimios, pero he jurado que aprenderé a tocar alguna polska, aunque se gasten mis dedos en el empeño.

 

-Fin-

 

 

 

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