XAVI ALTA

 

-Quiero que te largues.

Gunilla se me queda mirando fijamente, estática, con aquella inquieta cabecita que tanto me harta trabajando a mil por hora. O a diez, no lo sé, porque tarda en reaccionar.

-No lo dices en serio. –Se da la vuelta para coger su chaqueta del perchero del recibidor, se cuelga el bolso, me da un rápido beso en los labios y sale por la puerta como si nada hubiera ocurrido.

¿Qué tengo que hacer para que me haga caso?

Ayer por la noche, cenando, reaccionó igual. Incrédula, como si no fuera con ella. Pero he llegado a un punto de no retorno, no puedo más, no la soporto más. Es buena chica, mejor dicho, es una buena mujer, pero ha llenado el cupo. Sé que no soy justo con ella, que no se lo merece, pero estoy siendo honesto.

Por primera vez en mi vida, estoy siendo sincero con una mujer.

***

Ha llegado a las 6, como cada tarde, canturreando no sé qué canción de moda, una de aquellas baladas empalagosas que tanto le gustan. Me ha dado un beso, ¿qué tal tu día cariño? ¿cómo te encuentras hoy? ¿has hecho los ejercicios de rehabilitación? y se ha adentrado en la cocina para preparar otro de sus espectaculares guisos.

A las 8 en punto, como cada día, la cena estaba a punto. Me ha servido una ración irracional de fetuccini com gambas mientras me contaba su jornada en el hospital, que si el doctor no sé qué, que si la enferma de colon, que si una compañera se va de vacaciones a Mali, que si…

Que te calles, he pensado, hasta que he vuelto al único tema que me interesa hablar con ella.

-¿Cuándo te vas?

-¿Cómo quieres que me vaya? –ha preguntado divertida, como si fuera un crío soltando alguna sandez. –Nunca abandonaré a mi chico, menos estando aún convaleciente de la cirugía. ¿Te gustaría ir a Mali en verano?  Está un…

-Quiero que te largues Gunilla y lo digo muy en serio.

Por más directo, brusco, seco que soy, no quiere entender. Es como hablar con una pared. ¿Qué tengo que hacer? ¿Hacerle daño? No me refiero a físico, obviamente, emocional, algo que nunca se me ha dado mal, herir a otros seres humanos me refiero, pero esta mujer es de hormigón armado. Aunque cada vez empiezo a pensar con más claridad que tiene algún problema psíquico.

-No sé qué te ha dado últimamente con eso pero no vas a lograr que te abandone. ¿Qué mujer sería si abandonara a mi hombre?

Sigue comiendo como si nada, otra vez con las putas vacaciones, confirmándome que no me queda otra que hacerle daño.

-Aparta, no me apetece –le escupo tan borde como puedo cuando se me echa encima en la cama. Si no soporto cenar con ella, dormir a su lado es una tortura y acostarme con ella…

-Yo sé cómo hacerlo para que te apetezca –responde levantándose la blusa del pijama para clavarme las tetas en la cara al son de juega con tus gemelas favoritas que sé que te gustan mucho.

Tardo en reaccionar, girando la cara al principio como el niño que no quiere comerse la verdura, hasta que su mano me agarra la entrepierna, que despierta al instante, contradiciendo mi postura.

-Sé que te gusta, cariño, y tanto que te gusta –celebra agarrándome el pene sin ropa de por medio, -hoy te haces de rogar… pero tu amor sabe lo que quieres, que me esfuerce un poco más, ¿verdad? ¿Quieres que te lo haga con las tetas? ¿Eso quieres?

Se acabó mi resistencia. Durante toda la vida, he hecho muchas cosas para acostarme con mujeres. Mentir, sobre todo, promesas vacías, halagos desorbitados, incluso he aprovechado momentos de debilidad e información privilegiada. Por una vez que soy sincero…

Los senos de Gunilla son espectaculares, grandes sin ser ubres, de pezón pequeño para la masa que coronan y muy bien formados. Y no hay juguete que a los hombres nos guste más que un buen par de tetas. Me las llevo a la boca, alternativamente, esperando que la enfermera que vino a mi casa para cuidarme cumpla con su promesa.

***

-Te he dejado el desayuno en la mesa de la cocina –me informa entrando en la habitación, mía, no nuestra, ya vestida para ir al hospital. Me da un beso y me pregunta qué tal he dormido, alargando la mano para tomar mi hombría, enhiesta, como cada día a estas horas. –Parece que nos despertamos contentos de buena mañana. Esta noche más, que ayer estuvo muy bien.

Lo de ayer noche fue un error, maldigo cuando me quedo solo. Consciente de que me estaba equivocando, que Gunilla me ganaba terreno, la humillé. O eso quise, dándole la vuelta para tirármela a cuatro patas, insultándola. Solo sirves para esto, para follar, no te quiero, solo eres mi pornochacha, la puta que me hace la colada… Se corrió con una intensidad inusual, gritando, sí, sí, soy lo que tú quieras.

Así que no me queda otra que cambiar de táctica. Lo más efectivo y drástico es hacer sus maletas, cada día hay más ropa y enseres de Gunilla en mi casa, dejárselas en el rellano y cambiar la cerradura. Será lo más eficaz, pero ¿dónde me escondo? Debería irme, salir aquella tarde, toda la noche, el fin de semana, pues la mujer es tan terca que es capaz de quedarse a esperarme pegada a la puerta. Además del circo que puede montar en la escalera. Solo somos seis vecinos y mi piso es el ático, pero conociéndola, puede ser de órdago.

Pero hoy martes no puede ser, así que opto por tomar medidas cautelares. Me masturbo. Dos veces, antes de comer y a media tarde. De este modo, cuando me ataca de noche, no funciono. Un poco sí funciono, pero no tengo ganas de sexo por lo que sus armas seductoras no me dañan. Se tumba a mi lado desalentada, no pasa nada cariño, abrazándome para consolarme. La aparto. Si quiero que te vayas, tampoco quiero dormir contigo.

El viernes temo tener un esguince en la muñeca. Es lo que tiene volver a la adolescencia a los 44 años. El plan ha funcionado. No hemos tenido sexo desde la noche del lunes. Bueno, yo sí, jugando al solitario. Gunilla está inquieta, disgustada, pero yo estoy más feliz que unas castañuelas llenando su maleta de ropa y productos personales. Es al bajar la segunda del altillo del armario de la habitación de invitados, hay tantas cosas suyas en casa que tengo que regalarle la maleta más grande que tengo, cuando me cruje la muñeca derecha. Pero no puedo detenerme. Me pongo una venda elástica que encuentro en el botiquín y prosigo con mi cometido. Echar a Gunilla de mi casa.

A mediodía llega el cerrajero para cambiar la cerradura, los 90€ mejor invertidos de mi vida. Cuando acaba, dejo las 2 maletas en el rellano, con una carta escueta pero dura, sincera, tomo las llaves del coche y me voy a pasar el fin de semana a un resort de montaña donde disfrutar del aire puro, la sauna turca y la soledad.

***

He vuelto a mi hábitat natural. Se llama Rosie o Rosy, sí, le pega más con Y. Suena más choni. Está bastante buena, aunque es un poco vulgar, normal en una peluquera, pero lleva un buen rato pidiendo guerra, así que no me haré de rogar. Hace diez o quince años no me hubiera planteado aguantarle las chorradas a esta tía para llevármela a la cama, pero pasados los cuarenta no te queda otra que bajar un poco el listón. Lo que tengo clarísimo es que no voy a llevarla a mi casa, no repetiré el mismo error. Si no podemos ir a la suya, me la tiro en el coche.

De buena mañana no me queda otra que pasar al plan B.

-¿Qué quieres hacer esta mañana? –me pregunta la fogosa mujer. Como peine a las marujas la mitad de bien que se lo curra en la cama, debe ser de las mejores peluqueras de la ciudad.

-Tengo una reunión en una hora –miento. Me mira sorprendida. Porque es sábado, porque ayer le dije que tenía todo el día para ella, porque he tenido que tirármela en mi piso pues en el suyo estaban sus hijos adolescentes y se negó a hacerlo en el coche o ir a un hotel, pero no quiero a otra tía en mi casa.

-Ayer me dijiste…

-Digo muchas cosas cuando quiero pegar un polvo.

Se ha ido.

¿Qué coño se habrá dejado? me pregunto mirando en derredor cuando suena el timbre de la puerta. Cruzo el recibidor y abro, pero no soy lo suficientemente rápido. Los ojos de Gunilla se me clavan duros, cargados de amoroso odio, o de odioso amor, no sabría decirlo, antes de cruzar el umbral apartándome.

-¿Se puede saber qué haces? –la detengo a medio pasillo.

-Entrar en mi casa… -¿Cómo dices? –…para asegurarme de que estás bien, de que no te ha pasado nada –afirma soltándose de mi brazo para llegar a la sala principal.

-Gunilla, quiero que te vayas de mí casa, mí casa–reitero señalándome el pecho.

-No sabes lo que dices. -¿Cómo no voy a saber lo que digo? tengo 44 años, pero insiste. –Tiene que ser de la anestesia de la operación o algún efecto secundario de la medicación, porque no estás en tus cabales. –Me toma de las mejillas, tratando de besarme después de afirmar que no tengo por qué preocuparme, mamá ya está en casa.

¿Mamá? grito en mi cabeza. ¡Lo que me faltaba! Sí, afirma, pronto podrás llamarme así, tocándose la panza. La miro aterrado. No jodas, no, no puede ser, nunca lo hemos hecho sin protección, al menos no lo recuerdo pero es otra de mis máximas. No repitas con ninguna mujer es la primera, no dejes mini yos descontrolados por el mundo, la segunda.

-No estoy embarazada, tonto –sonríe divertida –pero pronto lo estaré, ¿verdad cariño? -afirma más que pregunta abrazándome por la cintura.

-Gunilla, suéltame –ordeno tratando de zafarme de su abrazo, pero al soltarme, me mira risueña. Aún no has desayunado ¿verdad? Voy a prepararlo, dirigiéndose a la cocina.

Trato de detenerla de nuevo, pero no lo consigo. Trasteando en los armarios me pregunta por mi hermana. No tengo ninguna hermana. Claro que sí, la chica que se acaba de ir. Eureka, esta es la mía.

-La chica que se acaba de ir no es mi hermana. Es una de mis amigas. La conocí ayer por la noche y me la he estado follando hasta hace pocas horas –exagero.

Detiene las manos sujetando un bol de plástico, me mira un segundo, para volver a sus quehaceres como el que oye llover.

-No te creo, tú nunca me harías algo así. Me quieres demasiado, tanto como yo a ti.

Se acabó. Hasta aquí hemos llegado. Está como una puta cabra, no hay otra explicación. Y yo estoy hasta los mismísimos.

La agarro del brazo, sin ninguna delicadeza, provocando la caída al suelo con cierto estrépito del bol que estaba llenando de cereales, tiro de ella con fuerza y la arrastro hasta la puerta. Se me engancha a los brazos, al marco de la puerta del recibidor, ¿qué haces cariño? se queja, hasta que logro abrir la puerta de casa, empujarla fuera con cierta violencia para cerrarla de golpe.

A los dos segundos el timbre suena insistente pero no voy a abrir. Pongo música. Nada de mierda empalagosa. Metallica, Kill’em all a todo trapo para no oírla, pues la mujer es terca. Antes se quemará el timbre que cansarse ella.

El primer álbum de la banda californiana dura exactamente 51 minutos y 15 segundos. Cuando acaban los últimos acordes de Metal militia, la décima canción, se hace el silencio. Me acerco al equipo de música para extraer el CD, soy un clásico, pero no llego a hacerlo. ¡El timbre de nuevo! ¿Por qué los pisos europeos no tienen escaleras de incendios para poder huir?

Logro salir del piso a media tarde. Con sigilo, como cuando me colaba en la casa de alguna novieta evitando que sus padres me pillaran. No la veo. Ni en la escalera, ni en el portal, ni en la acera. Pero no puedo volver a entrar.

Había dado una vuelta, comprado un par de libros mientras hacía tiempo para cenar, probado un restaurante libanés que me recomendaron en la editorial donde publico mis best-sellers, decidido a acostarme pronto aunque sea noche de sábado, pues me tiene agotado, cuando la descubro. Sentada en un Fiat amarillo. ¿Quién coño se compra un Fiat amarillo? ¡Hay que estar como una cabra!

Seis horas antes, no estaba el vehículo delante de mi portal. La hubiera visto. Me doy la vuelta, pues me atraparía sin misericordia antes de que pudiera meter la llave en la cerradura. Aún no tengo los ligamentos de la rodilla para correr.

No me queda alternativa que aprovechar la noche de sábado para confraternizar con el sexo opuesto, asegurándome de que la incauta que caiga en mis manos tenga piso donde pueda pasar la noche. Se llama Tere, y no vale un duro en la cama. Pero duermo en ella.

***

¿Qué…? No tengo tiempo de reaccionar. He salido del ascensor, silbando, pues mi felicidad ya dura dos semanas, cuando algo me oprime la cara, con firmeza. Mis piernas pierden fuerza, mi vista se nubla. Me desvanezco.

-Buenos días amor, ¿cómo te encuentras?

Estoy en mi cama, tumbado boca arriba. Abro los ojos con sigilo, temeroso, pues no comprendo por qué la voz de Gunilla resuena en mi cabeza como si estuviera a mi lado. Está a mi lado, sentada al borde de la cama, ladeada, con aquella sonrisa tan seductoramente enferma que se gasta. Qué… trato de arrancar, pero me duele mucho la cabeza. Millones de cristales se me clavan en las sienes, por lo que me llevo las manos a la testa, tapándome la frente y los ojos.

-Tranquilo cariño, no hagas esfuerzos. Te diste un buen golpe cuando caíste al suelo en el rellano, suerte que tu amor estaba a tu lado para socorrerte. –¿Caerte? No me caí por casualidad, que recuerde, pero no logro articular la queja. –Descansa mientras acabo la cena. ¿Qué harías sin mí?

Pues lo que he hecho estas últimas semanas. Tirarme todo lo que se me ha puesto a tiro, ir a la mía, disfrutar, y estar tranquilo, aunque solamente lleve tres días en casa.

¿Qué coño? Tengo el tobillo derecho atado a la cama. ¿Pero se puede saber de qué va esto? Me incorporo para desbrochar la correa de piel que me encadena, pero la hebilla no cede. Está trabada con un candado. Ahora sí grito. ¡Gunilla!

-Algunos hombres, a veces, os comportáis como niños chicos. No puedo desatarte hasta que estés sano. No quiero que vuelvas a hacerte daño.

Ha repetido la misma retahíla casi veinte minutos. No hay manera de que entre en razón. Se lo he pedido educadamente, he chillado, se lo he implorado, he maldecido, me he cagado en todo lo que se menea, hasta acabar suplicando. No ha habido manera.

¡Maldito el día que conocí a esta loca en el hospital y me dio morbo tirarme a una enfermera en el post operatorio! ¡Maldita la hora en que le permití llevarme a casa cuando me dieron el alta! ¡Maldito el instante en que me pareció buena idea tener a mano a una tía para tirármela mientras estaba convaleciente! ¿Qué más me puede pasar?

Que llegue la noche.

Después de traerme la cena a la cama, ¿no te parece romántico?, no, se ha acostado a mi lado. Aunque tenía hambre, no me ha dado la gana comer, no seas infantil, me ha recriminado mientras ella sí cenaba. Ha recogida las bandejas y se ha tumbado a mi lado después de desnudarse sensualmente hasta quedar en ropa interior, un conjunto negro bastante bonito con liguero incluido. Nunca la había visto con uno.

Pero no lo va a lograr. Me niego a acostarme con ella. Es tal el cabreo que llevo encima, que no solamente no siento el más mínimo apetito sexual por una mujer atractiva y voluptuosa, si no que la rabia de sentirme atrapado me lleva a empujarla violentamente haciéndola caer de la cama. Sus ojos arden cuando se levanta del suelo para cambiar rápidamente hacia la candidez más maternal.

-Entiendo que te sientas violentado por la situación, pero debes dejar que te cuide. Si no, será imposible que te recuperes y nuestro niño necesita a un padre…

-¿Qué puto niño? –grito, fuera de mí. –No hay ningún niño, ni habrá ninguno. Estás como una puta cabra y quiero que te largues de mi casa, de mi vida. Lárgate.

Por unos breves segundos se queda callada, parada al lado de la cama, observándome, analizando a una especie de animalillo en peligro de extinción, una rara avis de la que los científicos acaban de descubrir su existencia, hasta que se me acerca de nuevo, melosa.

-Deberemos cambiar la medicación. Estás muy tenso y no debes hiperventilar de ese modo.

En cuanto su rodilla derecha se apoya en la cama y sus brazos se me acercan la empujo de nuevo, suéltame loca, pero se zafa de mi empujón. Mi respuesta es automática, aunque irracional. El codazo en su torso la despide hacia el suelo de nuevo, cayendo de espaldas, en mala posición. Tarda en reaccionar. Mierda, pienso, puedo haberle hecho daño, pero se levanta lentamente, camina hacia la puerta, abandona la habitación y me deja solo.

-Gunilla, por favor, necesito r al baño.

A penas he pegado ojo en toda la noche. Estoy molido pero la bufeta aprieta con ganas. Está sentada en un butacón decorativo que nunca he usado, en la esquina izquierda de mi habitación, observándome. No ha dormido conmigo, pues su lado de la cama no está deshecho.

Se levanta sin decirme nada, seria, para volver a los pocos segundos con una escupidera de acero inoxidable y una esponja.

-¿No pretenderás que mee en eso?

-¿Solamente necesitas orinar o tienes que ir de vientre? –pregunta profesionalmente.

Le ruego que me desate, que me permita ir al baño, a mear, cagar, ducharme, o lo que sea, pero no hay tu tía. Vuelve con una especie de botella curvada de corcho, la deja a mi lado para proceder a desabrocharme el pantalón. Le aparto las manos. Suéltame.

Oigo la puerta del piso cerrase cuando se va a trabajar. Yo me quedo solo con mi correa, el candado que no logro romper, la ecupidera y la puta ánfora que no me queda otra que llenar dos veces aquella mañana.

-¿Vas a comer algo o seguirás comportándote como un crío? –dispara desde el quicio de la puerta a mediodía cuando vuelve del hospital. No respondo, indignado por la situación, pues he decidido hacerle el vacío. –Me he escapado del trabajo para estar contigo y cuidarte, cuando solamente tengo una hora para comer. Si esa es la actitud que vas a tomar… allá tú, pero no te va a funcionar.

Harta de esperar vida en mi lado de la habitación, se marcha.

***

Tres días llevo meando en la puta ánfora de corcho, sin poder ir de vientre aunque los gases que se me acumulan me avisan de que no tardaré mucho en tener que vaciar mi estómago. A penas he comido, pero nada ha cambiado. Gunilla sigue trayéndome desayuno y cena, vaciando la botella de orines y “cuidándome”. Ignorarla no me ha servido de nada. Así que cambio de táctica. Ruego, suplico, pero no logro más que abrazos y besos que no rechazo pues ya no me quedan fuerzas. Ya está, amor, ya pasó, mamá está contigo para curarte, para mimarte, para hacerte feliz. Sus palabras ya no me indignan. Me desesperan, arrancándome el llanto por primera vez en treinta años.

Me besa en los labios, tierna, secándome las lágrimas con el dedo gordo de ambas manos mientras sus palmas me sujetan la cara. Te quiero, amor, solo quiero hacerte feliz. Me besa, acomoda sus piernas sobre mis muslos, una a cada lado, para soltarme la cara y dirigir los dedos hacia mi entrepierna, desabrochándome el pantalón, colando la mano. Ya verás qué bien lo pasaremos, saca mi miembro y lo masturba, nadie estropeará nuestra historia de amor, se yergue para tirar de su falda hacia arriba y colar la mano libre entre sus piernas, qué niño más bonito tendremos…

No, chillo, empujándola hacia atrás, sacándomela de encima. Suéltame, suéltame, grito, para acabar implorando, por favor, por favor. Ha quedado sentada en mis tobillos, mirándome lastimeramente. ¿Se está apiadando de mí?

He dormido profundamente. Me cuesta despertarme, como si no quisiera retornar al mundo de los vivos. He soñado, algo que no suelo hacer. He soñado que corría y corría y corría hasta llegar a una playa desierta donde una vieja barca de madera me esperaba, saltaba en su interior y remaba y remaba y remaba hasta llegar al horizonte, pero nunca lo alcanzaba, burlándose de mí. A pesar de ello, me sentía bien, libre.

¡Gunilla! grito cuando me doy cuenta de que no puedo mover las manos. Las tengo atadas al cabezal de la cama. ¡Gunilla! Nada. ¡Gunilla!

No sé cuánto rato pasa hasta que oigo la puerta. Los inconfundibles pasos de la loca que me tiene secuestrado se mueven por mi piso hasta que aparece en la puerta de la habitación.

-Buenos días, ¿qué tal has dormido?

-Suéltame.

-No puedo. Llevas cuatro días postrado en la cama y necesitas asearte. -¿Postrado? Prisionero. –Es mi obligación cuidarte y si no queremos que enfermes o que te salgan llagas en el cuerpo, necesito hacer mi trabajo.

Suplico de nuevo en todos los idiomas que conozco, pero no escucha. Vuelve a la habitación un par de minutos después de haber salido con una palangana, esponja, jabón y no sé qué más. Gunilla por favor. Tranquilo cariño, verás cómo aseado te sentirás mejor.

No me desviste. Saca unas tijeras inmensas, de hoja larga y mango de plástico, para cortar mi ropa y no tener que desatarme. En un brete, quedo completamente desnudo, rogando que me suelte, pero por más que llore no lo hará. La esponja recorre todo mi cuerpo, indefenso, de pies a cabeza, del cogote a los talones. Cuando acaba no me viste, prefiere cubrirme con una cálida toalla mientras anuncia que me traerá el desayuno.

Me bebo el café con leche con una cañita, como si fuera un puto crío, permito que me limpie los labios con una servilleta para después besarme. Bien hecho amor, ves como no es tan difícil portarse bien.

Trastea un rato por casa hasta que vuelve risueña. Se desnuda tranquilamente, para acercárseme traviesa. Gunilla, por favor, así no, suplico convencido de que no me va a excitar, decidido a no mostrar ninguna respuesta sexual. Pero su sonrisa se amplía antes de besarme mientras su mano toma mi pene que reacciona a pesar de mis esfuerzos por impedirlo.

Entonces lo comprendo. Sus ojos me lo confirman. Me ha drogado. Para que me durmiera ayer noche, para que mi masculinidad reaccione esta mañana. En la puta crema de verduras, en el puto café con leche. Mi miembro entra en su vagina, su cintura se mece adelante y atrás, sus caderas bailan al son de su necesidad. No jadea, no gime, solo sonríe, mirándome triunfante. Verás qué niño más guapo tendremos.

***

Ya se nota un poco el bulto en la panza. Gunilla está embarazada de tres meses, once semanas exactamente, once semanas en las que no ha cambiado nada su comportamiento, su compromiso, su modus operandi.

Tampoco el mío. Tumbado en la cama, atado como un perro, resignado a no vivir jamás.

No te resignes, me he repetido mil veces, no defallezcas. Algún día este martirio debe terminar, no podemos criar un hijo juntos con papá atado a una cama, me digo. Pero ya no me quedan fuerzas. La puntilla me la ha dado ella cuando ha sonado el teléfono.

-¿Te has dado cuenta de que en casi cuatro meses es la primera vez que te suena el teléfono? -¿Y qué? pienso. –Nadie se ha preocupado por ti, ningún amigo, ningún conocido, ningún familiar. Estás solo. ¿Sabes por qué? Porque has sido siempre una mala persona. Pero no tienes de qué preocuparte. Siempre me tendrás a mí.

Ya no me quedan fuerzas para llorar, gritar, luchar o rebelarme.

-Por cierto, la llamada era de la editorial. Te han rescindido el contrato.

 

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