CAPITULO 4

Aquello no hizo si no aumentar mi inseguridad. En los días siguientes nuestras relaciones sexuales no mejoraron, si no más bien todo lo contrario, y yo me preguntaba qué había cambiado. Vale, no podría follarla como Edu, pero es que ni siquiera era capaz de hacerlo como antes de que apareciera en nuestras vidas.

Intentaba entender qué me pasaba, y me repetía, qué había cambiado. El hecho de pensar que María considerase mi miembro como insuficiente había sido motivo de morbo durante meses y ahora era un motivo serio de preocupación. Quizás fuera porque ahora veía que sí, que era un problema. Y es que una cosa era fantasear con que tu novia quisiera un miembro más grande, un amante más potente, y otra era vivir que a tu pareja no le atraes, o le atraes mucho menos, precisamente porque no es una fantasía, es real. Llegué a estar convencido de que cuando ella, en el sofá, miraba hacia atrás, no había querido mirar hacia mi miembro para no perder excitación.

Empecé a plantearme también la idea de comentarlo todo con alguien. Al fin y al cabo ella se lo había contado a Paula, su amiga, quizás se apoyara en ella. Yo, deslealtad mediante, había vivido y seguía viviendo todo sin siquiera una opinión de alguien de confianza.

También llegué a pensar que ella quizás mereciera otro amante, alguien que no fuera yo, alguien a su altura, que la complaciera, como resultó obvio la noche de la boda, ella sabía ser complacida. Pensé si sería posible tener una relación de pareja completa a excepción de eso, a excepción del sexo, como si fuera un apoyo, que para el sexo se añadiera otra persona. Quizás fuera surrealista pero yo empezaba a ver pocas salidas.

Una noche de la semana siguiente, abrí el armario de María, ya que quería ir a correr y tenía algunas cosas de deporte en uno de sus cajones. Sin querer, vi la chaqueta del traje de Edu y me extrañó que, según me había contado que era su plan, aun no se la hubiera dado a Paula para que se la diera a él. ¿Qué sería de Edu? ¿Se tratarían en el trabajo? ¿Miradas? ¿Incluso casos juntos? Yo respetaba la petición de María, pero sin duda la curiosidad me tenía en vilo. Y seguía faltándome aquella media hora, quizás más, de ellos en el hotel… lo cual me frustraba.

Otra noche, cenando en casa, llamaron a mi novia por teléfono. Que si Amparo esto, que si Patricia lo otro… la escuchaba hablar, y, al colgar, quise usar la carta de Patricia, para ver si aquello me abría una pequeña puerta para averiguar algo.

—¿Y Patricia? ¿Qué es de ella? —pregunté.

—Pues trabaja regular, la verdad.

—Antes salíais todas juntas, ¿habéis perdido trato?

—No sé, llegó con muchas ganas… yo creo que se quiso ganar a la gente de golpe. Además era verano… no sé, siempre apetece más.

—¿Ahora está más tranquila? —mis preguntas eran minas, cebos estratégicamente colocados. Pero, no sé si María estaba de vuelta de lo que yo pretendía, pero no entró al trapo. No es que yo esperase un “desde que Edu se la folló está más relajada, por cierto hoy estuve con él”, pero es que no me dio nada.

—Sí, eso parece —respondió seca.

Llegó el jueves y se cumplió una semana de su orgasmo fingido, de mi incapacidad de complacerla, de mi incapacidad si quiera de decirle una palabra soez que la excitara y la hiciera gemir. Esa noche María vino directamente a casa desde el trabajo, y no parecía que fuéramos a tener sexo, y al día siguiente se iba de fin de semana a casa de sus padres. La iría a recoger al despacho y la llevaría en coche a la estación de tren, eso significaba que podría encontrarme con Edu en la salida. Pensé en una pregunta que no produjera una ruptura del pacto. Los dos en la cama, a punto de dormir, le dije:

—Oye, María, solo una cosa, sin ninguna intención de nada. ¿Edu al final cambia de despacho?

—Pues… creo que le han hecho una segunda entrevista o algo así, pero vamos, que por ahora seguir, sigue.

—Lo digo más que nada porque vi que su chaqueta sigue aquí, no sé.

—Ya, es verdad, se la tengo que dar a Paula.

Tras decir eso me quedé pensando en que por qué no se la llevaba al día siguiente y no le daba más vueltas. Pero no dije nada.

Al día siguiente estaba algo ausente y tenso en el trabajo. Prácticamente, si quisiera, podría encontrarme con Edu, solo tenía que aparcar cerca del trabajo de María y esperar, quién sabe si hasta subir a recepción; sería la primera vez en verle desde que se la había follado. Sería la primera vez que él tendría la posibilidad de mirarme y decirme con la mirada “qué polvazo le eché a tu novia”. De nuevo morbo, celos, irritación y algo de humillación me envolvían al imaginar eso; mezcla de sensaciones a las que nunca llegaba a acostumbrarme y eran nicotina pura.

Inquieto esperaba en la acera, en frente de la puerta, a que saliera María. O Edu. No quise subir a recepción, era demasiado. Miraba el reloj y me atusaba un poco el pelo en el reflejo de un escaparate sin si quiera mirarme, de forma ausente y automática, por hacer algo.

Comenzó a bajar gente trajeada, pero ni rastro de ellos dos, hasta que bajó alguien que no esperaba y mucho menos elegante que los demás. Era Víctor. En vaqueros y una camisa negra daba de nuevo una imagen tremendamente desaliñada, sobre todo en comparación con el resto. Sus gafas, que no debían de tener menos de diez años, de cristal sin montura, su pelo liso recogido en una coleta y su mirada tranquila, confiada, pero alerta, tan alerta que me dio la sensación de que me había visto bastante antes que yo a él.

Mi idea era cruzar un saludo mínimo, pero él en seguida me dejó ver que no tenía la misma intención. Me contó que solía ir al despacho los miércoles y los viernes, a menos que hubiera alguna urgencia. Yo le escuchaba y me preguntaba constantemente cuanto sabría él de lo sucedido en la boda; se había ido antes, pero Edu le contaba cosas, ¿hasta qué punto? No lo sabía. Por decirle algo le dije que mi ordenador portátil hacía un ruido tremendo y, antes de que me diera cuenta, nos estábamos intercambiando los teléfonos por si quería que un día María lo llevase al despacho y él me lo miraba.

De golpe apareció mi novia y nos interrumpió. Víctor hizo ademán de introducirla en lo que estábamos hablando, pero ella, sin mirarle, le dejó con la palabra en la boca y me dijo rápidamente:

—¿Dónde has aparcado? Vámonos que si no no llego.

Una vez en el coche me preguntó:

—¿Qué hacías hablando con ese?

—No sé, me vino a hablar.

—Es un tío muy raro.

—¿Y eso?

—No sé, mira raro.

—¿Qué es mirar raro?

—Pues… raro, raro… sucio. Déjame aquí ya si quieres —dijo intentando evitar que me metiera en el tráfico que rodeaba a la estación. Nos dimos un rápido e insuficiente beso de despedida y se perdió en la distancia, apresurada y elegante.

Ya en la soledad de nuestra casa intenté buscar respuestas. Sobre todo respuesta a esa presión que sentía, que sentía que me ponía ella encima aunque fuera involuntariamente. Pensé que quizás fuera por la comparación, que ahora ella, al hacerlo, podría compararme con Edu, pero ¿y sus ex? Nunca me había obsesionado mucho con antiguas parejas de María, cosa que había impedido que yo me hubiera emparanoiado. Es decir, mi novia pudo haberme comparado con sus ex, quién sabe si lo había hecho y quizás en nuestros primeros encuentros sexuales sí había pensado yo que ella podría compararme con ellos, ni siquiera me acordaba, pero, desde luego si había sucedido lo había olvidado. Nunca me había afectado, pero ahora sí.

Vagando erráticamente por las redes sociales, aquella noche de viernes, comencé a interactuar con un buen amigo de la infancia. Uno de esos amigos que ves ya una vez al año, o incluso cada dos, pero que, cuando los ves, es como si no hubiera pasado el tiempo. Un amigo al que le cuentas cosas que no cuentas a amigos de más reciente adquisición. Y quise quedar con él al día siguiente, aun sin saber del todo si le contaría toda aquella locura.

Accedió encantado y fuimos a tomar una cerveza al barrio antiguo a media tarde. Mi amigo, Germán, era un chico de mi edad, 35 años, pero ya estaba casado y tenía dos hijas. La conversación fluía, como siempre, como en la esquina de atrás del colegio, como en los jueves universitarios. Yo sabía que no me iba a juzgar, nunca lo había hecho y sabía que ampliar el círculo que sabía aquello a una persona más, a él, no entrañaba peligro alguno. Ciertamente necesitaba sacarlo todo. Y se lo conté. Una cerveza tras otra entré en prácticamente todos los detalles excepto los estrictamente sexuales.

Él escuchaba atentamente, sin interrumpirme. Obviamente sorprendido, pero sin gestos llamativos. Me hizo algunas preguntas, cosas que no le habían quedado claras. Y yo no sabía si esperaba un veredicto o si solo quería soltarlo.

—Bueno, creo que puede haber soluciones —dijo tranquilizándome un poco— prosiguió:

—La primera y más simple es aprender a vivir con ello. Si todo en vuestra vida de pareja es un diez… o, digamos un ocho… porque la vida sexual sea un ¿cuatro? ¿tres? Pues mira, igual es algo con lo que hay que tirar para adelante. Y quizás la cosa vaya mejorando con el tiempo, vaya volviendo a la normalidad— No acababa de convencerme aquella especie de “no hacer nada” —Otra solución es buscar a otra persona. Es decir, si ella está insatisfecha y a ti te gusta mirar… no sé… por internet, por ejemplo, buscar a alguien serio… alguien que…

—Alguien que no sea Edu, quieres decir —interrumpí.

—Hombre, pues sí, alguien que no se haya reído de ti… que no haya humillado a María en el trabajo… alguien que no tenga fotos de María con las que pueda, dios no lo quiera, chantajearte… alguien que…

—Vale… vale… —dije solapando mis dos palabras con él diciendo “alguien que no trabaje con ella”.

Nos quedamos un momento en silencio, bebimos de nuestras cervezas y fui yo quién continuó:

—A ver… el problema es que, primero, no creo que ella aceptase conocer a alguien en internet para eso, y lo segundo es que, aunque te parezca surrealista a estas alturas, aun no sé si solo es con Edu, si me vale, si nos vale cualquiera.

—Bueno, me dijiste que en la boda le habías pedido que calentara a aquel… aquel que había cenado con vosotros.

—Marcos.

—Sí.

—Sí, pero, no sé. Era un tanteo. No sé, no sé hasta qué punto lo de Marcos iba en serio. Es que… joder… aun no sé si tiene que ser Edu a narices.

—Eso ya no lo sé. Si no tiene porque ser con Edu yo no veo complicado que… imagínate que encontráis a alguien serio para hacer eso, os gusta, y quedáis un par de veces al mes para hacer eso. Y… las demás veces del mes fantaseáis con lo vivido con él para… para excitaros.

Aquello, no dudaba que no tuviera sentido, pero no me acababa de convencer.

—Y, sobre ti, —prosiguió— te parecerá una estupidez, pero creo que igual deberías… buscar… A ver, se me acaba de ocurrir, eh, pero no sé, si tienes un problema de ego, de bloqueo, quizás… ahora tienes dinero, trabajáis los dos, no tenéis hijos, ella por ejemplo este fin de semana no está, pues llamas a una chica, le sueltas doscientos euros, o vas a donde tengas que ir y lo haces con ella tranquilo, sabiendo que no te va a juzgar— Aquello me gustó aun menos.

—María no me juzga —dije.

—María compara, según tú.

—No lo sé seguro.

—Ya… no sé. Se que suena a chorrada que… con una pedazo de mujer como María vayas un par de veces a un sitio así, pero me parece una posible forma de recuperar tu ego.

—Germán —dije en tono más bajo— no creo que follándome a una puta vaya a sentirme más hombre y vaya a llegar a casa con el ego en su sitio y las pilas cargadas.

Sabía que lo hacía por ayudarme, pero aquello había servido más como desahogo que como solución.

Lo de conocer a alguien por internet aun tenía un pase, pero no me veía llegando a casa y proponiéndole a María buscar a alguien para eso.

—Sobre lo de tu sueño, esa pesadilla de… querer parar a María, de… eso, de evitar que siguiera haciéndolo con otro hombre, pues no soy Freud, pero quizás venga a reflejar ese quiero, pero no quiero, con el que llevas meses… atormentado, por decirlo de alguna manera.

Me quedé un poco apesadumbrado. Ni a mi ni a él se nos ocurrían más soluciones que no hacer nada o que buscar a un tercero que no fuera Edu.

—¿Le has preguntado a María si tiene que ser con Edu?

—Emm… no son preguntas que yo le haga, la verdad.

—Quiero decir… decirle, mira, María, tú y yo sabemos, que al menos en este momento de la relación en la que estamos tú necesitas un amante mejor que yo, y a mí me pondría veros, si no tiene porque ser Edu necesariamente, buscamos a alguien y seguro que hay candidatos de sobra.

—No sé, Germán… me diría que estoy loco y que está plenamente satisfecha.

—Bueno, eso ya es cuestión de que lo habléis con mucha calma, lo que hoy parece imposible mañana puede que no lo sea tanto.

Me sentí un poco culpable por hablar tanto de mí, y solté un “¿y tú qué?” que nos hizo reír, qué contar después de aquello.

Las cervezas fueron aumentando en número. Cenamos juntos y el tema entraba y salía de forma aleatoria y casual. Finalmente no llegué a casa hasta pasadas las dos de la madrugada.

En mi cabeza una cosa estaba clara: tenía que aclarar si todo aquello tenía que ser con Edu o no, y de golpe caí en la cuenta y me pregunté: “¿Y si es Edu el que no quiere?”. Creo que cualquier hombre del mundo querría repetir con María, pero Edu era caso aparte,

Tumbado en el sofá. Mareado. Bastante borracho. Cogí mi móvil. Vi la última conversación con Edu, ¿de verdad me planteaba preguntarle qué quería? No era capaz. Sobre todo por María. No se merecía aquello.

Pensé en Víctor, en que podría, disimuladamente, averiguar qué sabía. Tenía curiosidad, más bien inquietud, por saber hasta qué punto Edu le contaba sobre aquello. También me podría servir de él para saber qué quería Edu.

Opté por escribirle, agradeciéndole que se hubiera ofrecido para ayudarme con mi portátil, pero con nula fe en que me respondiera, teniendo en cuenta las horas que eran.

Pero para mi sorpresa me respondió en seguida. Estuvimos chateando un rato hasta que la desesperación y el alcohol escribieron por mí, le acabé preguntando por la noche de la boda, de por qué se había ido al final, hasta que tecleé un ¿sabes qué pasó después entre María, Edu y yo?

Tardaba en responder. Y eso me ponía muy nervioso. Su respuesta no fue concluyente. Y yo, aun más desesperado, escribí:

—¿Sabes si Edu quiere… ya sabes?

—Repetir ¿dices? Jajaja —respondió y a mi me heló la sangre.

—Sí. —respondí sintiéndome algo humillado.

—No, no creo. ¿por qué? ¿ella quiere ¿no? Jaja.

Aquello me jodió sobremanera, pero no pude evitar seguir escribiendo:

—¿Sabes si tienen trato en el trabajo?

—No lo sé, pregúntale a ella, que te cuente, jeje.

No sabía qué coño hacía escribiéndome con aquel, de golpe, tremendamente desagradable cuarentón a las dos de la madrugada… Era de locos, me arrepentía, de golpe tenía un mal cuerpo terrible.

La conversación quedó ahí. Me fui a lavar los dientes. Me metí en la cama y le escribí un mensaje meloso a María. Ya en la oscuridad iba a posar mi móvil en la mesilla cuando leí en la pantalla:

Víctor: Por qué preguntas tanto? Buscáis a otro para que la joda bien y tú mires?

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