ALBERTO MORENO

 

Entró de puntillas.

Dejo de respirar y congeló los músculos.

De forma ingrávida recorrió los 20 pasos que le separaban del Santo Padre.

Con una mirada de gorrioncillo feliz dirigió sus ojos al rostro del Papa y una gota de baba celestial apareció en la comisura de su labio inferior.

A dos metros de la gran sotana blanca se detuvo. Inició una inclinación demorada, a cámara lenta.

Antes, en la antesala el cardenal había estado insistentemente rociándose el alma con un quitamanchas para borrar todo vestigio de pecado.

Cuando percibió que el aura de los inocentes del limbo se había instalado en su rostro, se sintió dispuesto.

¡Santidad, siento una dicha inmensa en su presencia!, exclamó el purpurado.

Sus ojos de gorrioncillo feliz se tornaron azules como dos diminutos jirones de cielo de domingo de ramos.

El Santo Padre, le devolvió media pulgada de una sonrisa de cabello de ángel y le tendió la mano para ser besada.

Con una devoción ceremoniosa tomaron asiento frente a frente.

Las manos del cardenal de dedos gordezuelos, posadas en su regazo, parecían dos lechoncillos retozando en las ubres de su madre cerda.

La espalda recta, no se apoyaba en el respaldo en señal de respeto.

Los ojos de gorrión miraron a los ojos de garza.

Los dos, en un magistral travestismo habían instalado en los semblantes su condición de santos.

Las mentes comenzaron a copular frenéticamente como en una partida de ajedrez en 3D.

El Cardenal venía dispuesto a todo, como una puta de palacio.

El Papa supo de inmediato de la obediencia de su pastor. Decidió complacerle de nuevo.

Le devolvió otra sonrisa, esta vez de casi 3 pulgadas de longitud.

Entonces, el Cardenal imaginó correrse como, cuando Sor Marian entraba en su pieza y con el pretexto de arroparlo y arreglarle la cama deslizaba su mano entre las sabanas y exclamaba en voz baja:

  • ¡Dominus vobiscum!
  • Et cum spiritum tum!, respondía trémulo el Cardenal.

Después, segundos después, su semen pastoso de carnero viejo, le resbalaba por las perneras de sus calzoncillos de lienzo parmesano. La monja apagaba la luz y el primado se aprestaba a roncar.

Cuando los entremeses de la audiencia terminaron, el Papa acero su mirada e inquirió al Cardenal.

-¿Que hay de la idea de instalar cámaras de seguridad en los internados de los novicios?

El Cardenal venía preparado.

Sabía que la agenda giraría alrededor de los escándalos de sacerdotes pedófilos en sus diócesis.

¡Su Santidad sabe de la imperiosa necesidad de poner fin a los “errores graves” que salpican y ensombrecen la imagen de nuestra Santa Madre Iglesia.

La instalación de cámaras es una medida preventiva que disuadirá al demonio.

¡Patrañas!! el demonio es invisible ni siquiera existe, no lo captaran los visores, espetó el Papa.

El Cardenal no supo que decir. Ninguno quería referirse abiertamente a los curas maricones.

¿Y en qué lugares estratégicos serán colocadas?

¡Hemos pensado en los dormitorios y en los retretes!

El Papa, con un gesto de asco contenido, mostró desaprobación. Se imaginó visualizar montones de seminaristas y curas cagando y esta idea le revolvió las vísceras.

Deben estudiar otros lugares diferentes. El Papa continuó indagando. ¿Y cómo explicaremos a la opinión publica esta medida si se llega a conocer?

He previsto simular antes una cadena de robos de reliquias sagradas en los seminarios y después, estos hurtos justificarán la medida.

¿Y dónde encontrara Cardenal Wylenska a los ladrones que se presten a este juego?

He pensado encargar este asunto a los padres de la orden del Perpetuo Silencio del Monasterio de Solingthal. Como sabe bien su Santidad, casi todos son mudos y sordos.

¡No dirán nada!

La idea pareció convincente y el Santo Padre dio su aprobación.

El Cardenal se sintió profundamente halagado.

El Papa volvió a la carga.

¿Quién conoce este plan?

El Cardenal con voz firme y prieta contestó:

¡Solo su Santidad y Dios!

Encomiéndese a San Prudencio que siempre es buena la ayuda de un santo, dijo el Papa.

La audiencia estaba finiquitada. El Cardenal tenía luz verde para llevar sus planes adelante.

Su Santidad, a la par que le volvía a acercar la mano para ser besada, le encargó dar sus bendiciones a Sor Marian, de la que dijo conocer bien las piadosas obras de caridad que hacía especialmente con sus manos de santa.

-Fin- (con motivo de los escándalos pedófilos de la iglesia)

 

 

 

 

 

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