MANGER

Schultz llevaba poco tiempo en este trabajo, pero tenía que concienciarse lo antes posible de que ningún cadáver admitía esperas. Era un joven corpulento de apenas diecisiete años cuyos padres me confiaron en tutoría para enseñarle todos los secretos de esta bendita profesión.

Recuerdo con cierta ironía la cara de asco que puso la primera vez, cuando trajeron el cadáver aún tibio de una vieja decrépita que poco le había faltado para cumplir los ciento seis años. La población mundial se había resentido mucho a nivel cuantitativo pero teníamos la dicha de disfrutar una media de edad cercana a los ciento veinte años, por lo que su caso no era nada anormal. Nos dijeron que quedó muerta de repente en su silla mecedora tras sufrir unas horribles convulsiones y, al parecer, ahogando sus últimos estertores entre esputos desparramando sus últimas heces alrededor del funerario asiento.

A fuer de ser sinceros, reconozco que no debió ser muy agradable la retirada y transporte de aquel vetusto cuerpo hasta mi CTyD (Centro de Tratamiento y Dispensación), y a buen seguro que los del STyR (Servicio de Traslado y Reciclaje) habrían querido olvidar para siempre la cara de terror que había quedado dibujada en la arrugada piel de aquella fea momia.

Yo, curtido en mil batallas, no lo pensé dos veces y ordené a Schultz que dispusiera la herramienta necesaria. Éste, vacilante y asustado hasta la médula, preparó mi muestrario de erinas quirúrgicas dejando herir sus bruñidos filos ante la luz del foco instalado encima de la mesa-camilla. Había que actuar rápidamente para evitar la más mínima descomposición, limpiarla al calor de vapor templado para abrir sus poros, afeitarla de cabeza a pies, filetear la poca carne aprovechable separándola de la grasa rancia y adecuar la limpieza del resto de los órganos blandos para después empaquetarlo todo al vacío y ponerlo a la venta a través de los distintos PDA (Puntos de Distribución Alimentaria). Shultz se encargaría del etiquetado y de trasladar después los huesos y cartílagos hasta el CHAP (Centro de Hervido a Alta Presión) para su conversión en una sustanciosa y amorfa gelatina, muy apropiada para la fabricación de caldos y aderezos a la que mezclaban con sal marina, hierbas aromáticas, colorantes, sabores alimentarios  y otros sobrantes de restos orgánicos.

En el año 2176 ya no nos permitíamos el lujo de desaprovechar ninguna proteína… Por vieja que ésta fuera.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s