TANATOS12

CAPITULO 1

Unos sonidos desconcertantes, rítmicos, acelerados. Una mala sensación. Un presagio de algo doloroso. Un estallido desgarrador que me empuja a querer escapar, y de golpe una certeza de que en el fondo aquello no era real. Lo intenté. Lo intenté hasta que lo conseguí; conseguir escapar de aquel sonido y encontrarme con el silencio, el silencio y la oscuridad.

Abrí los ojos y no vi nada, pero en mi cabeza seguían retumbando aquellos sonidos cadenciosos. Aquellos gritos, que eran gemidos. Una pesadilla, el sudor en mi espalda lo cercioraba. La pesadilla había consistido en oír a María entregarse y yo no poder pararlo. No era que quisiera verlo, no, es que quería pararlo y no podía.

Miré el reloj del despertador, faltaba aproximadamente media hora para que diesen las siete y cuarto y me tuviera que levantar para ir a trabajar. Tumbado boca arriba sentía el dormir tranquilo de María a mi lado. Recordé como ella me había abandonado la noche anterior parar irse al salón con su móvil, a escribirse con alguien. Recordé que apenas unos segundos más tarde después de aquello caí rendido. Cómo no hacerlo después de las cuarenta y ocho horas que había vivido.

Dudé qué hacer. Intentar seguir durmiendo o levantarme y, por una vez, desayunar, ducharme y vestirme con calma. Decidí abandonar la cama y una vez en el baño me vi todavía atenazado por aquella pesadilla. Es curioso, pero nunca le había dado demasiada importancia a mis sueños, y, sin embargo, todo lo sucedido desde marzo hasta aquel momento, octubre, había ocurrido por un sueño, por haber soñado que Edu se iba con María y actuaban como si yo fuera invisible. Sí, todo había empezado con un sueño y siete meses más tarde aquello se había cumplido y yo no tenía claro qué sentir, no sabía qué sentir, si es que eso era posible. Tampoco alcanzaba a entender por qué escuchar los gemidos de María con otro hombre podrían ser algo negativo, podrían ser una pesadilla, cuando yo me había comportado durante meses de forma opuesta.

Efectivamente desayuné con calma, antes de que María se despertase. Era la monotonía de siempre pero con un trasfondo diferente. Había pasado. Había ocurrido. Y, mirase donde mirase, me recordaba a pasos, a vivencias previas a haberse producido. Miraba mi portátil a través del cual le había escrito a Edu, el sofá en el que me había pajeado innumerables veces pensando en mi novia con él, mi móvil a través del cual le había mandado aquellas fotos de María. Me sentí como si todo hubiera sido necesario, me sentí como ese atleta que, una vez en lo alto del podio, recuerda todos aquellos días de clandestino entrenamiento. Aquello me dejaba una sensación de maquiavélico que yo no veía en mi.

María se despertó y, como es habitual, apenas cruzamos palabra a esas horas. Sin duda yo seguía queriendo saber qué pensaba ella de todo lo ocurrido, pero lo único que sabía era aquello de “tomarlo con la mayor madurez posible”, aquella especie de “pasó y ya está” que yo no sabía muy bien si era bueno, malo o regular. Sabía eso porque me lo había dicho a mí, pero por otro lado siempre estaba lo que yo no sabía, y era en este caso si se había escrito con Edu la noche anterior.

Una vez en el trabajo me sentí tremendamente vacío. Una rutina tremendamente insípida, como un show de Truman, una obra de teatro agotada. Sentí verdaderamente que mi vida de trabajar, dormir y esperar a que llegase el viernes no era el mundo real, como si lo vivido en aquella boda y aquel hotel sí fuera la vida, y lo demás un atrezo absolutamente carente de valor. Había habido tanta intensidad en aquellas horas que un mal informe, una mala cara, un reconocimiento en el trabajo, me parecían absurdamente vacíos. La vida habían sido aquellas cuarenta y ocho horas, todo lo demás era la nada, lo insulso es su grado más superlativo.

Inevitablemente recordé en el trabajo lo sucedido en la habitación de Edu. Y vinieron a mi mente las partes más crudas, sexuales, brutales, y lo sentí más grave. Lo sentí más fuerte. Nos habíamos vuelto locos. No era arrepentimiento, era conscicencia. Quizás el alcohol, quizás la obsesión de ver la meta tan cerca me había nublado el juicio y no había sido consciente realmente de la fuerza, del peso de lo sucedido. Se me encogía el corazón al recordarla timorata y nerviosa ante él. Se me hundía el pecho al recordarla penetrada, empalada salvajemente por aquel niño pijo. Se me cortaba la respiración al recordarla jadeando, entregada, sabiendo los tres que aquella entrega tenía mucho de hiriente claudicación.

A media mañana recibí una nota de audio de María. Cogí los auriculares y, en mi mesa, me dispuse a escucharla. Si yo no paraba de darle vueltas a lo sucedido obviamente ella tampoco. Con voz firme mi novia me contaba que Paula le había llevado disimuladamente mi chaqueta y mi corbata y que Edu no había ido a trabajar. Que Amparo le había dicho en secreto que él estaba haciendo entrevistas para otro despacho, que sus jefes no lo sabían y que se había cogido el día libre. Pensé inmediatamente si el hecho de que Edu se alejase de nuestras vidas pudiera ser bueno o malo. El audio acababa con un tajante “Pablo, tenemos que hablar, hablarlo ya”, que resultaba tan contundente como obvio.

Por trabajo y recados varios no nos era posible encontrarnos antes de las nueve de la noche, hora a la que finalmente quedamos en la terraza de un informal bar de tapas. Ella no lo sabía, seguro que no lo recordaba, pero era la terraza donde yo había visto a Edu por primera vez. Elegante, sobria, segura, con traje de chaqueta y pantalón azul marino se sentó frente a mí. Pedimos dos cañas y yo estaba nervioso. Nervioso con ella. Como cuando estás con una ex y te preguntas cómo podemos estar nerviosos después de lo que hemos vivido juntos. Obviamente no era una ex y la sombra de la ruptura no planeaba en absoluto, pero las sensaciones de extraña incomodidad eran similares.

No sabía qué podría decirme. Había intentado no darle muchas vueltas. Es que ni siquiera sabía que querría que me dijera. Si yo pudiera hacerle un guión y que ella lo recitara como una periodista con teleprompter no sabría qué poner. No sabía qué querer.

Me dijo que quería decirme tres cosas, y que después hablaría yo. Acepté las condiciones mientras observaba como su melena iba a detrás de una de sus orejas primero y a detrás de la otra después, sus dedos se entrelazaban por su pelo de forma errática y nerviosa. Noté su mirada tremendamente fresca, joven, como si hubiera rejuvenecido, por absurdo que sonase en mi cabeza. Su cruce de piernas en traje de chaqueta era tan sexy y refinado que volvían a mi aquellos fantasmas que me susurraban que ella estaba varios escalones por encima de mí.

Nos cogimos de la mano, sobre la mesa, de forma casual, no forzada, pero llevaba implícito un “juntos hemos llegado hasta aquí y juntos seguiremos adelante”, y en esa línea fue su primer punto: me dijo que, como ya me había dicho el día anterior, lo que había pasado había pasado, que no le iba a echar la culpa al alcohol o a una presunta manipulación por mi parte. “Soy madura”, “soy mayorcita” fueron términos que volaron durante aquella especie de alegato del que yo sacaba en esencia que no me culpaba a mí de nada, pero no me quedaba claro si se estaba de alguna forma culpando a sí misma. Y, mientras ella se extendía, yo caía en la cuenta de que si hablaba en términos de culpa era porque veía en lo sucedido algo malo, y eso empezaba a no gustarme.

Aguanté sin interrumpir y ella llegó al segundo punto. Me miró a los ojos y me dijo:

—Lo de Edu se acabó. No existe. No quiero hablar de él jamás. No quiero que me preguntes por él jamás.

No era una orden. Ni una amenaza. Ojalá. Era una súplica tan desgarradora que me heló la sangre.

CAPITULO 2

El sonido de su teléfono móvil nos sacó de aquella intensidad. Miró la pantalla y esbozando un rápido “es del trabajo” se levantó de la mesa a atender la llamada. A escasos metros de mí, hablaba y gesticulaba, de su lenguaje corporal se podía deducir que estaba explicando donde estaba algo o cómo hacer algo.

Cuando daba la espalda mostraba su redondo trasero embutido por el pantalón de traje y levantado con agresividad por los tacones. Al girarse y estar de frente, su camiseta blanca, de cuello redondo, bajo la chaqueta, denotaba una silueta tremendamente notoria creada por sus pechos. Al llevar camiseta sus tetas eran más contundentes que cuando las cubría bajo una fina camisa, al ir así vestida ganaba en potencia, pero perdía en escote, la camisa era más sutil. Pero de igual forma te mataba: la camisa era la espada y la camiseta el martillo. Se acercó a mí dándome a entender por su gesto que estaba acabando, alargué mi mano y la posé en su cintura y ella me sonrió. Estaba imponente.

Sin embargo no le fue tan fácil finiquitar la conversación y, mientras ella proseguía hablando y gesticulando, volví a recordar que en aquella terraza había empezado todo. Recordé que en aquel momento, hacía más de siete meses, yo era feliz, era feliz y no lo sabía, al menos no sabía hasta qué punto. Estaba enamoradísimo y plenamente satisfecho sexualmente, como para no estarlo con aquella mujer. Tenía mis complejos sí, sobre todo MI complejo, pero no suponía en mí ningún problema mayor. Sin embargo, con todo lo acontecido, ya no era así de feliz. Quizás porque vinculaba la felicidad a la inocencia, o a la ignorancia. Digamos que todo era más complicado. Como un problema que a la vez es una bendición, pero que no deja de ser un problema.

“¿Y ahora qué?”, pensé. ¿Cómo seguir a partir de ahora? Me sentía como cuando de niño eres feliz, juegas con tus amigos y las chicas ni existen. Hasta que te das el primer beso. Y todo cambia. Cómo tras ese primer beso puedes volver a jugar igual, como si nada. Cómo sabiendo que existe eso puedes obviarlo y enterrarlo. Cómo iba a meter todo eso debajo de la alfombra. Cómo pensaba hacerlo María. ¿De verdad María podría seguir con su vida sabiendo que existía aquello? ¿Aquel sexo? ¿Aquella entrega? ¿Aquella locura? Me resultaba muchas veces difícil saber si ciertas conclusiones de María eran fruto de la madurez, del pragmatismo o del auto engaño.

Mi novia se sentó de nuevo frente a mí. Esta vez sí buscó mi mano de manera directa y quiso seguir donde lo había dejado:

—Perdona. Emm, eso. Que se acabó, que no hablaré con Edu nunca más, de hecho hablé con Paula para que igual hasta le doy a ella su chaqueta para que se la dé.

Yo la escuchaba atentamente y estaba tentado de interrumpirla para preguntarle si se había escrito con Edu la noche anterior.

—Y tercero, como sabrás, a Paula se lo he contado, se lo he contado a modo tontería, como que lo teníamos tú y yo como un juego, no se lo he contado como que fue idea tuya ni nada, si no como una chorrada nuestra. Y ella me jura que no le ha dicho nunca nada a Edu, pero para mí él se ha comportado de forma muy rara tanto en el salón de la boda como en su habitación.

Se hizo un silencio y a mi me costó aguantarle la mirada. Qué decirle… “sí, Edu se comportó así porque sabía que yo quería que te follase en mi presencia…” Ganas no me faltaban de sacar toda la verdad, pero era demasiado, ahí si que me arriesgaba a algo realmente peligroso.

—Te toca —dijo sacándome de mis pensamientos.

—Está bien… —no sabía qué decir, así que hablé sin pensar demasiado— pues… lo primero es que lo que hemos vivido, o… he vivido, ha sido… es que no hay palabra María… ha sido, he sentido más de lo que pensaba que un ser humano puede llegar a sentir. Ha sido colosal. Ha sido tremendo. Veros juntos… —María me miraba seria, ni sorprendida ni molesta— es que… fue la experiencia más impresionante que pude haber imaginado… —Yo casi suplicaba porque me interrumpiese antes de decir algo de lo que me arrepintiese por ser demasiado sincero— Nunca pensé vivir nada igual, de verdad, por como se fueron desarrollando las cosas… por todo… Y… que bueno, que si tú me sigues queriendo lo mismo, que si seguimos enamorados, que si es solo sexo, o físico, o yo que sé, que por qué no volver a… no sé si repetir… o tantear… —María torció el gesto y antes de que me replicara proseguí— peroo… que respeto lo que dices, que lo entiendo y que entonces se acabó.

—Se acabó es se acabó —me interrumpió—. No existe, ni se fantasea, no me preguntes si lo veo o no lo veo, si hablamos o no en el trabajo. Si hablase con él por algún motivo te lo digo, pero no quiero que me preguntes.

—Vale. Solo dime una cosa. Ayer de noche, cuando te fuiste con el móvil al salón, ¿era él?

—Sí.

—¿Y de qué hablasteis? ¿Qué pasó?

—No fue mucho lo que nos escribimos. Pero me dijo básicamente que… se podía imaginar la fama que tenía en el trabajo, pero que él no era así. Que en absoluto le iba a contar a nadie lo ocurrido ni me iba a poner en una situación incómoda en el trabajo.

Aquello me sonó a estrategia barata de Edu.

—¿Y qué le dijiste?

—Nada, que… le dije que solo jodería que se lo dijera a alguien del trabajo…

—¿Le dijiste eso? ¿Eso y nada más?

—No me apetecía en absoluto hablar del tema. Imagínate, Pablo… joder… —dijo en tono más alto.

—Que me imagine qué.

—Que no quiero hablar del tema. Que ni quise hablar del tema con él ayer, ni contigo ahora. Que pasó y ya está y no quiero darle más vueltas.

Esa noche tuvimos sexo. Lo hicimos muy lentamente. Yo sabía que María no quería que yo pensase en lo ocurrido mientras lo hacíamos y así intentaba hacerlo. Me centraba en ella, en su cuerpo, en mí, en mi cuerpo, dentro de ella, los dos, solos, como antes de todo. No siempre lo conseguía, pero me forzaba a ello. Por su parte ella respiraba agitadamente, y gemía y casi gritaba, gritaba cuando se tocaba para alcanzar su orgasmo, y de nuevo me daba la sensación de que buscaba decirse a sí misma que no necesitaba nada más, que no necesitaba nada más que a mí.

Durante los siguientes días yo no podía evitar pensar en Edu, y me obsesionaban dos cosas, en primer lugar no olvidar lo vivido, me aferraba a aquellas imágenes de María con él como podía. No solo digamos escenas generales como cuando ella recibió su miembro apoyada contra la mesa o como cuando recibía sus embestidas a cuatro patas sobre la cama, si no gestos de la cara de María, de la cara de Edu, muecas de él, suspiros de ella, la tensión de sus músculos, las miradas de María… No temía perder el plano general, si ese detalle, ese plano corto, ahí estaba la esencia, ahí estaba lo que más me mataba y lo que más me había hecho sentir vivo, por contradictorio que pareciera. La segunda cosa que me obsesionaba era qué había pasado en aquella media hora aproximada en la que me había ido a la habitación de Paula; en el trayecto en coche de vuelta a casa había hecho mis cábalas, cábalas que me excitaban cada vez que las recordaba, pero cábalas al fin y al cabo, y cada vez sentía más la necesidad de saber punto por punto que era lo que había pasado.

Pensé en Alicia, en Nati, en Patricia. Patricia, que en la boda María me había dicho que ya se la había follado, se habría olvidado de ella tras hacerlo. ¿Y de María?

Llegó el jueves y mi novia me sorprendió escribiéndome que porqué no nos íbamos ella y yo a tomar unas cervezas después del trabajo. No sabía si era una forma de evitar a Edu o si realmente le apetecía cogernos un puntillo los dos juntos.

Quedamos en un pub irlandés. Era un sitio sorprendentemente sombrío. Decorado con tonos verdes y madera oscura. Había muy poca gente. Probamos una cerveza negra en la barra y pronto nos fuimos a una de las mesas que estaban como apartadas entre sí, con unos asientos de banco corredero desde los cuales apenas veías nada más que el habitáculo en el que te encontrabas y parte de la barra que se encontraba en el centro del local. Nos sentamos juntos, nada de frente a frente. Una vez allí pronto nos vimos con la tercera cerveza, a partir de la cual ya no pude evitar comenzar a oler un cuello de María que no había perdido el perfume echado a primera hora de la mañana.

María respondió receptiva, más de lo que podría esperar en un sitio público a unas horas que no sugerían nada obsceno. Tras oler su cuello, mis labios buscaron en los suyos a la siguiente víctima, pero antes de besarla quise admirarla, mirarla a los ojos, admirar su belleza. Su mirada era, ya desde aquel momento especialmente encendida. Cuando miré sus labios ya no pude retrasarlo más y nuestros labios se juntaron y su boca se abrió primero, esperando a que mi lengua jugase con la suya. El beso fue largo, consistente, y yo aun no sabía si aquello desembocaría en algo cariñoso o más lascivo.

Ella llevaba un pantalón fino, de color granate, como de traje, una camisa blanca sedosa y una americana algo remangada y oscura, de un tono similar al azul marino. Daba una imagen más informal que vestida de traje entero. Dimos un pequeño sorbo a nuestros vasos. En silencio. Conscientes de la tensión que había creado un olor de cuello y un beso. Es increíble como hay besos que no dicen nada y otros son una declaración de intenciones tan elocuente y mutua. Tras aquellos sorbos unas miradas, una pequeña sonrisa suya que tuve que aplacar con otro beso pues la belleza en su rostro de abrumadora llegó casi a ser incómoda… Y otro beso y otro, y otro, y colé mi vista por el escote de su camisa. Aquella espada que me mataba. Y al ir mis manos a sus muslos maldije que llevase pantalón; en un susurro y tras morderle el cuello se lo desvelé.

—Ya hace un poco de frío para llevar falda… —respondió en un lamento por mi mordisco y por la propuesta, fingiendo inocencia y fragilidad— y no me apetecen medias todavía.

Me la imaginé en taconazos y falda por el despacho… y todos mirándola… pero no quise decirlo en voz alta.

Comenzamos a besarnos como adolescentes en aquella especie de banco apartado. La cerveza se me estaba subiendo incluso más que una copa de alcohol, pero a María mucho más. Al rato de besarnos mi mano subió por su pantalón hacia su entrepierna y ella no solo no me lo impidió si no que separó levemente los muslos, lo justo para que yo pudiera continuar mi exploración hasta apretar la zona que ansiaba, que ansiaba yo y que un “uuumm” de ella me reveló que ella también.

Creía que María tenía los ojos cerrados, pero no debía tenerlos del todo, pues al pasar un chico por delante de nosotros me susurró que parase.

—No quiero parar —murmuré en su oído mientras mi mano subía por su vientre con la clara intención de acariciar su pecho sobre su camisa, y quien sabe si acabar desabrochando algún botón.

—Venga… nos acabamos la cerveza… —dijo mimosa— y vamos a…

—¿A qué? —la incité.

—Pues… ya sabes…

—No, no sé…

—Pues… eso… a… a follar.

Dejé mi mano aun en su vientre y la quise besar, pero fue ella la que me besó a mí, estirando un poco mi labio inferior, en un beso que tenía tintes de mordisco. Su mirada, aquel “follar” y aquel mordisco, denotaban que María estaba realmente caliente y yo me sentí culpable por querer sacarle de alguna manera el tema “Edu”, y a la vez frustrado precisamente por sentirla así de excitada y no poder.

—¿A follar…? ¿Sí? —pregunté azuzándola.

—Si, quiero que nada más entrar por la puerta de casa… me… me folles…

—No pensaba hacer otra cosa —le dije en su oído mientras mi mano ya acariciaba con dulzura su camisa a la altura de una de sus tetas.

—No, pero… —quiso reconvenirme— no hacer el amor. Follar. No lo que hemos hecho estos días.

—¿Follar? ¿Y eso cómo es? —pregunté, a sabiendas de que con esa pregunta mi sobriedad abusaba de su embriaguez.

—Pues… —María me besó, sacó su lengua que jugó con la mía en el aire y atacó mi oreja en otro susurro que me ponía los pelos de punta— que… que me la metas fuerte… que… joder… que me insultes… sí, si quieres.

—¿Ah sí…? que te insulte… vale… y… ¿con esto qué hago? —pregunté acariciando su teta, buscando que su pezón acabase de revelarse y atravesase su sujetador y su camisa.

—¿Con mis… tetas? —preguntó sin alejar sus labios de mi oído y en tono más bajo, como si le avergonzara hablar de ellas y referirse así a su pecho.

—Sí… —insistí en mi pregunta trampa, sabiendo que sobria no picaría.

—Pues… quiero que me las muerdas… que…

—¿Qué más… qué… quieres que haga con ellas?

—Pues que… que me las azotes si quieres.

Retiré un poco mis labios. Para mirarla. Para clavar mis ojos en los suyos. Mi mano abandonó su teta y la contemple con calma: Su chaqueta se había abierto por el magreo, dejando una imagen frontal y brutal de sus ingentes pechos perfectos bajo la tela blanca. Pero lo que mas me mataba era como sus pezones erectos atravesaban todo lo que se les interponía, demostrando que estaba caliente, cachonda, que contaba los minutos para llegar a casa. Llevé una de mis manos a su cuello y la atraje hacía mi para besarla. Ella se dejó y recibió mi lengua en un gemido tan sutil como elocuente.

Durante ese beso no dejó de retumbar en mi cabeza aquel “para que las azotes si quieres”. Sabía lo que me estaba pidiendo, me estaba pidiendo que me comportara como Edu. Que tan pronto llegásemos a casa no fuera yo, fuera Edu. Lo que no sabía era si aquella excitación suya era por mi o si obedecía a sus recuerdos; si su imaginación la estaba haciendo volar.

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