JORDI MARCOS

Dejé el gin a un lado. Las manos deben ser libres, como libres deben ser los deseos. El suyo era besarme. El mío, aun con demora, era voluntad de hacerlo con apego y arte.

Rozando la piel con la yema, trazamos intangible los renglones de la pasión. El oído se moja cuando el picante se aviene con el lenguaje. Los ojos famélicos de lujuria juvenil, yacían en dominancia los unos con los otros. Era egoísmo, ambición, codicia. Al que le gusta mucho comer se lo asocia con la gula. El choque de miradas parcialmente en empate, se resistía en inevitables pausas que se centraban en boca y labios.

– ¿Quieres inventar grabados conmigo?

Ella acercándose sensual al oído, me susurró:

-Aborrezco la velocidad de besar y acariciar. Sé distinto e ingéniate en formas. Quiero sentirte y sentirme singular. Házmelo lento y paulatino. Yo te morderé súbito y con ternura el rosado de tus labios de sequía y ansia.

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