JORDI MARCOS

(1)

[No sabía cómo maquinar el desgarramiento que revolvía las profundidades. Se miraba en el espejo. Se rechazaba descortés, menospreciando lo que para ella era discorde belleza y lo que, para otros originó versos de primer grado. El burlón de los espejos se burlaba de sus dudas, enredándola en reminiscencia lejana y vaga. Travesuras irónicas reflejadas en el cristal físico y mental que tan deleitoso para el burlón, como de amarga aflicción para la víctima.

El juego de las burlas evocaba el inicio tormentoso de unos dulces 18 años. Lo llamaban trastorno, otros lo denominaban desorden y los empresarios emprendedores y positivos, lo llamaban simplemente algo de ‘’desgana profesional’’ –quizás de vivir-. Como en la Náusea de Sartre, sintió su existencia en una travesía de focos pálidos y potentes, de mareos, vómitos y de voces y miradas que la observaban como una pobre enfermiza incomprendida. Era tan poco consciente de su vida, como de la misma forma, le habían concedido apenas tiempo suficiente para conocerla.]

(2)

Revelaba las voluptuosas formas dibujadas con exquisito refinamiento por el pincel soberbio del sensualismo. La ausencia de voces y sonidos ensordecidos y mudos por  asombro a la definición precisa del cuerpo excelente y armónico. Silencio silenciado por la brisa balsámica de sus miembros naturales resplandecientes de calores cálidos y penetrantes. La desnudez vestía de gala con un modelo atractivo de tono enérgico y natural. Sin sonrisa, rimaba pulcra las consonantes de las formas labiales, dentales y velares de su boca. La finura de sus labios estáticos y sin expresión musicalizaba con delicia la hermosura de su cara.

Sin embargo, el reflejo se le presentaba distinto para ella. Veía exageradas y horrendas sus formas con un gusto desafinado. Nunca creyó en los versos. La poética se le antojaba ridícula y fantástica. Su idealismo platónico estaba más que enterrado en sepulcros. Sentía la autoestima en números rojos, subiendo sin reparo el coste elevado de este. Tan solo veía una silueta y complexión en decadencia. Unas curvas estrelladas en una carretera despojada de atributos, unos muslos y un trasero amplios que -en poco tiempo y sin saber cómo- se le figuraban sobre abultados al contorno. Pechos de los que en un tiempo pasado fue mejor. El  maldito de los burladores volvía a jugar con ella como si fuese una frágil muñeca. Engaños serían verdades para algunos y veracidad que sería mentira para otros.

(3)

Pensó en disparatadas ideas. La debilidad carcomía a la que para muchos fue inspiración de deseos y envidias. Tan altiva y recia en público y, en cambio en su soledad era un conjunto de debilidades. Funciones clandestinas en que los espectadores eran el burlón, las paredes de color celeste y sus fresquísimas y perfumadas sábanas rosáceas que decoraban con estética y vitalidad la fría alcoba vacía de amor y de sexo.

Sintió el dolor traducido en ausencia del amor. Lo necesitaba, lo necesitaba en gran cantidad. No era un tipo de amor masticado que debían regalarle dulce y tierno. Estaba cansada de que la obsequiaran de mezquindad interesada. Miró el repertorio repleto de solicitudes de sus pretendientes, que con más asco que antipatía los dejó todos en leídos. Sintió la misma náusea que cuando observaba fijamente al burlón cristalino. Su búsqueda era otra, otra que le concediese amor propio, sin promesas ni artificio de comediantes que se colgaban y se prendían, ridículamente de sus virtudes. Por fatiga o por pereza, aquello le producía un mar profundo de agobios.

(4)

Caminaba desnuda con su piel almidonada y radiante, manifestándose provocativa a la vista de los objetos inmóviles y mudos que asistían frecuentes a la lírica de su escenografía. Se dejó caer blandamente sobre la fresca y rosácea cama, gimiendo satisfecha un soplo placentero como si se hubiera hundido en un prado de flores. Las sábanas celosas del concierto la envolvieron de lujuria y del perfume predilecto, que a veces le aborrecía rutinaria y otras quedaba cautivada de la fragancia.

A fuego lento emprendió con la mano móvil un viaje descendiente por la autovía de su cuerpo, dirección a los secretos de su intimidad. Se acariciaba como solo ella sabía, notando la lisura delicada de la carne de sus dedos, que empezaban a encenderla levemente. Una mano permanecía agarrando las sábanas blancas, que angustiadas chillaban silenciosas en nombre del hambre.

La otra hacía el recorrido de apertura desde la cabellera, circulando por el perfume femenino elegante y sensual que intoxicaba de erotismo la zona anillar del cuello. Trazaron por esferas simétricas de blanquecino, que contrastaban con el resto del cuerpo, y que la yema ejercía caricias suaves al pico sensitivo y rugoso. El juego se combinaba en círculos uniformes que ensanchaban el diafragma, acreciendo el volumen y ritmo respiratorio. Por la otra banda, los brutos y repentinos pellizcos eran consecuentes de un leve sonido punzante de dolor placentero.

Sin tiempo determinado dejó la zona alta del corazón -esponjosa para sus amantes y sensible a los amores- y prosiguió el viaje que alcanzaba el ecuador de los deseos. El ombligo era el centro de su cuerpo y núcleo para los labios de los amantes sumisos que besaban la piel tan fina y deleitable. Jugaba con la perla plateada de su ombligo que sensual le daban un toque desigual a la naturalidad de su vientre.

(5)

Había épocas que, por escasez del tiempo, la apetencia le resonaba vibratoria en las entrañas. La falta de dinero, aunque fuera causa, prefería mantenerla en disimulo para no alarmar de dramatismo, que no suele ser del gusto burgués. Los descansos eran mínimos y las jornadas más que completas. Las nóminas se destinaban tres cuartas partes a su familia adoptiva. Todo lo restante lo invertía en sus principios de ahorro, de los que no tuvo influencia, pero que desarrolló desde que por instinto empezó a ganarse la vida. Conservaba poco porque parte de su economía iba destinada a comer –que se lo hubiese ahorrado si su cuerpo no se lo pidiese- y a darse de vez en cuando, algunos caprichos. A pesar de ello, estaba en la plenitud armónica y como presumida que la apodaron tantos, su cabeza no le permitía abandonar sus esfuerzos de perfeccionarse en el día a día.

El bello erizado, simultáneo a la estimulación de corrientes placenteras por la pelvis, muslos y pecho. El rosáceo de las sábanas se convertía en calentura húmeda y mojada, perdiendo el frescor y perfume iniciales. Empezaban a rozarse las entradas del placer, los enigmas del gozo. Su figura se endurecía y contraía contagiando a todas sus extremidades, que algunas sudaban ardientes y se mezclaban paulatinas con el mojado del rosáceo.

(6)

Musicalizó la directora de orquesta los versos poéticos y melódicos que tenía guardados en el alma, alternando concordancia de ritmos suaves e intensos. En el pleno clamor de los acordes, articulaba una voz suavemente escandalosa y desgarrada que dejaban al burlón de los espejos como un relámpago furioso de excitación, empapándose de un vaho caliente que hacía borrasca en una parte del cristalino. En forma de cámara seguía cada movimiento de la musa y se reflejaba en el vidrio para duplicar la escena intrínseca. Ella lo observaba y se observaba de frente. Cerró los ojos por vergüenza de verse tan íntima y porque parte del placer se lo provocaba. Sin perder el registro y tono elevados.

Absorta en su singular fantasía, se le olvidó que la ventana se desplazaba inquieta y sonámbula. Soplos de aire que con cólera furiosa resonaban por toda la habitación y que causaban golpes estremecidos. La brisa fresca ventilaba y renovaba el oxígeno de la habitación, cargado de bochorno y libido. Rozaba con frescor el ardiente cuerpo, como si la corriente de aire fuera la fricción de unas manos eróticas que evocaban al pretérito. Las caricias eólicas de helor fueron las detonantes de espasmos incontrolables y de la contracción completa de todo su cuerpo rígido.

En la plétora del clímax, resonaban sus gemidos por el ventanal, accediendo al jardín silenciado y florido de naranjales y margaritas blancas. La luna iluminaba el pequeño pero refinado vergel que reposaba en la noche de una primavera revoltosa. El cielo estaba sereno y -aunque no era frecuente- estaba diáfano, divisándose con claridad los astros en el cielo. Tras terminar el apogeo y culminación de sus deseos, con la respiración agitada y complaciente estiró todo el cuerpo en la cama con las piernas arqueadas y los pies helados de base.

(7)

Se encendió un cigarrillo y esparcía el humo espeso y blanco, abarrotando toda una atmósfera de humo denso y concentrado. Las caladas relajaron el consumo de fatiga y placer. Tenía pintada dos rosas rojizas y ardientes en cada canto de su cara y su cabellera con un estilo algo desenfadado y desbordado. Entre caladas, permanecía fija mirándose en el espejo.

El burlón intentó reflejarse en recuerdos revueltos y desordenados. Se reflejaban entelequia imágenes en neblina, figuras descompuestas, símiles incoherentes y un olor acre intermitente y habitual. Delirios atrofiados y de traumas rasgados que pesaban emocionalmente. Aquel burlador se recreaba en la complacencia del sufrimiento de esos dos luceros oliváceos que, en otras ocasiones derramaban gotas afluentes del Mediterráneo. El mismo que antaño presenció las caídas agresivas contra el suelo que le propiciaba su primer amor, al que entregó parte de su corazón ennoblecido. Mentales carcajadas tenebrosas retumbaban por la amplia y fría alcoba.

Esta vez, reaccionó altiva y despectiva ante el cristalino, retando orgullosa al que la ofendía y se burlaba persistente de su blandura. Caminaba soberbia acercándose al reflejo en una bella imagen celestial que la definían osada y presumida. De frente, se revolvió en súbitos movimientos, alterando su larga melena lacea y atezada. Sus ojos se clavaban en ella y se miraba firme, prestándose con respeto y admiración que merecía con creces.

La sangre brotó por su benigno puño que, con el impacto contra el vidrio, derramó un manantial de cristalinos minúsculos y punzantes. El licor escarlata circulaba por la finura de sus dedos que le dolían con gravedad. Histeria arrebatada que dominó el control por un instante, y que sintió como el triunfo justo de su conciencia.

De todas formas, el asunto no fue grave, tratándose solo de un espejo. Desde hacía tiempo deseaba cambiarlo por otro que no le recordara al pasado y que reflejara -al menos- el ventanal que ofrecía las vistas florecidas del jardín y así, decorar de alegría los momentos de penuria.

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