JORDI MARCOS

Los luceros de la noche vieron salir a la Presumida de la zona nocturna de la Vila Olímpica. La temperatura veraniega era apacible y serena, pero al permanecer parte de la noche tomándose el Gin en la terraza de la discoteca que daba a primera línea de mar, notaba una brisa fresca causante de leve friolera y rigidez en el cuerpo. La luna íntegra y fulgurante de luz iluminaba la ciudad y despertaba los deseos de sujetos anónimos que escribían inconscientes, sus propias historias a la antología postrera de la eternidad.

La soberbia celeste, galanteaba imperiosa con las estrellas del cielo. Con arrogancia atrevida y dulce las seducía, enamorándolas de versos que recitaba con sus pedacitos de luz de luna. El falso guía embaucaba después, mentiras de engaño amoroso. Se evadía del compromiso cambiándose constantemente de formas, fingiéndose en la apariencia hasta de cuatro estados diferentes. Cuando las estrellas sentían ser utilizadas por la vil infamia, apagaban su iluminación para que el firmamento no viera el despojo deshonrado.

Se cubrió con la chaqueta rocker de cuero negra y ajustada, ornamentada con varias cremalleras y cadenas decorativas que le daban una estilística más anárquica y desenfadada. Debajo de esta, presumía de una blusa rosácea de tono claro y suave, con escote cruzado que dibujaba una uve en el centro del corazón, imagen calcada a cuando gestual, fumaba el cigarrillo pinzado a dos dedos. La falda corta de tubo negra que marcaba con atractivo las formas voluptuosas de su cuerpo, contrastaba gustosamente con la blusa y accidentaba inevitable, la atracción mental y visual de los peregrinos curiosos del paseo marítimo 

Tierna, caminaba descalza y murmuraba un leve quejido del dolor que le hacían sus blandos pies. Ese pesar fue la recompensa de bailar entregada y eléctrica a los placeres mundanos de la noche y someterse en esas circunstancias -por un largo periodo- a la agonía de unas plataformas tan considerables y llamativas.

 Al cruzar las altas Torres de la Vila, se veía otra playa que comunicaba con las muchas que tiene Barcelona. Los residentes de la ciudad no las admiran con la misma gracia como aquellos que las sienten y ven por primera vez. Los que se desvirgan por primera vez en la asistencia marítima, hay en sus semblantes cierto temor y respeto a las aguas apacibles del Mediterraneo -evadiendo ágiles el agua que se les aproximaba- como si las diminutas olas y corriente serenas pudieran arrastralos a la perdición inmensa de los mares.

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