ANTONIO LÓPEZ VALLEJO

Con el entendimiento aturdido por el insomnio, el trabajo duro y el cansancio existencial, caminaba sin rumbo, esperando un encuentro, un suceso, una aparición capaz de cambiar mi estado de ánimo, de borrar la apatía y el desasosiego que reinaba en mi. Escoltaban mis pasos por el centro de la ciudad las tentadoras tiendas de moda que proliferaban cada vez más en las urbes modernas, repletas de artículos dispensables, de ciudadanos convencidos por anuncios televisivos y vencidos por una avaricia aprendida, que busca la felicidad en el consumismo insano de las tarjetas de crédito y los préstamos a bajo interés, tras de los cuales se van el tiempo y la vida.

En alguna parte, fuera de aquel bullicio, habría unos ojos viendo la puesta de sol, pero en aquel centro urbano la luz de las farolas iba supliendo poco a poco, casi sin darnos cuenta, a la luz solar desaparecida entre los altos bloques de apartamentos y los fálicos edificios de oficinas.

Las luces de neón que marcaban la ubicación de un bar actuaron en mi subconsciente como el faro anunciativo de un oasis etílico en el que descansar mi desánimo y mi soledad crónica.

Sin embargo, los bares ya no eran lo que fueron unos años atrás, cuando eran lugar de encuentro de soledades e inicio de amistades. Mi melancolía enfermiza me obligaba a añorar la conversación y las risas que habitaban en los bares antes de la invasión que las redes sociales habían llevado a cabo a través de los teléfonos móviles, apropiándose de la mente y el tiempo de una mayoría felizmente doblegada.

En el interior del bar, decenas de pupilas rojas, acuosas, ensangrentadas y fijas en sus individuales pantallas de doce pulgadas, se mostraban indiferentes e inamovibles ante el sonido de la puerta y la entrada de un nuevo parroquiano. Solo unos ojos se alzaron ante mi llegada, unos ojos verdes de mirada cansada y pupilas dilatadas por el uso o abuso de las drogas blandas. Eran los ojos de una mujer solitaria, que no tenía a nadie que le esperara, ni en la vida real ni en la digital; unos ojos que suplicaban cercanía desde el otro lado de la barra, donde aquella mujer de cabello rubio descuidado, manos desgastadas y generoso escote perlado de saladas gotas de sudor, trataba de ganarse el pan con el que mantener sus pequeños vicios, los gastos de un viejo y céntrico piso de alquiler y la brecha económica generada por una hija veinteañera que se había apuntado a la moda de los erasmus y pasaba un año sabático cursando unos estudios que tendría que repetir al siguiente año en su España natal.

Mi mirada permaneció anclada a cada uno de sus movimientos dentro de la barra, y ella, sabiéndose observada, convirtió el acto mecánico de servir un cubata en un ritual de coqueteo femenino.

Luego, convencida por la experiencia de que en unos segundos mi abstracción sería similar a la de mis compañeros de barra y de que mi atención quedaría fija en la pantalla de mi móvil, se acodó en el quicio de una ventana enrejada que, situada al final de la barra, daba a una placita urbana con una farola de luz tenue, un banco solitario y una fuente seca. Desde ahí, en cuyo poyete habitaban siempre una cerveza medio vacía y un canuto de marihuana a medio fumar, recordaba otros tiempos más lozanos, lejanos y auténticos, cuando acaparaba miradas, atención y pretendientes, cuando el mundo era aún joven, la risa abundante y el futuro prometía todo lo imaginable. Unos tiempos en los que jamás hubiese pensado verse sirviendo copas a una legión de autómatas mientras acumulaba deudas, desilusiones y desesperanza, permitiendo que la sumisa desidia y el fatal conformismo acabaran gobernando su vida y aplastando cualquier intención de cambio y cualquier atisbo de rebeldía. Su vida era cansancio, suspiros y manso desgastadas.

Para cuando sus ojos regresaron a la barra se encontraron con los míos, que no habían dejado de mirarla. Con el segundo cubata mis ansias de comunicación y humanidad encontraron respuesta en el juego de sus miradas, coquetas y curiosas, de manera que nuestros ojos empezaron a hablar antes de que, sorprendidos y contentos por encontrar a alguien con la vista fuera de cualquier objeto digital y la atención puesta en el presente y en el entorno, empezaran a brotar las palabras de nuestras bocas.

Entre tragos, miradas e insinuaciones destapamos nuestras soledades. Quedaron al descubierto sus ganas de escapar, de aferrarse a una mano y dejarse llevar, lejos, a otro lugar, a otro mundo, a otra vida, por un camino de amnesia, despreocupación y paisajes nuevos. A lo que yo respondí, con el valor nacido en mi estómago tras el cuarto cubata, declarándome capaz y dispuesto para afrontar ese viaje, cualquier viaje, todos los viajes, con tal de poder descansar mis miradas en sus ojos, mi ansiedad en sus oídos, mi sed en sus labios.

Los otros clientes, que con sus móviles conformaban un coro de sonidos metálicos y digitales, ajenos a la alianza que se estaba forjando junto a ellos, iban descendiendo en número poco a poco, abandonando sus taburetes con mayor o menor dignidad, hasta quedar solas su soledad y la mía, sus ojos verdes brillando con una esperanza que no recordaban y los míos reflejando una audacia que creía ausente en mi.

Afuera la noche iba avanzando. Apenas quedaban luces encendidas en las soluciones habitacionales donde la mayoría de ciudadanos descansaba sus ganas de volar sobre los colchones que les preparaban para la jornada laboral del siguiente día.

Bajo la luz de las farolas, salpicadas por las aceras empedradas, llegamos hasta el portal de su casa, donde un mendigo de cara amoratada y ronquido sólido recostaba sus miserias y sus huesos sobre el duro granito del escalón de entrada.

Una mirada insinuante, que quería ser pícara, y una media sonrisa, bastaron para convencerme. Luego, una ducha compartida y un sudor de sábanas y saliva hicieron el resto.

Tal vez lo nuestro no naciera del amor, sino de la necesidad de atención, de cariño, de compañía, de la necesidad de otro, de alguien ajeno al transcurrir de un mundo con el que no estábamos de acuerdo, donde no encajábamos, un mundo digital donde solo encontrábamos silencios hirientes, manos gastadas, futuros suicidas, soledad…

A la mañana siguiente, cuando llegó mi hora de ir a trabajar a la fábrica, di media vuelta sobre el colchón y abracé su cuerpo, besé su cuello y seguí durmiendo en el descanso de su regazo. Después, cuando ella se vio sorprendida por la hora de apertura de su bar fue a bajar la persiana y regresó a la cama, a aferrarse a mis manos y a mis labios.

Al segundo día de estar aquí desenchufamos todo instrumento eléctrico menos la nevera; al octavo día, cuando desapareció todo atisbo de alimento refrigerado, bajamos los plomos. Tres semanas llevamos parapetados en este piso, a oscuras, sin luz eléctrica, sin móviles, sumando y sudando soledades y salivas. Hoy hemos acabado con la última lata de berberechos, ya no queda nada de comer y, a no ser que empecemos a mordisquear las cortinas, pronto tendremos que salir a enfrentarnos con una realidad que no queremos ver, que no es la nuestra; pero mientras llega ese momento, volvemos a la cama y nos aferramos al otro, a nosotros mismos, a dejar pasar el tiempo, la vida y el mundo de los otros.

https://antoniolopezvallejo.wordpress.com/

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