SLAVEOFDESIRE

Por fin era libre de la intimidante presencia de Hugo, el gigantón de Pueblo andaba a grandes zancadas hacia la puerta del hotel. Mi mente había entrado en un estado frenético intentando encontrar alguna solución, quería joder a Hugo, quería joder a Miriam (en más de un sentido) y quería joder al tío de la camisa pero sobre todo no quería acabar jodido por esta situación, y además, por mucho que me doliera lo de Miriam no quería que Hugo pudiera hacerle algo. Por más que pensase no se me ocurría nada y cada vez tenía menos tiempo, cogí el teléfono y tras pensarlo unos segundos marqué el número de Miriam. Mierda, no me lo cogía. Volví a llamarla una segunda vez. Tonos de llamada. 1,3, 5, buzón de voz. ¡Joder!. Si Hugo se encaraba con ellos se acabó. Llamé una tercera vez, ya desesperado. ¡Mierda Miriam cógelo!

– ¿Juan? ¿Qué pasa? – ¡Eureka!

– Miriam, escúchame, no digas nada. Hugo está entrando al hotel, está muy nervioso y cabreado, no sé de lo que es capaz.

– ¿Qué? ¿Como lo ha…?

– ¡No importa, tienes que salir de ahí antes de que os pille!

– Espera, ¿Donde estas tú?

– Afuera, aparcado en la calle.

– Joder, Juan… Vale, joder ¡Hostia! ¡Vale, no te muevas! ¡Voy para allá!

– ¡Miriam te va a ver! – No obtuve respuesta, me haba colgado antes de que llegara a terminar la frase.

Joder Miriam venia hacia aquí, iba a tener que confesárselo todo, cada vez tenía más claro que este iba a ser el final de nuestra convivencia, ella no me perdonaría que me hubiese compinchado con Hugo para desenmascararla después de haberle prometido que no diría nada, pero nuevamente producía sentimientos encontrados, me dolería perderla pero a la larga quizás fuese lo mejor, quizás podría librarme de los líos en los que me metía y en esta obsesión insana que tenia por ella, de sus mentiras, de sus manipulaciones y de tirar mis principios a la basura por ella. Pero coño, como me iba a doler perderla…

La vi salir del recinto y en seguido me divisó, no tenía ni idea de como había conseguido salir sin encontrarse con Hugo, yo me puse como si me hubieran metido un palo por el culo en cuanto la vi encaminarse al coche decidida. No paraba de sudar y mi corazón latía a mil, por hora. Era el fin.

O eso creía.

Miriam entro en el coche sin decir ni una palabra, estaba seria pero no parecía cabreada, al contrario se le notaba nerviosa, por una vez no parecía estar al control de la situación. Ni siquiera me miraba, su mirada se mantenía en dirección a la puerta del hotel. Entonces respiró hondo y mientras se ponía el cinturón me dijo:

– Vámonos a casa.

Me quedé estupefacto pero le obedecí, arranqué el motor y salimos de allí, evidentemente ninguno de los dos queríamos esperar a que regresara Hugo pero tenía demasiadas preguntas, ¿Que pasaba con el chico de la camisa? ¿Por qué no se iba con él? ¿Y que iba a pasar con Hugo? Pero no me llegaron respuestas por su parte sino sus propias preguntas.

– Juan, no hemos sido sinceros el uno con el otro, y esto nos ha traído a esta situación, estoy dispuesta a contártelo todo pero primero tienes que contármelo todo tu, ¿Vale?

– Vale – dije con la mirada fija en la carretera.

– Ha venido Hugo contigo ¿Verdad?

– Si

– Ósea, ¿Que le has contado lo mío con Raúl?

Así que el tío de la camisa se llama Raúl – No, eso lo ha descubierto hoy.

– Entonces ¿Que hace aquí?

– Me preguntó por como estabas, le mentí para cubrirte pero me pilló. Si me hubieras dicho la verdad, nada de esto habría pasado.

Miriam no dijo nada, seguía mirando hacia la carretera, reflexionando, nunca la había visto así de nerviosa y seria, ni siquiera la mañana tras follarse al dichoso Juan.

– ¿Entonces se ha presentado de repente y te ha obligado a seguirme o estabais compinchados? – Habia subido el tono de voz. Se le notaba muy cabreada pero también dolida.

– Yo no quiero estar compinchado con nadie, sois vosotros quien me habéis metido en medio de vuestras movidas, y ¿Como quieras que le diga a Hugo que no?

– ¡ECHANDOLE UN PAR DE HUEVOS! – Grito mirándome al fin.

– ¡PARA TI ES MUY FACIL DECIRLO, NO HACES MAS QUE MENTIR, NO TE ENFRENTAS NUNCA A NADA! – Le grite devolviéndole la mirada.

Se quedó de piedra, no creo que se esperase que me enfrentase a ella, siempre había sido un juguete en sus manos y por fin daba señales de rebeldía, no iba a callarme nada. Y sin embargo esa última frase mía había ido tanto para ella como para mi, incapaz de enfrentarme a mis problemas, pero era hora de cambiar eso.

– Tienes razón, voy a enfrentarme a esto. Déjame tu móvil.

– ¿Mi móvil? ¿Para qué?

– Voy a escribirle a Hugo.

– ¿Y por qué no lo haces desde el tuyo? ¡Ya te he dicho que no quiero que me metáis en vuestros líos!

– Porque me lo debes.

– ¿¿Que te lo debo??

– Si, me prometiste que sería nuestro secreto.

– Si no hubieras tenido secretos conmigo igual lo habría cumplido.

– Juan, dame tu móvil, por favor. – Cada vez estaba más nerviosa.

– No

– ¡Que me lo des!. – Llevó sus manos hacia mis pantalones y empezó a manosearme para cogerme el móvil del bolsillo. Aparté sus manos como pude mientras conducía pero ella no cejaba en su empeño.

– ¡Miriam joder! ¡Que estoy conduciendo!

– Pues eso es lo que tienes que hacer conducir y dejar de resistirte.

– ¡Miriam para! ¡Que nos podemos matar!

– ¡Estate quieto!

Intenté con una mano evitar sus ataques mientras con la otra manejaba el volante pero era como un pulpo, no se rendía, me vi estrellándome de frente contra un camión como en la pelis de destino final así que en cuanto vi un hueco grande aparqué el coche. Me giré hacia Miriam que aun tenía sus manos en mis pantalones y le agarre de las muñecas pero ella ni se imutó. No me miraba a la cara, me miraba a la tienda de campaña que se formaba en mi entrepierna. Joder, se me había puesto dura con el manoseo pero con el miedo a estrellarnos ni me había dado cuenta. Miriam me miró a los ojos, había rabia pero también deseo en su mirada, nuestras miradas estaban clavadas y yo empecé a sentir un ligero contacto en mi paquete, las yemas de sus dedos habían empezado a recorrer la longitud del bulto que marcaba mi chándal, yo estaba aturdido, seguía cabreado pero mi libido en ese momento estaba por las nubes, a pesar de tener la tela de mi calzoncillo y del pantalón de deporte entre sus dedos y mi polla sentía un montón de placer, como si apenas hubiera la fina capa de seda, y pensé que si en algún momento llegaba a agarrarme la polla desnuda moriría feliz. Ella siguió con su masaje, ya no acariciaba con sus dedos sino que me la sobaba con toda la palma de su mano, de arriba abajo, recorriendo toda la extensión de mi miembro que estaba apuntando hacia la derecha. Entonces note como su mano izquierda pugnaba por entrar en mi bolsillo, moví mis piernas para facilitarle la maniobra y por fin entró al tiempo que me agarraba el rabo con la derecha, la tenía tan dura que me empezaba a doler. Sentí los dedos de su mano izquierda acariciarme el capullo descubierto a través de la fina tela del bolsillo, dios, sentía que podría correrme solo con eso, estaba disfrutando al máximo con los ojos cerrados de sus atenciones cuando de repente paró, saco su mano de mi pantalón y lo sentí mas vacio que antes. Abrí los ojos y vi que tenía mi móvil en sus manos, volvió a mirarme a los ojos.

– Juan, vamos a casa, hoy vamos a resolver todos los asuntos pendientes.

Trague saliva y asentí. Cogí el volante y encaminé hacia nuestro hogar mientas Miriam escribía a Hugo con mi móvil. No había ni un pensamiento que cruzase mi mente, no había rabia, no había confusión, nada. Solo podía pensar en follarme a Miriam, en llegar a casa y desnudar a Miriam, tirarla contra mi cama y besar a Miriam, morderle el cuello a Miriam, metérsela a Miriam, hacer gemir a Miriam. Solo Miriam.

No tardamos ni 10 minutos en llegar pero todo el trayecto estuvimos en silencio, no hubo conversación ni toqueteos pero nos mirábamos de vez en cuando con deseo, ella no paraba de morderse el labio y yo exhalaba profundamente como respuesta, la tensión sexual era indiscutible. Afortunadamente había aparcamiento en nuestra calle, no podía esperar a abalanzarme sobre ella pero aun así no lo hice en cuanto bajamos del coche, ni en cuanto llegamos al portal o montamos en ascensor, era una pequeña tregua que sabíamos que se iba a romper en cuanto entrásemos por la puerta de casa, como cuando ves venir un susto en una peli de miedo. Llegamos a la puerta y por fin me entraron todos los nervios de golpe, no atinaba a meter la llave de casa, sabía lo que iba a pasar en cuanto entráramos, lo que había deseado desde que conocía esta diosa bajita que vivía conmigo y ahora en el momento de la verdad me asaltaban miles de dudas e inseguridades, ¿Estaría a la altura? ¿Le gustaría?

Abrí la puerta y entramos, yo primero y ella después , la casa me parecía extraña, hacia menos de una hora que habíamos salido pero parecía que habían pasado días, por fin estábamos Miriam y yo en la misma página, por fin habíamos puesto las cartas sobre la mesa. Me di la vuelta y la contemplé apoyada contra la puerta como el día que se había despedido del tal Raúl después de haberse acostado él. Miriam me miró a los ojos pero no con culpabilidad como aquella mañana sino con lujuria, me acerqué a ella lentamente, evitando por todos los medios dar señales de que nunca en mi vida había estado tan nervioso, ella no hizo ni un gesto, siguió mirándome, saboreando la expectación como cuando el camarero te trae tu postre favorito. Apoyé una mano sobre el marco de la puerta y con la otra agarre su cintura, me acerque muy lentamente para besarla. Nuestros labios estaban a escasos centímetros, nuestras miradas fijas en el otro.

Y me lancé.

Y ella me detuvo simplemente posando un dedo en mis labios.

– Aun no – me susurró al oído- Nos falta el publico.

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