JORDI MARCOS

Tras pasar las avenidas y calles principales del centro, hallé los altos y robustos edificios de la capital. A su lado, yo me sentía una partícula diminuta que se acoplaba perfectamente con el resto. Desde los cielos o la televisión, nos apodaban como hormigas por el continuo y constante tránsito que se observaba.

Haciendo méritos para esquivar a la muchedumbre, logré llegar –algo perdido y desorientado- a la zona marítima de la ciudad. Contemplé la gran fuente que se presenciaba a pocos metros de mí y de otros curiosos, que al igual que yo, examinaban con encanto aquel ser fantástico, de estética altiva y majestuosa que escupía agua por la boca.

El cielo estaba sereno e intensamente azulado, parecía prestado del mismo cobalto por su pureza viva. El aparecer del crepúsculo, iba pintando la ciudad de un tono más oscurecido. Desorientado de aquella magia, pensé por un instante, acercarme curioso a aquel hombre que tiraba monedas desde el canto de la gran fuente. ¿me contará, quizás, el secreto -como tantos tenemos- oculto de su historia? ¿o, debería encaminarme hacia otra dirección? Tal vez no quiera hablar…

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