MARCELA VARGAS

En sus escasos tiempos libres, la oficinista Sofía gustaba de leer obras literarias del género fantástico. Particularmente, una novela en la que el protagonista, Dante el sublime, era su ídolo momentáneo. Una noche, luego del trabajo, ella se dispuso a mirar la televisión y se encolerizó al ver que una de sus historias favoritas era “deformada” por una película, cuyo papel principal se lo dieron a Denis, un actor que no se parecía en nada a Dante.

Sofía fue a su habitación y abrió la hermosa edición del libro para releer las partes que había señalado con suave lápiz negro. Pero le ocurrió que el ejemplar adquirió el tamaño de una ventana. A medida que iba hojeando, las primorosas páginas se difuminaban y todo lo allí descripto se dibujaba frente a sus ojos. Los paisajes de lápiz se tornaron en pintura, luego se hicieron realistas, hasta que ya no había hojas para dar vueltas… Es que ahora, la humilde joven se encontraba en ese apócrifo mundo.

“¡Esto es real!”, se decía, mientras recorría el vasto espacio nocturno. Sofía no tuvo miedo, porque era un lugar tranquilo y de temperatura templada. El cielo era azul profundo, iluminado por las estrellas que brillaban en todo su esplendor dado que no había luces artificiales que molestaran. El aire era puro, la vegetación era fuerte. Uno podía ir hacia donde quisiera sin preocuparse por perderse o por llegar tarde a algún punto. Como no existía nadie allí, no había por qué sentirse cohibido ni tener vergüenza de ser uno mismo, cantar, bailar, reír, llorar a mares… ¡allí se era intocable!

Sofía sabía hacia dónde dirigirse. El mundo era conocido por ella porque lo había leído cientos de veces. Sin embargo, estaba boquiabierta. Y se quedó completamente fascinada cuando vio, al final de un sendero ascendente, una enorme casa de dos pisos flotando, amarrada al suelo por cuatro férreas cuerdas. Estaba feliz porque ese era el hogar del sublime.

Dante, que se encontraba en el interior del inmueble aéreo, la vio y al hacerlo, descendió, pero no a su encuentro. Bajó de su casa con presunciones de héroe. Se le acercó, y ella se atrevió a hablarle, pero la voz le falló. Tras reponerse un poco de la estupefacción, lo saludó; le dijo que era admirable, que lo quería mucho y que su vida era lo mejor que había leído. Pero el sublime no le respondió, más bien hizo todo lo que ella esperaba y anticipaba de este personaje; sin embargo, Sofía se sorprendió.

Dante recorrió todo el lugar de forma veloz; lanzó luces mágicas a su alrededor mientras volaba entre risas; cantó con una voz única. Cuanto más Sofía le seguía los pasos corriendo desde abajo, llorando, sonriendo; tanta más energía tenía el sublime. La chica sabía que luego de todo ese show, él bajaría. Cuando lo hizo, ella aprovechó para contarle todo sobre su “vida mediocre”. Pero él no hacía más que reiterarle los diálogos de la obra.

De pronto, la joven oyó que alguien, imitando la voz del personaje central, decía lo mismo que él, pero con diferentes palabras. Se trataba de Denis, el actor de la película que personificaba a Dante. Sofía lo miró y sintió puntadas en el corazón. Se dirigió a él y le reprochó el haber entrado a ese extraordinario mundo, el cual solo estaba hecho para ella. Con excesiva animadversión, le cuestionó su actitud de emular al sublime; de usar ropas, modales, gestos, voz que no eran de él; de “arruinar una obra bella”; de agregar cosas que Dante jamás dijo en el libro. El actor se detuvo a escucharla, muy adolorido por sus palabras. Le explicó que como ella, había muchos seguidores del mencionado personaje, entre los cuales se encontraba él. Que si bien jamás le llegaría a los talones, esta era su forma de manifestar su admiración y gratitud con el autor; y ella debía ser más agradecida, puesto que la película multiplicó la venta del libro e hizo que esa maravillosa historia se hiciera conocida y accesible. “Yo le doy humanidad al personaje”, acotó Denis.

Luego, el artista dejó de seguirle el ritmo a Dante y se dispuso a partir. El sublime continuaba volando, pero percibió cuando Denis dejó de imitarlo. Sofía, esta vez sin animosidad, le preguntó por qué se iba, a lo que el actor le contestó que si bien la interpretación lo ha favorecido en el mundo del espectáculo, llegó la hora de acabar con la misma porque esta ficción no le permitía explorar otras facetas de su rol; por lo que comenzaría a adaptarse a otro papel, más realista.

Sofía no pudo evitar un poco de tristeza y lo despidió. A continuación, al ver que Dante descendió, ella se le aproximó para reintentar una conversación con él sobre su vida cotidiana. Mas él, soberbio, no dejaba de reiterar sus diálogos predeterminados. Fue entonces que la muchacha se frustró y, además, recordó que al día siguiente debía volver al trabajo.

Así, el paisaje se desdibujó y las hojas del compendio empezaron a cobrar nitidez. El libro recuperó su tamaño normal en las manos de Sofía. No era más que eso ahora, a pesar de lo cual se veía un esbozo en lápiz del sublime que venía corriendo y desesperado para suplicarle a la joven que no se fuera, que allí había una historia fantástica para ella. Sofía se burló y le contestó que eso no resolvía sus problemas.

Cerró el ejemplar, lo puso sobre una mesita de luz y se acostó. No pudo conciliar pronto el sueño: pensó en la novela y se convenció, con una sonrisa, de que la ficción era lo único que alimentaba su rutina.

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