ALICIA SAN MIGUEL

Llovía a mares, podías ver el agua correr a través de los viejos adoquines de la calle principal. Yo estaba empapada, el viento no ayudaba a que mi paraguas transparente con ribete plateado me cubriese, y la humedad había llegado hasta mis huesos. Me sentía entumecida. No paraba de pensar cómo iba a decírselo, cómo iba a explicarle que nada de lo que habíamos planeado se iba a cumplir, que todo había cambiado. Yo había
cambiado.
Caminaba sin rumbo, solo quería malgastar tiempo, el necesario para no enfrentarme a la realidad. No quería hacerle daño… Algo en mí, había congelado lo que parecía algo idílico.
—No lo alargues más —me decía a mi misma una y otra vez— ¡Hazlo ya!
Ya no había dudas, debía romper ese vínculo y centrarme en mi misma por primera vez.
Cerré los ojos y apreté el bolso hacia mí, mis manos estaban heladas, y sentí el libro clavándose en mi piel. Nadie podía saber que lo había cogido, que sabía lo que ocultaban sus páginas.
Escuché voces a mi espalda y me asusté. Aceleré el paso para evitar ser vista y me refugié en uno de los soportales. Un grupo de jóvenes pasaron sin cerciorarse de mi presencia y yo retomé mi camino cuando los perdí de vista.
No tardé en llegar a mi apartamento. Aún sin vivir juntos, sus cosas invadían mi espacio.
Me arranqué la ropa mojada y la tiré al suelo para darme una ducha caliente que me hiciese recuperar la temperatura.
—Es ahora o nunca —intentaba convencerme envuelta en mi albornoz.
Saqué mi teléfono del bolso y le llamé.
Él nunca entendería mi decisión.
Él no sabía la verdad.
—Edmund, tenemos que hablar —le dije sin pensarlo dos veces.
Las palabras se amontonaban tras el teléfono. No esperaba que lo entendiese, pero su reacción me causó tristeza.
—Salgo hacia tu casa ahora mismo, Megan —espetó fuera de sí.
—Edmund, escucha… —logré decir antes de que me colgase— ¡Mierda!
Estaba confusa, en menos de quince minutos él aparecería por la puerta esperando alguna explicación convincente.
Recogí la ropa del suelo y me puse ropa cómoda.
Fuera seguía lloviendo sin parar.
Me acerqué al bolso y saqué el libro, estaba segura de que Edmund no tenía ni idea de la existencia de ese manuscrito.
Llevaba ya varios meses trabajando en la Biblioteca Nacional, poco a poco me fui sintiendo cómoda con mi trabajo y mis compañeros. HacÍa no más de dos semanas que me habían dado el primer trabajo de investigación, y para ser el primero, consideré que era algo complejo. Tengo que admitir, que como buena rata de biblioteca disfrutaba estando entre libros. Buscando entre ellos para recabar información encontré el diario, o al menos, eso pensé que era cuando lo abrí y vi las fechas en la parte superior de las páginas. Eran una mezcla de esquemas, fórmulas y escritos que en un principio achaqué a algún estudiante o profesor de la época. Estaba escrito en Inglés y Alemán.
Con el libro en las manos, traté de encontrar un lugar seguro donde esconderlo y pensé que bajo el colchón estaría seguro.
Edmund no tardaría en llegar.
Cogí un cigarrillo del bolso y me acerqué a la ventana. Estaba nerviosa, fumaba rápido y enrollaba el pelo entre mis dedos, algo que tenía costumbre de hacer cuando quería calmarme. Mirando a la nada a través del cristal sonó el teléfono, me sobresaltó.
—¿Si? —contesté— ¿Gregor? Tengo el diario.
—Bien, nos veremos mañana.
—Edmund está de camino y no sé como… —intenté explicarle entre sollozos.
—Tranquila —me dijo intentando calmarme.
Edmund llamó a la puerta.
Colgué a Gregor sin despedirme y respiré hondo. Al otro lado de la puerta, Edmund seguía dando golpes y pidiéndome que le abriese.
—Tenemos que hablar, Megan —me soltó al abrir. Entró enfurecido—. No entiendo nada de lo que está pasando.
—Ya te he explicado que necesito tiempo. Todo ha ido muy rápido — intentaba explicarle—, el compromiso, la boda…
—¿Y? Parecías encantada con la situación —respondió irritado y haciendo aspavientos con los brazos— A veces las cosas llevan otro ritmo ¡No sé que pensar!
—Edmund, escúchame —le pedí intentando calmarle y que dejara de andar de un lado a otro fuera de sí— Lo nuestro no va a funcionar.
—¿Quién es él? —preguntó secamente— ¿Trabaja contigo?
—¡¿Qué estás insinuando?! ¡Por supuesto que no hay nadie más!
—Mi padre está organizando la boda, Megan, mucha gente influyente vaa asistir, no podemos pararlo todo de golpe.
—¡Claro que podemos! —le respondí imponiendo mis palabras— nosotros decidimos.
—¡Tú lo has decidido! Toda esa gente querrá una explicación.
—¡Me importa una mierda toda esa gente, Edmund! —exclamé para hacerle callar— ¡Acéptalo de una puta vez!
El silencio inundó la habitación durante unos segundos, se hicieron eternos, Edmund respiraba agitado, la lluvia seguía golpeando las ventanas y yo, permanecía inmóvil esperando una respuesta.
—De acuerdo —masculló entre dientes— No diré nada más.
—Bien.
—Hablar con mi padre será complicado —me dijo aceptando mi decisión.
—Hablar con tu padre siempre es complicado.
Me miró consternado y se marchó.
Sabía que su padre iba a suponer un problema, era un hombre influyente. El doctor Karl Becher, había llegado a Escocia años atrás amasando una buena fortuna y rodeándose de los personajes más prestigiosos del país. Era un hombre respetado por sus infinitas obras de  caridad y ayuda a los más desfavorecidos, al menos, así le veía la gente y el clan que había formado a su alrededor. Un hombre poderoso al que le gustaba tener todo controlado como buen Alemán.
Ojalá nunca hubiese encontrado ese diario.

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