ALBERTO MORENO

Un bigote sospechoso

Al recibir el mensaje en su celular, Cristobalina Figueroa empezó a empaquetar todas sus gorduras en aquel pantalón vaquero y en aquella blusa de flores diminutas de girasol. La tarea era harto ardua y  complicada.

El mensaje decía:

-¡Me gustaría invitarle esta tarde a tomar una limonada!”.

Lo firmaba aquel Viajero que llevaba una semana varado en la ciudad y que ella todavía no conocía. Había oído rumores de su llegada, pero no le había prestado mucha atención.

–¿Y cómo habrá sabido mi nombre y mi número de teléfono? Esto sí alertó su curiosidad.

Dejó para después, estas cuestiones. ¡Las preguntaría, cuando estuviera con él! Ahora su afán era conseguir algo más de esbeltez. Por eso, se quitó el pantalón y probó con la falda rosa, la que siempre le sacaba de apuros. ¡Pero estaba tan vista ya! Cristobalina decidió contestarle.

  • ¡ Buenos días , escribió en el mensaje de texto, tendré mucho gusto en conocerle!, ¿Quedamos a las ocho, en Bluemall?.

Minutos después, recibió contestación:

  • ¡Gracias Cris!, el forastero iba rápido. Ya estaba adoptando un tono próximo, de viejo conocido. -¡Si, mi amor,  quedamos a las ocho en Bluemall!

Después de varios “quita y pones” volvió a la primera idea: vaquero con flores de girasol.

En especial, porque aquella blusa, dejando desabrochados los dos botones de arriba, el pecho pasaba a protagonista de primera fila de butacas de palco.

Cristobalina llevaba ya varios años, que no confesaba su edad, aquella tarde 7 de septiembre, los cincuenta, ya estaban cumplidos, aunque su rostro, mostrara cinco menos.

En la cita, sentados frente a frente, en la mesita recogida del glamuroso DGS restaurant, aquella tarde, el Viajero, pudo comprobar unos ojos traviesos, ávidos de aventura, que se cerraban lenta y suavemente, para invitarle a no sabía bien a qué.

Luego, cuando bajaba su mirada en dirección a los pechos de Cristobalina, antes, encima de la comisura del labio superior y debajo de la nariz, percibía alarmado un sombreado que tenía todas las trazas de ser un bigote mal rasurado.

Aquello, al Viajero le cortaba las ínfulas, sus flujos de testosterona y los demás añadidos se interrumpían.

Estuvo galante, llegó a la cita veinte minutos antes. Como el lugar, un centro comercial de moda, tenía tiendas y comercios, subió a la planta superior, seleccionó una marca más barata que cara, pero rabiosamente puntera, se inclinó por una  blusa de rayas blanquinegras, como de un centímetro de anchas  y a la hora de elegir la talla, dudó, no había visto nunca a Cristobalina, salvo en la minúscula foto de su whatsApp.

Se inclino por una XL.

Después, cuando le dio el envoltorio, en aquel primoroso papel de regalo, también de diminutas flores de girasol, pura coincidencia, pensó para sí, que había acertado en la talla y en el estilo clásico de la mujer.

Aquellas rayas negras, en un tejido de tacto similar a seda, iba a ser un estupendo recambio a los transnochados girasoles de la dama.

  • ¿Qué tomas?, inquirió él.
  • Un vino tinto, contestó ella.

El Viajero pidió la carta de vinos, para impresionar. Había tintos chilenos, argentinos, californianos y españoles, le preguntó preferencia y ella se defendió como pudo. El Viajero tomó la decisión

  • ¡Traiga este Ribera de Duero! Y para mí un mojito con mucha yerbabuena.

Las copas tardaron en llegar como quince minutos, mientras tanto el Viajero conducía la conversación de manera fluida, todavía no había descubierto la sombra del bigote.

A Cristobalina empezaba a gustarle, era mundano, correcto, ameno, no decía vulgaridades y  no cometía errores  preguntando impertinencias.

  • ¿Y qué hace aquí? Y por cierto, ¿Cómo ha conseguido mi número de celular?.

Las copas llegaron y el Viajero repelió bien los disparos.

  • Estoy de paso, pero estoy estudiando quedarme. Su teléfono me lo dio un amigo común, ¡se dice el pecado pero no el pecador!, añadió.
  • ¡Jaja, es verdad, no se dice el pecador!

Todo fluía de manera armoniosa, el glamour de la cita mantenía cotas aceptables y no subía más por culpa del maldito sombreado, que ya llevaba media hora mirándolo y no queriéndolo dar por bueno. ¡No!, se repetía para sí, una y otra vez.

Para el Viajero era superior a sus fuerzas.

Le asaltó de pronto una tremenda sospecha: ¿Sera un travesti?, le miró de reojo la mano derecha y los dedos gordezuelos, parecían cinco penes, el meñique podría pasar por un dedo, pero ¡los otros, madre mía!, no quería ni mirarlos. Vio la otra mano y eran iguales, miró el bigote rasurado y sintió un sofoco y una gana de huir, que Cristobalina percibió.

  • ¿Qué te pasa, te sientes bien?.
  • Es el calor del trópico, dijo como pudo.

Se tranquilizó, mirando  las tetas. Después de todo, es una mujer, se dijo para sí.

Terminaron la copa y acordaron ir al malecón al bar Andrea Tropical, tenía una preciosa vista al mar. Eligieron la terraza superior, desde allí la vista era magnifica, y la luz, tamizada, casi penumbra, ocultaba el fatídico bigote.

Acercó su silla a la de ella, pasó su brazo por los hombros de Cristobalina y en el oído deslizo una preciosa frase que ella apreció de inmediato:

  • ¡Tus ojos me invitan a no sé qué Cris!.
  • ¡Jajaja! ¿No eres capaz de averiguarlo y supiste encontrar mi número y mi nombre? ¿Que te ocurre?

El Viajero acerco sus labios a los de Cristobalina, y la besó, no pudo evitar simultáneamente, pasar suavemente sus dedos por la sombra. No había atisbos de pelos rasurados, la piel estaba suave igual que sus labios carnosos, que le devolvían el beso con apetito de mujer poco besada.

Luego, muy luego, cuando habían terminado de hacer el amor en la cama del Viajero, le confeso, que su pareja, el padre de sus tres hijos, desapareció como diez años atrás y ella no había tenido tiempo para más.

En la terraza, frente al mar, sentados, el Viajero se empleaba a fondo. Con su mano ladroncera, por el atajo de los botones desabrochados del minúsculo campo de girasoles de la blusa de Cristobalina, masajeaba los senos de la mujer de manera pausada pero prieta, ella suspiraba y buscaba la boca del Viajero. Los senos, eran inmensos, como dos bolas de un mapamundi terráqueo.

Antes, ella, antes de besarse, le advirtió, hablándole al oído:

  • Mi amor, ten cuidado, tengo una crema protectora debajo de la nariz. Me han extirpado un bigote heredado de mi abuela. Es un sino de familia.

Él empezó a encontrar aquello sugerente.

Un alud de testosterona comenzó a fluir entre sus piernas.

——-o——

Dos meses después, el Viajero había cambiado su aspecto

En su rostro, lucía un imponente bigote de crines hirsutas y salvajes.

 

-Fin-

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